En una entrevista concedida a Le Figaro, Silvio Berlusconi defendió oficialmente a Nicolas Sarkozy ante la cuestión de la expulsión de los gitanos y que ha provocado un desacuerdo entre el gobierno francés y la Unión Europea. El jefe del gobierno italiano criticó las palabras que pronunció contra París la comisaria europea de Justicia y explicó que "la señora Reding debería haber tratado el asunto en privado con los dirigentes franceses, en lugar de expresarse en público como ha hecho".

Su propuesta de privatizar la política europea y que vuelve a plantear al pedir que los desacuerdos entre los Estados y la Unión se traten en los salones insonorizados de las cancillerías, denota una visión precisa de Europa, de su influencia en los Estados que la componen y del derecho supranacional que ejerce. Una visión que niega la preeminencia de este derecho, con sus directivas y con la Carta de Derechos Fundamentales, incluida en el Tratado de Lisboa, sobre las conductas y las leyes de los Estados-Naciones. El 'nómos' europeo, el derecho europeo, es lo que incomoda tanto a los gobiernos de cada uno de los países que forman la Unión y que, aunque sigue siendo legal, se recorta y se deslegitima sin cesar, lo que genera graves conflictos entre la legalidad formal y la legalidad sustancial.

Y se recorta en nombre de las soberanías nacionales que aunque no desaparecen, en algunos ámbitos están regidas por un poder superior: el poder comunitario. El derecho europeo no se rechaza formalmente (no podría hacerse) pero pretenden camuflarlo, ocultarlo, al igual que Tartufo implora en la comedia de Molière para disimular su propia concupiscencia: "Cubriros ese seno, cuya vista no puedo soportar. Cosas así lesionan las almas y hacen nacer culpables sentimientos".

Los orígenes de Europa parecen olvidados

El silencio, los tratos secretos entre Bruselas y los Estados miembros, el rechazo a un espacio donde tratar públicamente dramas como el de los roms, un pueblo comunitario, en toda la extensión de la palabra: como en la Francia de Molière y de Luis XIV, en Europa existe hoy una "conspiración de los devotos" nacionalistas según los cuales el derecho europeo se admite, pero debe disimularse, como el bello seno de la sirviente Dorina.

Los devotos quieren mantener a toda costa los Estados absolutamente soberanos, libres para decidir a su antojo y sin interferencias de Bruselas. Son los mismos devotos que cuando les viene bien, protestan contra el "déficit democrático" de Europa y sus burocracias taciturnas y hostigadoras. Esta puesta en escena hipócrita es una especialidad francesa desde la posguerra y Sarkozy la continúa.

Pero el frente franco-italiano en el asunto de los gitanos revela algo más. Ni los dirigentes franceses ni los italianos parecen acordarse, si bien presumen de conocerla, de la razón de ser de esta Europa demasiado franca, demasiado comunicativa y demasiado rápida en hablar y amonestar. Es evidente que se han olvidado de que en la Posguerra, la Comunidad Europea nacía precisamente para crear un nuevo derecho supranacional, gracias al cual los Estados ya no podían cometer fechorías resguardándose al amparo de sus pequeñas patrias soberanas.

Pocos Estados inocentes

No es de extrañar que Viviane Reding, comisaria cristiano-demócrata, haya denunciado el 14 de septiembre el peligro del regreso al pasado, a las persecuciones de los judíos y los cíngaros de la última guerra. Son declaraciones fuertes, de las que se ha arrepentido y que muchos han considerado excesivas, pero que constituyen una advertencia ineluctable. Recuerdan cómo y por qué se creó la Unión tras la Liberación. Europa es la promesa, hecha por cada nación a sí misma, de que ya no será posible hacer ciertas cosas, gracias a la puesta en común de las soberanías nacionales, antes absolutas.

El 16 de septiembre en Bruselas, Europa se ha dividido sobre el asunto de los gitanos. Algunos hablan de "enfrentamientos violentos" entre [el presidente de la Comisión José Manuel] Barroso y Sarkozy. Aunque Alemania no es inocente, pues organizó numerosas expulsiones de romaníes hacia Kosovo, la canciller Angela Merkel defiende a la Comisión y su derecho de imponer leyes y valores superiores. El gobierno belga adopta la misma posición.

Son pocas las naciones totalmente inocentes, pero el único gobierno que apoya abiertamente al Elíseo es el de Roma. Es también el único que se apropia de la imagen que tiene Sarkozy de la Comisión: cuando invitaa la luxemburguesa Viviane Reding a acoger a los gitanos en su país, trata a la Comisión como una asamblea compuesta por representantes nacionales y no por representantes del interés común europeo.

Los gitanos han hecho relfexionar a Europa

Puede que acabe por sobrepasarse la línea del silencio impuesto. Barroso posee un orgullo institucional discontinuo y existen gobiernos (como los de España o República Checa) muy susceptibles sobre su soberanía. Sólo queda que el pacto de silencio se rompa providencialmente, que el debate sobre cuestiones esenciales sea realmente público, que exista sobre los gitanos un ágora europea, como se produjo sobre Austria en la época de Jörg Haider. El ejecutivo de Barroso habría obedecido a la política privatizada si el Parlamento Europeo no hubiera condenado en voz altael 9 de septiembre las prácticas de expulsión.

Mario Albertini, uno de nuestros grandes federalistas, decía que la auténtica Unión surgiría el día en el que el federalismo "descendiera al nivel de la lucha política diaria... [para que] el hombre de la calle sepa que, al igual que existen socialistas, demócratas y liberales, también hay federalistas europeos". Es lo que está ocurriendo desde comienzos de verano, gracias a los gitanos y a la lucha política que han generado entorno a la razón de ser de Europa.