Hace veinte años, el filósofo francés Bernard-Henri Lévy establecía una comparación entre la guerra civil española y el conflicto bosnio y calificaba la guerra en Bosnia de lucha contra la reaparición del fascismo europeo en forma del nacionalismo asesino serbio.

Este análisis era una gran exageración. Bosnia fue un conflicto de los nacionalismos armados croata y serbio con el joven nacionalismo bosnio, casi carente de armas y por lo tanto, mucho menos peligroso. Aunque con la masacre de Srebrenica este conflicto dio lugar al primer acto de genocidio en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, en estos momentos es mucho más fácil cruzarse con los herederos del fascismo europeo en las calles de Europa Occidental que en los Balcanes (con la notable excepción de Grecia, con su Amanecer Dorado).

Participación masiva de terceros países

Bosnia no era una "guerra civil española de nuestros tiempos", porque fueron las democracias, y no los aliados extranjeros de Karadzic y Mladic, las que acabaron interviniendo militarmente, poniendo fin a los sueños serbios de victoria e imponiendo un acuerdo de paz cojo.

Actualmente, Siria es lo que denominamos "la nueva Bosnia", ya que destaca la ausencia de acción internacional ante la escalada de matanzas. Siria merece más la calificación de nueva España, pero sobre todo por la participación masiva en el conflicto de terceros países.

El régimen de Bachar El Asad no podría sobrevivir sin el paraguas diplomático desplegado por Rusia, sin las transferencias iraníes de armas, ni sin la carne de cañón que le proporciona el Hezbolá libanés. En unas declaraciones recientes, su líder, el jeque Hassan Nasrallah por primera vez confirmó públicamente que el destino del Líbano y del movimiento palestino dependía de la victoria de Asad. Calificó de takfiris, o apóstatas, a los oponentes al presidente sirio (si bien los alauitas que apoyan a Assad son una rama herética del islam chií) y anunció la lucha hasta derramar la última gota de sangre.

Como respuesta, se lanzaron tres misiles Katyusha sobre la parte de Beirut controlada por Hezbolá, y uno de los jefes rebeldes sirios sugirió al ejército libanés que se ocupara de Hezbolá o de lo contrario, declaró, "lo haremos nosotros mismos". La guerra ya no amenaza con traspasar las fronteras de Siria, sino que ya es un hecho con la explosión hace dos semanas de dos coches bomba en la ciudad fronteriza turca de Reyhanli, que costó la vida a 50 personas. Turquía no ha sido atacada por los insurgentes, sino seguramente por las fuerzas gubernamentales sirias o sus aliados.

Una nueva "Internacional Fascista"

Rusia, Irán y Hezbolá son una forma contemporánea de la "Internacional Fascista" de la época de la guerra civil española [los apoyos fascistas del Gobierno español: Alemania e Italia; en referencia a la Internacional Comunista de los años treinta, dirigida por la URSS], aunque en la Siria actual, al contrario que en la España de los años treinta, el que representa la dictadura es el Gobierno y no sus opositores armados.

En cambio, por la parte de los insurgentes, encontramos la "Internacional Suní", con Turquía, Arabia Saudí y Qatar, que le proporcionan dinero, armas y combatientes.

Como suele ser habitual, las democracias se encuentran divididas. La UE ha sido incapaz de ponerse de acuerdo sobre una posición común y no ha ampliado el embargo sobre las armas. Habrá que esperar a este verano, tras el fiasco programado de las conversaciones apadrinadas por Rusia y Estados Unidos, para que Reino Unido y Francia comiencen sus envíos de armas a los insurgentes.

Los múltiples frentes de la "Internacional Suní"

En el ámbito de la batalla diplomática, Hezbolá ya ha sufrido una derrota y probablemente se incluirá en la lista europea de organizaciones terroristas. El atentado de Burgas, cuyo objetivo eran turistas israelíes, aunque se cometió en territorio de la UE, al parecer no era un motivo suficiente para hacerlo. El apoyo militar al régimen sirio, condenado por la Unión Europea, ha sido lo que ha hecho que se inclinara la balanza.

Pero los aliados democráticos de la "Internacional Suní" en Siria tienen muchos problemas que resolver. Si los comunistas eran la principal fuerza militar de la República española, la sección local de Al-Qaeda, aliada con Irak, comienza a serlo en Siria. En los años treinta, el anti-comunismo determinó la posición de Francia y Gran Bretaña, que no apoyaron a la República contra los fascistas. Cuando unos años más tarde, los dos países fueron a su vez víctimas de la agresión fascista, esta decisión se consideró catastrófica. Pero hoy, Occidente no está amenazado por la guerra con el mundo chií, sino con el extremismo suní contra el que lucha desde hace años en Afganistán, en Irak y en las calles de nuestras ciudades.

Con cada masacre, se vuelven más convincentes los argumentos a favor del derrocamiento de Asad, pero no sucede lo mismo con los argumentos a favor del apoyo de sus adversarios. Mientras, el inmovilismo se vuelve cada vez menos defendible. Efectivamente, Siria es la España de nuestros tiempos.