Si hay algo en lo que Hungría se parece mucho a la Rusia de Putin, es la postura actual y la acción de la oposición, así como las técnicas utilizadas por los movimientos contra las autoridades. Una prueba clara de ello ha sido la tentativa, anunciada como cívica, de la ocupación de la sede del Fidesz, el 7 de marzo. También se puede constatar el hecho de que el apoyo procede esencialmente del exterior y no de una base popular, además de la clara intención de provocar al poder.

La principal finalidad de la oposición es convertirse en la imagen de la ilustración de la protesta, aunque sea llegando al límite de la legitimidad o sobrepasándolo, presentándose como la víctima arbitraria del poder, si es posible en reportajes de la CNN.

Fin del monopolio del pensamiento de izquierda

En Hungría, desde hace dos años y medio, la izquierda y los liberales quieren erigirse en mártires. De momento sin mucho éxito, entre otras cosas porque, en contraposición a lo ocurrido en 2006 [cuando la policía cargó contra los manifestantes durante las celebraciones de la insurrección antisoviética de 1956], nuestro país se ha convertido en una de las provincias más libres del mundo en lo que respecta al derecho a manifestarse.

Pero la frustración de la oposición de izquierda-liberal de Viktor Orbán es distinta a la oposición de Putin. Está descubriendo que el mundo húngaro que podía dominar hasta ahora con sus recursos financieros, mediante un monopolio del pensamiento sólidamente fortificado, aunque a veces perdiera el hilo, ahora desaparece lentamente.

La nueva Constitución [aprobada en 2011 y que entró en vigor el 1 de enero de 2012] hoy se acepta en Europa, apenas se escucha el ruido de guerra que generó la regulación de los medios de comunicación, hace tiempo que fracasó la política que iba a obligar al país a seguir la terapia prescrita por el FMI e inevitablemente a provocar la caída del Gobierno y el Banco Central ya no pone ninguna traba a la política gubernamental.

Varios signos indican que el Gobierno ha pasado de la transición a la consolidación, orquestada por la mayoría de dos tercios [de la que se beneficia el Fidesz en el Parlamento], aunque a veces sea con ansiedad y no sin rodeos. Si el Gobierno llega a controlar el equilibrio presupuestario y a reanimar una economía sin fuerzas, tendrá todas las posibilidades de mantener a los votantes de otra forma que no sea mediante la disminución continua de las cargas de los hogares. Si puede, lo utilizará como lo haría cualquier otro poder gubernamental cuerdo.

Ataque falaz y empalagoso

La consolidación será el fin de la oposición. Por lo tanto, podemos decir que el ataque lanzado con el pretexto de la cuarta enmienda a la Constitución y apoyado por fuertes ataques internacionales es falaz y empalagoso, aunque no es sorprendente. El ministro de Exteriores Janos Martonyi lo dejó claro con sus declaraciones en una entrevista al semanario Heti Valasz: “No esperamos que acaben los ataques políticos, porque la lucha entre partidos también tiene lugar en todos los países y a nivel europeo”.

En lo que respecta a la protesta por la enmienda de Constitución, no puede sorprender a nadie. Cuando el Tribunal Constitucional, que rige el equilibrio de los poderes con respecto a la mayoría gubernamental, rechazó las disposiciones transitorias de la Ley Fundamental, el Fidesz dejó claro que debía incorporar en ella la mayoría de los pasajes incriminados por motivos formales. Es evidente que el Fidesz no debería solventar sistemáticamente mediante la Constitución todos los problemas a los que se enfrenta. Pero no se puede rebatir que la tarea del Tribunal Constitucional consiste en interpretar las disposiciones de la Ley Fundamental, no en juzgar su pertinencia [la reforma constitucional impide al Tribunal decidir sobre el fondo y remitirse a su jurisprudencia de antes de la entrada en vigor de la Constitución].

Sólo falta un año para las elecciones y la oposición teme este acontecimiento, y con razón. Un nuevo fracaso podría resultar letal. Por lo tanto, va a emplear todos los medios a su disposición para desacreditar al Gobierno, unos medios para los que seguirá encontrando apoyos internacionales serios y voluntarios civiles y anarquistas.

La campaña será sórdida y el ruido de la batalla, ensordecedor. Pero no olvidemos que tan sólo se trata de un combate de retaguardia. No es la Constitución en sí misma lo que se ataca, sino únicamente la enmienda propuesta.