Todo fenómeno social, y las revoluciones son fenómenos sociales, es el resultado de una acumulación de causas, cuyo nivel determina cómo se manifestará. Por lo tanto, no creo que las teorías de conspiración puedan ser válidas.

Una persona o un grupo de personas pueden modificar el curso de varios acontecimientos, pero el origen de un acontecimiento histórico se basa en la contribución de millones de personas que crean millones de hechos y acontecimientos, que a su vez convergen en un momento concreto y generan lo que denominamos "acontecimiento histórico".

Nos hallamos sencillamente ante una evolución del perfil, de las mentalidades y de la psicología de los individuos de estos países.

Lo que llamamos "primavera árabe", y los acontecimientos de Turquía se inscriben en el mismo proceso, únicamente se puede interpretar correctamente teniendo en cuenta este contexto. Nadie dirige estos acontecimientos desde el exterior. No es la guerra de una persona contra los manifestantes. Nos hallamos sencillamente ante una evolución del perfil, de las mentalidades y de la psicología de los individuos de estos países.

El escritor Francis Fukuyama ha desarrollado en profundidad la temática de la evolución de la sociedad humana. En "El fin de la Historia y el último hombre", se refiere a la lógica hegeliana y desarrolla un modelo concreto de evolución de la sociedad. En su opinión, la humanidad llegará a un límite de desarrollo social cuando se satisfagan las aspiraciones democráticas. En ese momento, la humanidad llegará al "fin de la Historia". Esto significa que la democracia liberal, al contrario que otras formas de organización y de gestión política, llega a una fase en la que deja de desarrollarse mediante las contradicciones interna que ponen en peligro su funcionamiento.

Una nueva generación

Desde esta perspectiva, podemos afirmar que en Turquía, está surgiendo una nueva generación de jóvenes, cuya forma de pensar y de ser es muy distinta a la de sus padres y abuelos. Y en este sentido, esta generación es parecida a la Rumanía de finales del año 1989. Mientras los jóvenes salían a la calle para exigir el fin del comunismo, sus padres salían en televisión y en sus puestos en la fábrica juraban lealtad eterna al expresidente Nicolae Ceausescu y al comunismo, censurando con furia proletaria las manifestaciones de la calle.

Los jóvenes turcos han crecido en la era de Internet, hablan inglés y desean poder consumir alcohol cuando quieran, a cualquier hora del día o la noche, o tener la libertad de besar a sus parejas en la calle. Aunque es evidente que no reniegan de su fe y de su pertenencia religiosa, está claro que perciben las limitaciones como una injerencia en su espacio privado, en su libertad personal.

Lo que les impulsa a salir a la calle no es la pobreza, sino la percepción de que viven en un país cuyo régimen político se aleja de sus ideales.

Esto también concuerda con el actual estatus geopolítico y geoeconómico del país. Turquía es desde hace tiempo miembro de la OTAN y registra un crecimiento económico positivo y una mejora constante del nivel de vida. Y al representar un puente entre Occidente y Oriente, Estados Unidos siempre le ha prestado una especial atención. Pero aunque el nivel de vida esté mejorando, los jóvenes salen a la calle. Está claro que no exigen pan, sino libertad. Lo que les impulsa a salir a la calle no es la pobreza, sino la percepción de que viven en un país cuyo régimen político se aleja de sus ideales. La imagen de esa profesora universitaria en Estambul, vestida al estilo occidental, en el momento en el que iba a sufrir una agresión por parte de las fuerzas del orden, es todo un símbolo de estas manifestaciones.

La paradoja del régimen

Tras un largo periodo de regímenes militares, es cierto que el de Erdogan es un régimen civil. Pero en el Gobierno de este país se observa una paradoja. El que pone en peligro la estabilidad y el equilibrio creados por las antiguas dictaduras militares es precisamente un régimen político civil. Cada vez que se organizan elecciones en este tipo de países, las gana un partido religioso fundamentalista que promete un regreso a las tradiciones. Es lo que ha sucedido en Egipto y lo que probablemente ocurrirá en Siria y otros lugares. Esto dice mucho sobre la inmensa distancia que aún separa Turquía de nuestro mundo occidental.

Para resolver esta gran contradicción, el mundo musulmán necesitaría una revolución religiosa, parecida a la Reforma [protestante] dirigida por Martín Lutero, que pueda asentar un equilibrio entre su fe religiosa y la aspiración típicamente humana a la civilización y la estabilidad. Turquía no deberá partir de cero. Cuenta con una tradición, si observamos de cerca la historia y nos acordamos de Kemal Atatürk, a comienzos del siglo XX.

Europa y Estados Unidos pueden ayudar a negociar una solución de paz social con el fin de mantener la estabilidad del país, en una zona gris en términos de conformidad con las normas y la democracia: ni democrática, ni antidemocrática. Este país podría tener un gran potencial para convertirse a medio plazo en una potencia de gran envergadura, miembro de la OTAN y la UE, un auténtico vector de civilización, con una frontera hacia el problemático Oriente Próximo.

La libertad económica genera a su vez libertad política. En Turquía, los signos del "fin de la Historia", como lo imaginaban Hegel y Fukuyama, están más cerca que en otros Estados musulmanes. Por "cerca", no me refiero a un año o dos, sino quizás a algunas generaciones. ¿Pero qué es eso si tenemos en cuenta la dimensión de la Historia y la paciencia que hemos demostrado tener con el tiempo? No obstante, es fundamental que de aquí a entonces, el país se mantenga estable.