En el “Parlamentarium”, el vistoso centro de visitantes del Parlamento Europeo en Bruselas, una exposición muestra mensajes en vídeo y objetos que han ido dejando destacados eurodiputados. Martin Schulz, el presidente del Parlamento, eligió un trozo de mampostería: la sección de un muro bajo que antiguamente separaba Alemania de Países Bajos. “El muro ya no existe, gracias a la UE”, declara Schulz.

A diferencia de la OTAN, la Unión Europea no puede reivindicar haber derribado el Muro de Berlín, pero sí puede presumir de haber eliminado las barreras interiores dentro de la UE.

En opinión de Schulz, los europeos son muy celosos de sus identidades diferenciadas y con razón, pero para mantenerlas deben estar más unidos. Y el lugar para debatir su futuro es el Parlamento. Nigel Farage, líder del Partido por la Independencia de Reino Unido, fue quien minó esa ilusión: “este es el único Parlamento del mundo que no puede iniciar leyes por sí mismo”, afirma en su mensaje en vídeo.

Un secreto a voces

El Parlamento era la institución “menos importante” de las tres grandes de la UE. En una ciudad con numerosos presidentes, dirigir el Parlamento es menos que dirigir la Comisión Europea (el servicio civil de la UE) o el Consejo Europeo (que representa a los 27 Gobiernos).

Las críticas a la UE se están intensificando y puede que aumenten tras las próximas elecciones europeas en mayo. Cada vez más se culpa a Europa de la crisis económica y de la inmigración no deseada. La confianza en las instituciones de la UE ha descendido a los niveles más bajos de la historia. Los ciudadanos sienten que no pueden influir en las decisiones que se toman en Bruselas. El índice de participación en las elecciones europeas ha ido cayendo en todos los comicios desde 1979.

Como respuesta, Schulz defiende un experimento político que convertiría las elecciones en un combate en toda Europa. Los grupos políticos designarían a los candidatos a la presidencia de la Comisión Europea, que a su vez se enfrentarían en campañas electorales y en las pantallas de televisión. Es un secreto a voces que Schulz, un socialdemócrata alemán, desea presentarse al puesto. Un hombre que ha forjado su carrera política como un incordio para los líderes europeos puede que ahora desempeñe una importante función a la hora de establecer sus agendas.

A imitación de las elecciones nacionales, en las que el líder del partido ganador se convierte en “primer ministro”, Schulz espera que los votantes dejen a un lado sus limitadas preocupaciones domésticas. Desea que el debate deje de ser una discusión estéril a favor o en contra de la UE y se centre en qué tipo de unión debería ser. Con ello también sería más difícil que Farage y las personas que piensan como él criticaran a la Comisión por “no ser una institución elegida”.

Lucha de titanes o balbuceos de desconocidos

Schulz, antes un bebedor empedernido y ahora abstemio y propietario de una librería, inició su carrera en la política municipal y llegó al Parlamento Europeo, donde posteriormente pasó a ser líder del principal grupo europeo de los Socialistas y Demócratas de centro-izquierda. Fuera de Bruselas, se le conoce sobre todo por su enfrentamiento en 2003 con el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, que, dañado por las críticas, dijo a Schulz que en una película podría interpretar a la perfección el papel de guardia en un campo de concentración nazi.

Incluso sus admiradores afirman que Schulz puede ser belicoso e impulsivo. Aún así, a las autoridades estadounidenses les ha impresionado por ser un político inteligente que intenta convertir el Parlamento Europeo en algo similar al Congreso norteamericano. Aunque es crítico con las políticas de austeridad de Angela Merkel, le gusta actuar de mediador entre la canciller alemana y el presidente francés, François Hollande. Incluso se dice que un enemigo natural, como el primer ministro británico, David Cameron, considera alentadores los comentarios de apertura de Schulz en las cumbres de la UE. Aún así, cuando el Parlamento hace demostraciones de fuerza y se apunta tantos, retrasando un minucioso compromiso sobre el presupuesto de la UE para los próximos siete años, poniendo límites a los bonus de los banqueros o abogando por un impuesto sobre las transacciones financieras, como es lógico exaspera a muchos Gobiernos.

La apuesta más ambiciosa del Parlamento es el intento de imponer su elección en la presidencia de la Comisión. Hasta ahora, esa elección la realizaban los líderes nacionales, con el respaldo de los parlamentarios. Aportar más democracia podría ser loable, pero causa nuevos problemas. Europa no es un país con un solo pueblo. En lugar de una emocionante lucha de titanes, los debates podrían convertirse en un balbuceo de jerga entre desconocidos. Una elección, no una selección, favorecería a las fuerzas internas de Bruselas como Schulz con respecto a los primeros ministros interesados que pueden mostrarse reacios a arriesgar sus puestos. Y un presidente más politizado estaría más en deuda con el Parlamento y probablemente representaría menos los intereses de todos los países de la UE.

Que se alineen los planetas

En cualquier caso, una elección indirecta no serviría de mucho para disipar la niebla de la complejidad. La Comisión se llenaría con otras 26 personas designadas por los Gobiernos. Sus propuestas las tendrían que aprobar el Consejo de Ministros (que representa a los Gobiernos nacionales, normalmente a puerta cerrada), así como el Parlamento. El Parlamento no tiene poder de decisión en la política económica. Tal y como dijo Pierre Kroll, un dibujante de cómics belga: “Se puede perder la democracia si la gente no entiende nada. ¿Quién controla realmente el presupuesto de mi país?”

Schulz avanza hábilmente para impulsarse hacia la cima. Pero para triunfar, necesitará que se alineen muchos planetas. Los Socialistas Europeos tendrán que ganar al Partido Popular Europeo de centro-derecha o al menos hacerlo lo bastante bien para asegurarse la victoria. Si Merkel mantiene su puesto en las elecciones alemanas de este otoño, los social-demócratas tendrán que formar parte de una gran coalición si desean influir en su elección. E incluso si Merkel tiene pensado elegir a Schulz, ¿los demás líderes, preocupados por una “Europa alemana”, permitirían que un alemán dirigiera la Comisión?