Nuestra República se encuentra en un momento tan crucial como grave, tal y como ilustra la crisis de la democracia parlamentaria. Una crisis que sigue a la de los partidos y que se caracteriza por la incapacidad de éstos de conciliar opiniones diversas tanto en su seno como con respecto a las demás formaciones. En Alemania, la República de Weimar cayó en 1933 sobre este obstáculo insalvable y la consecuencia de este fracaso fue trágica.

En la Italia de 2013, asistimos a una nueva versión de la historia de la ingobernabilidad del Parlamento y de la disfunción de sus métodos democráticos, es decir, los acuerdos y los compromisos entre partidos, así como las decisiones tomadas por mayoría. La crisis, que ya se incubaba cuando los partidos no lograron constituir un Gobierno tras las elecciones de febrero, ha estallado a la vista de todos con la elección del presidente de la República.

El motivo es que con la elección del presidente, los partidos están obligados a controlar directamente el juego político. No lo pueden aplazar, ni recurrir a una autoridad exterior a la suya, como en el caso de la formación del Gobierno que, según la Constitución, está dirigida por el presidente.

Sin mediación de los partidos

Los partidos no han logrado entenderse, ni llegar a acuerdos, ni tomar decisiones por mayoría. Han fracasado por diversos motivos. En primer lugar, se encuentran las condiciones particulares de la historia reciente de nuestro país, que acaba de salir de una veintena de años de un poder berlusconiano en el que florecían las prácticas oligárquicas y la corrupción, lo que ha fomentado los sentimientos contra los partidos. En segundo lugar, porque los nuevos medios de comunicación han entablado una relación directa entre las opiniones de los ciudadanos por una parte y, por otra, los dirigentes y las instituciones. Este fenómeno nos lleva a pensar que se puede limitar la función de los partidos, tener una democracia parlamentaria directa, es decir, sin mediación de los partidos.

Por todos estos motivos, los partidos se debilitan y seguirán haciéndolo. Asistimos a la erosión de la legitimidad, pero también de las estructuras del liderazgo, de la credibilidad y de la autoridad. Una erosión que se confirma por la imposibilidad de formar un Gobierno y que aumenta por el fracaso del pacto al que llegaron el Partido Demócrata (PD) y el Pueblo de la Libertad (PdL), con el fin de presentar a la presidencia de la República un candidato común.

Este acuerdo frustrado demuestra hasta qué punto los que lo elaboraron y lo defendieron realmente no han comprendido la Italia en la que viven, la que salió recientemente de las urnas. No han comprendido la crisis de la democracia parlamentaria y por ello se comportan como en el pasado, cuando las oficinas de los partidos decidían y los parlamentarios demostraban su disciplina. No lo han entendido y han cometido un error muy grave.

Y ahora, depositan todas sus esperanzas en Giorgio Napolitano. La reelección del presidente saliente confirma la incapacidad del Parlamento para salir del atolladero en el que se encuentra y para gestionar la democracia sin tener que recurrir a la autoridad presidencial. De este modo, en la práctica se está produciendo una metamorfosis de la función presidencial. Sin duda, debemos reflexionar sobre nuestras instituciones debido a la fragmentación inexorable de los partidos y de la democracia en línea, que no van a desaparecer.

Ausencia de autoridad

Hoy, la partida política se juega totalmente en directo, entre el Parlamento y la Web. Es el resultado de la indisciplina, de los movimientos humorísticos, de la desconfianza ante los compromisos, de la imposibilidad de entablar negociaciones. Sólo los partidos dirigidos por un hombre con mano dura pueden demostrar disciplina y unidad. Paradójicamente, el PdL y el Movimiento Cinco Estrellas (M5S) son más disciplinados y están más unidos que el PD. Este último, entre todos los movimientos políticos, es aquel a cuyos jefes de fila les cuesta más imponerse y por lo tanto es presa de la inestabilidad.

El PD es el espejo de la crisis de la democracia parlamentaria. No está claro cómo saldremos de esta fase de ausencia de autoridad. Por ello, ahora es más importante que nunca comprender el sentido de este momento crítico y reaccionar en consecuencia, es decir, emprender de inmediato una reforma electoral. Esta ley electoral constituye el escándalo sobre el que ha tropezado el Parlamento y sobre el que tropezará cada futuro diputado, precisamente porque favorece las divisiones.

Pero aunque se ponga en marcha una reforma electoral, quedará de manifiesto que únicamente habrá sido posible con la instauración implícita de un sistema presidencial. El que tiene la responsabilidad de nuestras instituciones debería ser consciente de la gravedad y del carácter excepcional de este momento en nuestra historia, así como estar en posición de interpretar correctamente la situación extremadamente delicada que vivimos.