Mientras la casa de Europa está en llamas, los jefes de Estado y de Gobierno europeos negocian a puertas cerradas la suma que podría asignarse a los gastos del agua con la que extinguir el fuego. No hay razón para reprocharles que hayan perdido el vínculo con los ciudadanos. ¿Cómo podrían haberlo perdido si jamás lo entablaron? El sistema en el que vivimos no prevé ni autoriza ninguna representación de la población europea legitimada democráticamente.

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