Hacia 1900, el barrio de Plagwitz en la ciudad de Leipzig era uno de los mayores centros industriales de Europa con un sector textil floreciente. Hoy, de aquello no quedan más que los esqueletos de algunas fábricas. Edificios de ladrillo con ventanas como cuencas de ojos vacías en terrenos invadidos por la maleza. Un paisaje de ruinas industriales rodeado por las casas donde antes vivían los obreros. La triste cara de una ciudad venida a menos.

Y sin embargo, en este barrio situado al Oeste del centro hay vida. A algunos de los edificios que antes alojaban fábricas se les ha dado un nuevo uso. Actividades a pequeña escala, clubes para jóvenes, gimnasios... La antigua fábrica de hilados de algodón es el ejemplo por excelencia: a mediados de junio, la canciller Angela Merkel inauguró en ella una exposición dedicada a los artistas instalados en el edificio, muchos de los cuales son conocidos a nivel internacional.

“A algunos artistas les parece que el barrio oeste se ha vuelto demasiado elitista”, declara Tobias Habermann. “Se van a buscar refugio a otras partes de Leipzig”. A ellos deben los barrios su imagen de modernidad. “Alrededor de Lindenauer Markt, por ejemplo, acaban de abrir once galerías. Pero en esta plaza, lo que más se ve son parados y madres de 16 años con sus carritos”.

Habermann, de 32 años, es el gestor del barrio de Plagwitz. Su trabajo consiste en vigilar que se asignen correctamente los fondos europeos y las ayudas de reactivación alemanas. Uno de los objetivos es combatir la desocupación y el deterioro de los antiguos bloques de viviendas. Cuando la industria quedó inmovilizada tras la Caída del Muro, la gente se marchó en masa a Alemania Occidental para buscar trabajo. La consecuencia es descorazonadora: un sinnúmero de edificios a medio demoler con barricadas hechas de planchas.

Una “ciudad perforada”, en palabras de Habermann. Son bloques de viviendas construidos a finales del s. XIX cuando la industria era próspera. En muchos casos, se trata de edificios de una estética incomparable, pero a menudo se encuentran en un estado lamentable. “Los propietarios tardan en invertir, esperando que los alquileres aumenten. Nosotros les ayudamos a dar con inquilinos temporales. Jóvenes empresarios, estudiantes, artistas...”.

El límite Este de Plagwitz refleja los resultados de una auténtica transformación. Por ejemplo, el barrio Schleussig: hay familias jóvenes de clase media viviendo en edificios antiguos que han sido rehabilitados, en fábricas reconvertidas en lofts y en nuevas viviendas modernas. En la actualidad, el barrio está lleno, de modo que ahora los yuppies se rebajan a vivir en Plagwitz.

Este fenómeno suscita sentimientos contradictorios en Habermann. Le parece importante que la gente que vive y trabaja hoy día en Plagwitz siga sintiéndose como en casa, incluidos los pobres. “Cerca de un 45% de la población de alrededor del Lindenauer Markt vive de las ayudas sociales. Cada ciudad tiene sus clases populares. ¡Esa gente en algún sitio tiene que vivir! No se les puede exiliar a los barrios de viviendas sociales”.

Lo principal para Habermann es que mejore la calidad del hábitat y el entorno. “Restaurar los patios interiores, multiplicar los espacios verdes, rehabilitar los colegios y los edificios públicos, potenciar las asociaciones...”. Pero también: “Ayudar al 10% de extranjeros iraníes, cubanos, árabes y vietnamitas. Porque la extrema derecha ha obtenido muchos votos en el barrio”.

Parece que las medidas adoptadas por las autoridades y las iniciativas locales están dando sus frutos. En los 8 km2 de los que es responsable Habermann, el número de habitantes ha pasado desde el año 2000 de 31.500 a 38.000. Este incremento se debe a la población con bajos ingresos de los barrios de las viviendas sociales del Oeste, a las clases medias y altas de los barrios yuppies del Este y a los jóvenes creadores procedentes de toda Alemania.

Habermann espera reunirlos a todos a principios de julio en el gran festival cultural de la Karl-Heinestrasse, una calle de moda que lleva al centro de la ciudad. The West is the Best es el eslogan de este festival. Tobias Habermann sabe de lo que habla. Vive con su mujer y sus dos hijos en un rincón idílico y tranquilo de esa calle al pie del agua. Un buen ejemplo de hábitat de calidad.