Puede que François Hollande tenga a François Mitterrand como modelo a imitar, es decir, un enredador maquiavélico. Pero le habría convenido ser un Gerhard Schroeder francés, es decir, un reformador implacable. Sin embargo, tras el escándalo Cahuzac, el presidente de Francia se parece más que nunca a un moderno Luis XVI, el rey guillotinado por los revolucionarios.

Después de cinco años de crisis económica y social y sin que aún se vea la luz al final del túnel, a los franceses se les está acabando la paciencia no sólo con sus políticos, sino también con todas sus élites. Hollande, al igual que el rey Luis, podría demostrar ser un hombre nada excepcional en unos tiempos excepcionales.

Privilegios considerados injustos

El antiguo régimen en Francia cayó, llevándose por delante a Luis XVI, cuando los privilegios de la aristocracia dejaron de percibirse como el precio por los servicios prestados a la sociedad. Hollande podría ser en el futuro la víctima de una revuelta contra las élites modernas de Francia.

Lidera la aristocracia política, que se extiende a la derecha y a la izquierda y que ha perdido el contacto con el resto del país. Sus “pequeños acuerdos entre amigos” se aceptaban porque su contribución se consideraba positiva. Pero en la Francia actual, al igual que en toda Europa, los privilegios de las élites se consideran injustos. Es una de las claves, si no es la mejor explicación, del ascenso del populismo que desprende el indeseable perfume de la década de los años treinta. A diferencia de entonces, no hay poderes externos que animen a la izquierda o a la derecha radicales. Pero la economía débil y los escándalos están avivando el extremismo.

A finales del siglo XVIII, el resto de Europa mantenía dos posturas ante la Revolución Francesa. ¿Se trataba de una oportunidad única de beneficiarse de la autoexclusión de París de los juegos de poder Europa, o bien el espectro de la revolución era una amenaza? Actualmente, la crisis francesa es ante todo un motivo de preocupación en todas las capitales europeas, sobre todo en Berlín. Por supuesto, Francia no es una excepción y si no, observemos el caso de España y su corrupta familia real o el paralizado sistema político de Italia.

La erosión de la dignidad del Estado

Pero Francia es distinta y posiblemente más preocupante. La “Grande Nation”, famosa por su sólido Estado y sus ambiciones internacionales, parece sufrir nada menos que una crisis de régimen. Es poco probable que surja una Sexta República del actual clima deteriorado. Pero la crisis va más allá del escándalo que rodea a Jérôme Cahuzac, que el mes pasado dimitió como ministro. En su función, se suponía que iba a encarnar el rigor del Estado francés, pero mintió repetidamente acerca de su posesión de una cuenta en un banco suizo.

Esta es la culminación de un proceso de alienación entre la gente y sus élites, tras una serie de fisuras en la confianza que habían depositado los franceses en el Gobierno. En parte, refleja la incapacidad del Gobierno de luchar contra el desempleo, pero de un modo más profundo, expresa la propia erosión de su dignidad. Nadie ha contribuido más a generar esta situación que el expresidente Nicolas Sarkozy, con su mezcla del ámbito privado y del público.

Dispuesto a restablecer la dignidad del Estado, Hollande ante todo quiere calmar y tranquilizar a los franceses. Pero al avanzar con excesiva prudencia entre la lógica de los mercados de bonos (nada de políticas keynesianas) y la de su partido socialista (nada de medidas valientes para liberar el mercado laboral), ha logrado exactamente el resultado contrario. Ha fomentado un clima de expectativas negativas y sospechas hacia la eficiencia del Estado.

Una figura trágica

¿Hemos llegado al punto álgido de la crisis? No necesariamente. No está claro qué puede hacer Hollande para reinventarse. Se presentó como un hombre normal que ganó el poder en las elecciones presidenciales de mayo de 2012, quizás la principal causa de su rápida caída en desgracia. Jamás un presidente se ha vuelto tan impopular en tan sólo 11 meses de mandato.

Ante el ascenso de la extrema izquierda y (sobre todo) de la derecha, no bastará con su tendencia natural a adoptar políticas precavidas y esperar a ver qué sucede. ¿Con un nuevo Gobierno y en concreto con un nuevo primer ministro se resolverá el problema? No es nada seguro.

Luis XVI fue un hombre honesto que intentó hacer lo mejor para su país, pero que no logró percibir la magnitud del descontento popular, no fue capaz de controlar a su entorno y acabó siendo una figura trágica, una víctima de las fuerzas a las que su personalidad no podía hacer frente. François Hollande debería tomar nota y ser precavido ante un destino así.