Estos últimos años, a menudo he oído hablar de trenes que descarrilan en Europa Occidental y que coger un tren había pasado a ser más peligroso que viajar en avión. Uno de los motivos de estos descarrilamientos es que algunos ciudadanos europeos, con pasaporte rumano, desentierran los cables de cobre que proporcionan electricidad a las señales ferroviarias para revenderlos después.

En esas circunstancias, casi es seguro que se producirá un accidente y ellos son perfectamente conscientes de que la gente puede resultar herida debido a que han robado cables caros para revenderlos por tres duros.

Dicho esto, cuando leemos que esos mismos ciudadanos europeos intentaron vender por 400.000 euros cuadros de Matisse y de Gauguin, entre otros, valorados en 18 millones y que, al no conseguirlo, los quemaron para no ser descubiertos, podríamos decir que, después de todo, el valor antisocial del hecho en sí, vale, por analogía, una miseria.

Quemar 18 millones de euros

Pero este no es el caso. La película de los cuadros robados en el museo Kunsthal de Rotterdam [en octubre de 2012] con la ayuda de una simple pinza, transportados en fundas de almohadas, puesto a la venta en Facebook y finalmente quemados en una estufa cuando los mangantes ya habían sido detenidos muestra hasta qué punto el mundo civilizado es vulnerable a las invasiones bárbaras.

Matisse, Gauguin y Picasso no tenían ninguna oportunidad frente a Moise George, apodado “George el ladrón”, que escondía los objetos robados, ni frente a las bandas de proxenetas que trabajan con y para él.

Las sociedades evolucionan y las defienden más los valores de la mayoría de sus ciudadanos que las fuerzas que reprimen los crímenes, que se suavizan con el tiempo.

¿Pero qué pasa entonces cuando dos sociedades con distinto grado de desarrollo entran en contacto? Que se roban microscopios para poner clavos, se envuelven botes de nata con lienzos o se roban cables poniendo en peligro la vida de miles de personas. Y el rencor aumenta, porque dichas sociedades no pueden dar marcha atrás y volver a imponer los métodos de control del pasado.

Por eso, sus ciudadanos sienten miedo y detestan a los recién llegados, votan a favor de partidos que quieren volver a cerrar las fronteras. Sin Schengen ¿cómo hubiesen podido Radu Dogaru [el supuesto autor del robo], y su banda atravesar cinco fronteras sin que nadie los detuviese?]. En definitiva, eso hace que la gente se vuelva racista.

¿Falta control social?

Un país como el nuestro engloba a todo tipo de gente, al igual que los Países Bajos o Burkina Faso. A menudo me encuentro con rumanos que están viendo museos occidentales, o que se ganan honestamente la vida, ya sea en Países Bajos o en otro sitio, y allí los aprecia todo el mundo. La diferencia entre Burkina Faso, Rumanía y Países Bajos radica en el nivel de control social, que únicamente alcanza un estadio evolucionado en el último caso.

Desde luego, Rumanía no es el peor país del mundo, y nosotros subestimamos ampliamente la herencia positiva del comunismo, el que no haya armas y que la violencia en los espacios públicos se mantenga razonablemente bajo control con respecto a otros países como Brasil u otros de un grado de desarrollo similar.

No obstante, tampoco es un buen país. Simplemente no hemos conseguido, a lo largo de nuestra evolución histórica, un grado suficiente de control social, aunque a todas luces tengamos más admiradores de Matisse por cada cien mil habitantes que en Burkina Faso.

No somos capaces de alcanzar los estándares occidentales y resulta deprimente ver cómo los europeos del Oeste que nos visitan, ante la ausencia de control, acaban rebajándose a nuestro nivel.

A la inversa, cuando nuestra gente civilizada emigra [los rumanos], no hay problema, porque se integran inmediatamente en el orden de las sociedades desarrolladas que han escogido como destino.

Adiós (todavía) a Schengen

Por supuesto que se trata de un difícil equilibrio entre, por una parte, el número excesivamente alto de criaturas amorales, entre las que figuran todos los personajes de la historia de los cuadros (la madre de Radu Dogaru, su tía y su amiga, que tuvieron la idea de quemar los cuadros y que la llevaron a la práctica; los propios mafiosos; e incluso el experto que aconseja entregar los cuadros, pero que no alerta a la policía), y, por otra, la debilidad (unida con frecuencia a la corrupción) de quienes tienen que controlarlos.

¿Alardea acaso la Dirección de Investigación de Crimen Organizado y Terrorismo (DIICOT) de un caso en el que cuadros de un valor inestimable se quemaron cuatro días después de que se hubiese detenido a los sospechosos? Los cuadros se habían enterrado (y desenterrado) dos veces en distintas ubicaciones, antes de acabar en la estufa de la madre del sospecho principal.

Entonces ¿qué estaban haciendo mientras tanto? ¿Cómo puede transformarse en una “gran victoria del Estado” el haber atrapado a los lelos que debatían públicamente en Facebook los detalles de su botín pero permitir que se destruyesen los bienes que había que recuperar a toda costa?

Me pregunto qué gabinete de grupos de presión en Europa Occidental [con la vista puesta en la adhesión al espacio Schengen] será ahora capaz de borrar las consecuencias generadas por una señora de pueblo inclinada sobre una estufa en la que arden Monet, Picasso y las babuchas incriminatorias, una mujer movida por el amor maternal y por otros sentimientos tan evolucionados...