Suecia ha demostrado una vez más cuál es la dirección futura de Europa. Durante décadas, Suecia lideró el camino a la hora de definir el modelo mixto del comercio libre y la solidaridad social que se convirtió en el ideal europeo. Pero ya no es así. En las elecciones de este mes, los votantes suecos han seguido los pasos de sus vecinos con menos éxito de la UE y han dado la espalda a la política tradicional.

Ahora, incluso los contundentes suecos han llevado hasta el Parlamento a un bloque de políticos monotemáticos, obsesionados por la presunta pérdida de identidad nacional y exasperados con los inmigrantes que supuestamente amenazan su condición de suecos. Así llega a Europa una nueva política. Hace una década, la política extremista se restringía a ámbitos marginales. Ahora se presenta como una fuerza parlamentaria y comienza a cambiar el comportamiento y la expresión de otros partidos.

La Europa posterior al Muro ya no se enfrenta a una amenaza común y sin el acuerdo de que la Alianza Atlántica es una prioridad apremiante, la política discurre a la deriva. La política de Gemeinschaft (comunidad) sustituye a la política de Gesellschaft (sociedad). Los que achacan todos sus males nacionales a los inmigrantes (o a la energía nuclear, a la UE, a los musulmanes, a los judíos, a la economía de mercado, a Estados Unidos) se están uniendo en nuevas comunidades políticas, todas ellas perjudiciales para la sociedad. Para gobernar una sociedad es necesario compromiso y establecer cuáles son las prioridades. El impulso que guía a la política de esta nueva identidad en Europa es gritar “¡No!”.

Surgidos bajo el ala de la representación proporcional

El deterioro de los partidos gobernantes de centro se acelera con los sistemas electorales europeos basados en la representación proporcional, con lo que incluso los partidos de menor tamaño obtienen un porcentaje de escaños. Y este hecho evita que surja un liderazgo coherente. En las recientes elecciones con una representación proporcional se ha observado el ascenso de los partidos nacionalistas que están en contra de la inmigración. Algunos, como el partido húngaro Jobbik son antisemitas. La derecha nacionalista de Europa del Este intenta restarle importancia al Holocausto, comparando los crímenes del comunismo europeo con la exterminación industrializada de los judíos en los campos nazis de concentración.

La mayor región democrática del mundo constituye actualmente el semillero de la política de extrema derecha. La cifras de las elecciones más recientes lo demuestran: 11,9 por ciento en Francia (Frente Nacional), 8,3 por ciento en Italia (Liga Norte), 15,5 por ciento en Países Bajos (Partido de la Libertad en Holanda de Geert Wilders), 28,9 por ciento en Suiza (Partido Popular Suizo), 16,7 por ciento en Hungría (Jobbik) y 22,9 por ciento en Noruega (Partido del Progreso). También existen destacados partidos de extrema derecha en Bélgica, Letonia, Eslovaquia y Eslovenia. Este apoyo reduce en gran medida la capacidad de gobernar de los partidos tradicionales y desgasta la confianza que tienen en sí mismas las formaciones que antes dominaban en la política de posguerra.

Por otro lado, esta nueva política tampoco puede ponerse en cuarentena. En Francia, el presidente Sarkozy, en su búsqueda de un estímulo para su debilitada fortuna política, lanzó una campaña de expulsiones forzosas contra la minoría de los gitanos. Incluso los partidarios de Sarkozy se quedaron perplejos ante la crudeza de la redada de esta minoría étnica para su deportación. La comisaria europea Viviane Reding comparó las expulsiones a las de los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Las protestas fueron airadas, pero no hay duda de que el espectáculo de un centrista como Sarkozy ha sido un hecho precursor de lo que está por llegar.

Partidos que aprovechan la falta de liderazgo

El declive de los partidos gobernantes mina el proyecto europeo. Tras pasar una década preocupándose y alborotando por su constitución, las élites de la UE en Bruselas no tienen respuesta ante la lenta desintegración de los partidos políticos nacionales. El proyecto de construir una Europa unida requiere partidos nacionales que puedan lograr un apoyo mayoritario, incluido el necesario para otorgar un mayor poder a la élite de la UE, que por su parte aún tiene que hacerse respetar. La clase gobernante de Bruselas, introspectiva y ocupada en sus luchas internas, regula una economía regional débil que ahora se enfrenta a 23 millones de personas sin empleo y no cuenta con ningún plan de ataque.

La laguna de liderazgo en la UE brinda otra oportunidad fácil para la extrema derecha. En la década de los sesenta, los años del sólido crecimiento europeo, los trabajadores extranjeros se consideraban como un valor añadido para las economías nacionales y ahora, en este periodo de decadencia económica, se les acusa de robar empleos. Y se culpa a las fronteras recientemente abiertas de la UE por permitir la entrada de estos intrusos. Los partidos derechistas de todos los países prosiguen el ataque. Y las comunidades regionales como los nacionalistas catalanes, flamencos o escoceses rechazan su pertenencia a España, Bélgica o Reino Unido. Se dejan a un lado los sueños de que un liberalismo económico y social común en Europa sustituiría a los antiguos atavismos de la política que daba máxima importancia a las naciones.

Los votantes que se basan en la comunidad y la identidad están dando forma a una nueva política en Europa. Los que sostienen que la nueva derecha populista está llevando la política al fascismo de antes de la guerra son demasiado alarmistas. La democracia europea sigue siendo sólida, quizás hasta demasiado sólida, a medida que los partidos políticos se fragmentan y el estruendo de las voces rivales es cada vez más fuerte. El mito de “Eurabia”, es decir, la dominación de Europa por los musulmanes, es un mito por los mismos motivos. La mayoría de los 20 millones de musulmanes en Europa aspiran a integrarse en un estilo de vida europeo de clase media y aunque el número aumente, en ninguna nación se disponen a convertirse en algo más que simplemente otra pequeña comunidad minoritaria. Lo que necesita Europa es un liderazgo seguro que pueda unir sus comunidades escindidas con una visión que pueda decir algo más que "no".