Una vez al mes, unos cincuenta jóvenes se reúnen en un bar de moda del centro de Estambul. Allí comentan las últimas noticias, intercambian tarjetas de visita u ofertas de empleo. Pero en alemán. "El alemán es mi lengua materna", insiste Emine Sahin, directora de proyectos inmobiliarios de 37 años, que organiza estas citas mensuales para los germano-turcos que, al igual que ella, han optado por instalarse a orillas del estrecho del Bósforo.

"Esta tendencia entre los turcos de Alemania de regresar a su país de origen aumentará. Con la crisis en Europa, ya no hay tantas oportunidades profesionales para los jóvenes con títulos universitarios y un perfil internacional", opina esta joven de grandes ojos claros. En Turquía ocurre al contrario y con índices de crecimiento similares a los chinos y una sociedad dinámica, "ofrece más perspectivas", prosigue Emine, que nació en Ankara, pero creció en Alemania, país al que emigraron sus padres y que ella misma define como "un modelo de integración".

Más oportunidades que en Europa

Cincuenta años después del viaje de los primeros "trabajadores invitados" o Gastarbeiter, en 1961, los flujos migratorios entre Turquía y Alemania se invierten. En Alemania viven más de tres millones de turcos. Pero en 2009, los regresos hacia Estambul, cerca de 40.000, fueron más numerosos que las salidas, unas 30.000. Los hijos o nietos de inmigrantes anatolianos emprenden el camino inverso. Se trata de un fenómeno que contradice los temores a la invasión de trabajadores turcos en caso de que el país pasara a formar parte de la Unión Europea.

Un tercio de los estudiantes con doble nacionalidad en Alemania se plantea hoy emprender una carrera profesional en Turquía, según un estudio de instituto alemán Futureorg. Las empresas que se encuentran más allá del Rin han sabido cómo explotar este potencial. La filial turca de Mercedes-Benz reserva el 30 % de sus puestos directivos a los germano-turcos.

Las instituciones gubernamentales también se abren a los "euro turcos", poseedores de esta doble cultura. "Turquía se desarrolla con mucha rapidez y necesita a gente como nosotros", constata Ilker Astarci, nacido y educado en Bélgica y que trabaja desde hace poco como consejero junto al primer ministro Recep Tayyip Erdogan. "Hay más oportunidades que en Europa y para mí era importante poder echar una mano a mi país de origen, Turquía".

Estambul, destino aprobado por los padres

La llamada del Bósforo seduce a un gran número de europeos de origen turco que llegan de Bélgica, Países Bajos, Austria o Francia. "Cada vez recibo más currículos de jóvenes franco-turcos. Sobre todo de chicas", destaca Hatice Luis, que dirige la delegación de una empresa de logística establecida en la región parisina.

Para algunos turcos, Estambul es una puerta de salida para escapar de la presión familiar. Hatice, de 32 años, y la tercera de seis hermanas, creció en Clichy-sous-Bois (departamento francés de Seine-Saint-Denis). "Vivíamos en un piso de tres dormitorios, en la décima planta. La habitación de los niños hacía las veces de taller de costura para los padres", nos cuenta. "Mi padre procede de un pueblo pequeño y no quería que sus hijas estudiaran, pero a mí me salvaron los profesores del instituto, cuya dedicación era admirable". En 2001, llega finalmente a Estambul, "el único destino al que los padres no pueden oponerse", destaca otra "repatriada".

Los turcos de Europa de segunda o tercera generación, sueñan a menudo con volver a sus raíces familiares. "Siempre he querido vivir en Estambul", afirma Pinar Kiliç, que llegó de Frankfurt y que desde 2006 trabaja para la filial turca de Google. "Me siento turca, aunque haya vivido veinticinco años en Alemania. En casa hablábamos en turco y comíamos alimentos turcos".

Volver al país de sus antepasados

La emigración hacia Turquía también tiene una parte de búsqueda de identidad. Hatice, que durante mucho tiempo se sintió "frustrada porque no la consideraban turca en Turquía ni francesa en Francia", encontró el equilibrio en Estambul, "una ciudad europea con una parte oriental, como nosotros", comenta. "Pero lo que no se puede negar es que soy francesa, aunque acabe de obtener la nacionalidad. Me he dado cuenta de ello desde que estoy en Turquía", precisa. A Emine le pasa igual y se define como "Alemana con raíces turcas". "Con 14 años, ya no sabía a qué cultura pertenecía", comenta sonriendo.

Para Ali Koç, que llegó en 2004 de un pueblo de los Vosgos (Francia), el objetivo era llegar a hablar mejor el idioma y descubrir el país de sus padres. "Al igual que muchas otras personas, sólo conozco del país el pueblo de Anatolia donde pasaba dos meses de vacaciones en verano", explica. "En mi forma de pensar, me siento más francés y culturalmente, soy más turco. Pero me siento vinculado al modelo en el que he crecido: la mezcla social, el acceso a las becas escolares cuando mi padre trabajaba ganando el salario mínimo interprofesional. Aquí es imposible".

Esta migración entre Europa y Turquía es mayor entre los menores de 35 años más cualificados, que encuentran mejores empleos que en Europa. En muchas ocasiones, les han disuadido las discriminaciones existentes en las sociedades europeas y los debates sobre la integración. "Pero no creo que sea la experiencia negativa o la falta de integración el motivo principal de su regreso a Turquía", opina la profesora universitaria estadounidense Susan Rottmann, que estudia este fenómeno. Y para los hijos de las familias que emigraron de Anatolia, el descubrimiento de Estambul es "un auténtico choque", confirma Ali Koç. Al llegar a Turquía, también se encuentran con un desajuste cultural.