Las relaciones de poder se detectan en ciertos detalles. Por ejemplo, en Lusaka, ningún ministro zambiano asiste a la fiesta de la reina de Países Bajos, ni a la celebración del Día de la Independencia de Estados Unidos. En los gabinetes ministeriales, los inversores brasileños, indios y chinos se sienten como en casa. Ahí es donde se constata que los blancos ya no cuentan en África.

La manada de “leones africanos”, como se denominan a esas economías de gran crecimiento por analogía a los “tigres asiáticos” de los noventa, se amplía: Nigeria, Kenia, Ghana, Zambia, Angola, Uganda, Ruanda y Etiopía. Tras diez años de crecimiento económico, ya poseen sus rascacielos en la capital, sus bares de sushi y sus iPhones.

Los occidentales aún están presentes: diplomáticos y personal humanitario de todo tipo. Pero no desempeñan una función importante. En los años setenta, el 70% de los flujos del Norte hacia el Sur lo constituían ayudas. Actualmente, esta cifra se ha reducido al 13%.

El descenso en el volumen de la ayuda no se ha traducido en una intensificación de las actividades comerciales ni en inversiones por parte de las empresas occidentales. En treinta años, la participación de Europa Occidental en el comercio exterior de África se ha reducido del 51% al 28%. Es cierto que algunas multinacionales occidentales como Heineken y Unilever invierten en África, pero ya se encontraban activas en el continente desde hace tiempo. La mayoría de empresas occidentales no cuenta con una estrategia africana. Tienen miedo de África, pues la consideran imprevisible.

China, un depredador capitalista

El mayor cambio en África lo ha desencadenado un participante que no pretendía provocarlo: China se abastece en este continente de cobre, estaño, bauxita, mineral de hierro, coltán y madera exótica y construye en él carreteras, puentes, ferrocarriles, aeropuertos y estadios de fútbol. Éstos últimos se los regalan a los dirigentes africanos, mientras que las infraestructuras sirven para transportar las riquezas del subsuelo hacia Oriente.

La superpotencia asiática no tiene buenas intenciones. Los blancos la ven con malos ojos. Traducen su propia impotencia con un reproche moral: China es un depredador capitalista que saquea África. Este punto de vista provoca risas a las élites africanas que, a medida que prosperan, adquieren una mejor imagen de sí mismas: “¿Acaso no es lo que habéis hecho vosotros, los occidentales, durante un siglo?”.

Entonces, ¿los occidentales no tienen otra opción que salir de África con el rabo entre las piernas? Por supuesto que no. Lo que deben hacer es replantearse su función y su relación con África. Ante todo, deben despojarse del sentimiento de superioridad y de paternalismo que han caracterizado a sus relaciones con África durante 150 años. Si los africanos están satisfechos con los chinos, entre otros motivos se debe a que estos últimos mantienen con ellos una relación de negocios sin pasión, que no es poco.

Una perspectiva agradable

Por otro lado, Occidente debe tener una idea clara de lo que busca en África. Su nueva política con respecto al continente debe articularse alrededor de al menos tres ejes: geopolítico, económico y humanitario.

Ha tenido que pasar un tiempo, pero Francia, y siguiendo su estela Reino Unido y Estados Unidos, han acabado comprendiendo que un Magreb islamista no es una perspectiva agradable. Ni Estados Unidos ni China asumirán el mando en la lucha contra los islamistas y los bandidos. La estabilidad de África presenta un interés geopolítico para Europa.

En este siglo en el que escasean las materias primas, África posee la mayoría de las reservas. China tiene acceso a materias primas y Brasil e India también obtienen su parte. Pero los blancos, avergonzados por su historia colonial, se mantienen al margen. El eje económico presenta un interés doble. África no sólo posee materias primas, sino que además constituye una salida de gran crecimiento para la industria europea. Las consultoras McKinsey y KPMG constatan que no existe un lugar en el que la rentabilidad de las inversiones sea mayor que en sur del Sáhara.

Los occidentales deben liberarse de su pasado

El tercer eje de la política con respecto a África es más familiar: la empatía hacia la pobreza sin perspectivas de la que son prisioneras miles de personas. La trayectoria del crecimiento en África no se parece a la de los países occidentales. De momento, no se ha producido ese fenómeno denominado trickle down, el goteo lento y continuo de las riquezas de los más acomodados hacia los más pobres. Al contrario, en las economías en pleno crecimiento como Angola y Mozambique, la pobreza se agrava. Por si fuera poco, estas economías no han iniciado procesos de diversificación, lo que hace que estos “leones” sean vulnerables a la caída de la cotización de las materias primas.

Los conflictos que se producen como consecuencia de las crecientes desigualdades y las hambrunas, parte de las cuales se deben al cambio climático, seguirán provocando numerosas catástrofes humanitarias.

Los europeos deben inspirarse en el arte de la realpolitik que practica China e idear su propia política con respecto a África. Para ello, deben liberarse de su pasado: no tener miedo a ser acusados de “neocolonialistas” cuando participan en la carrera de las materias primas. Y también despojarse del sentimiento de superioridad y dirigirse a África de igual a igual.

Francia hace lo correcto al emprender la lucha contra los rebeldes islamistas de Malí. Pero luego, según las normas de la realpolitik, tendrá que exigir ser el primer país en elegir cuando se concedan las adjudicaciones de uranio o de las tierras agrícolas.