La ridiculez política a menudo es el reflejo de una complejidad profundamente arraigada, sobre todo en el caso de una coalición. Esta semana es probable que se solicite una enmienda del discurso de la reina en la que se lamente la ausencia del proyecto de ley del referéndum sobre la UE, algo que seguramente tendrá un resultado de lo más particular.

Tal y como están las cosas, a los diputados conservadores se les concederá un voto libre sobre la moción planteada por dos de sus miembros, John Baron y Peter Bone, mientras que los miembros del Gobierno se abstendrán. Sin embargo, ahora se espera que algunos ministros liberal-demócratas compliquen las cosas aún más al votar en contra, dadas sus convicciones a favor de la UE.

Decir "hay un ratón" o gritar

La repuesta del número 10 de Downing Street ha sido de lo más confuciana: “Si una persona ve que entra un ratón en una sala, puede decir 'hay un ratón’, o bien saltar sobre una mesa y gritar”. Creo que no me equivoco al pensar que el ratón en este acertijo con aires de kung-fu es el referéndum sobre la UE, o quizás la propia enmienda y que el griterío es el escándalo que están formando la clase política y los medios de comunicación.

El desagrado del primer ministro por el pánico sin duda le ha sido útil a lo largo de los años, sobre todo en el abrumador laberinto del Gobierno bipartito. Los defensores de Cameron tienen razón al quejarse de que algunos en su partido actúan como si los conservadores no estuvieran en la coalición o que a los liberal-demócratas se les pudiera dejar de lado sin problemas.

Lo que debería preocupar a Cameron es la persistente falta de confianza que existe entre él y un importante núcleo de diputados conservadores. Cuando exigen un borrador de proyecto de ley sobre el referéndum lo que quieren decir es: entendemos lo que dices sobre Clegg y los liberal-demócratas y lo que puedes y no puedes hacer, pero aún así, lo sentimos, amigo, pero seguimos queriéndolo por escrito.

Una era de fragilidad institucional

Teniendo en cuenta este contexto, es curioso que el discurso del primer ministro sobre la relación de Gran Bretaña con la UE en enero, en el que prometía el primer referéndum sobre nuestra pertenencia desde 1975, tuviera tan poco impacto en el debate cuya finalidad era calmar, o en el auge del Partido por la Independencia de Reino Unido. Según afirmó un miembro fiel al Gobierno: “Lo cierto es que la gente no confía en nosotros”.

Lo que Alastair Campbell, [asesor de comunicación de Tony Blair] una vez denominó “ese asunto enorme sobre la confianza” es la fuerza vinculante en todo esto y a todos los niveles. La percepción de que Cameron ha roto su propia “garantía inamovible” de celebrar un referéndum sobre el Tratado de Lisboa de la UE ha agravado el desagradable legado de los gastos de los diputados, el asunto de Irak, la sordidez y todo lo demás. Vivimos una era de era fragilidad institucional: el Parlamento, la prensa, el sector financiero, la BCC, todos se han visto manchados por el escándalo y el engaño. Y los políticos jamás se habían sometido antes a un escrutinio tan incesante: las herramientas que ofrece la revolución digital tienen el efecto paradójico de obligar a actuar con honestidad a los que gobiernan, mientras que se reduce la confianza entre los gobernados.

Con este telón de fondo, las élites pulcras de finales del siglo XX y comienzos del XXI ya parecen desfasadas. Los que señalan a Boris Johnson o a Nigel Farage y afirman que no parecen hombres de Gobierno, sólo están reafirmando sus credenciales y el atractivo para los votantes. El alcalde de Londres y el líder del Ukip triunfan precisamente porque poseen la honestidad imperfecta de los aficionados, seres humanos reales que no han sido criados en laboratorios y que dicen lo que piensan en lugar de repetir lo que se supone que deben decir.

En realidad, por supuesto, ambos son políticos hasta la médula: Boris es el alcalde que ocupa por segundo mandato el cargo de alcalde en una ciudad global que el año pasado albergó los Juegos Olímpicos, mientras que Farage está dirigiendo una hábil estrategia de guerrilla electoral que indica que tiene talento y que va más allá del encanto de salón y del estilo Barbour. Pero comprenden que un electorado altamente desconfiado valora la “autenticidad” más que otra cosa.

Un mundo "afligido por demonios"

Además del desplome histórico de confianza, Cameron tiene que enfrentarse a un cambio no menos dramático en los cimientos y el destino de la UE. Tal y como exponía el difunto Hugo Young en su magistral descripción de la relación de Gran Bretaña con Europa, This Blessed Plot, los euroescépticos siempre estaban dispuestos a asumir la acusación de “falta de realismo”. En esta obra, escrita en 1998, Young observaba lo siguiente: “El mundo que defendían al final parecía nostálgico y limitado: afligido por demonios, apaleado por la confusión existencial”.

Pero, 15 años después, su mundo y la UE tienen un aspecto muy distinto. El continente sufre los estragos de la crisis de la eurozona y ya no es tan sencillo afirmar que Gran Bretaña fuera de la UE sufriría económicamente. Tal y como escribió Lord Lawson la semana pasada en un artículo en Times defendiendo la salida: “El quid de la cuestión es que actualmente, el contexto económico vigente no es Europa, sino la globalización, incluido el comercio libre global, con la Organización Mundial del Comercio como supervisora”.

Lawson es afín a George Osborne y su artículo refleja opiniones que lo más seguro es que ya haya tratado con figuras clave de los conservadores en la Coalición. El artículo de Michael Portillo en el mismo periódico escondía más furia, era abiertamente más hostil a la postura de Cameron, así como despectivo con el liderazgo conservador actual.

En momentos así, recordamos que Portillo no sólo es el padre de la modernización del Partido Conservador, sino que además fue un discípulo cercano de la Dama de Hierro [la ex primera ministra Margaret Thatcher]. Al exponer que existe una “discordancia fundamental” entre las ambiciones de Gran Bretaña y las de la UE, que no se puede “resolver con algo de renegociación”, sospecho que hablaba por la mayoría de diputados conservadores y por un creciente porcentaje de la población. Una de las mejores frases de Cameron es que Gran Bretaña se encuentra en una “carrera global”. Con cada mes que pasa, va siendo cada vez más difícil defender que nuestra pertenencia a la UE es una ayuda más que un obstáculo en nuestro rendimiento en esa carrera.

Hay que decir a su favor, algo que pocos reconocen, que este primer ministro ofreció al pueblo un referéndum sobre la pertenencia británica a la UE. Pero su promesa de un nuevo trato, un nuevo inicio por el que merecía la pena esperar antes de decidirnos, ha avanzado poco y no ha logrado muchos seguidores. Para muchas personas, parece una concesión más que la mitad de la lógica. La enmienda de esta semana es una de las muchas intervenciones, estratagemas y dificultades que puede esperar y cuya finalidad es que se implique más y actúe más rápido sobre esta cuestión fundamental de la identidad de la nación.