En Egipto se ha perpetrado un crimen de gran magnitud. El asalto del 14 de agosto de las fuerzas del orden contra los campamentos de manifestantes a favor de Morsi en El Cairo produjo un baño de sangre. El balance es desastroso: más de quinientos muertos en todo el país, según unas cifras que aún son inciertas. [A día de hoy, es posible que las víctimas hayan llegado al millar].

Latente desde el derrocamiento del presidente Morsi, el 3 de julio, ya se ha asumido el golpe de Estado del ejército egipcio: el general Al Sisi anuló el frágil dispositivo institucional que supuestamente debía desembocar en unas elecciones. Se ha pisoteado la democracia, así como las normas elementales que protegen los derechos humanos y el derecho a manifestarse.

La radicalización y la polarización extrema de los dos bandos han hecho que Egipto se suma en un caos imprevisible

Nada hacía presagiar que Egipto se encontrara ante esta alternativa trágica: la dictadura o la guerra civil. Las mediaciones internacionales, sobre todo la de la Unión Europea, y las advertencias estadounidenses intentaron prevenir el peor de los casos. Hasta el último minuto, era posible otra alternativa: la de un acuerdo entre el equipo de Al Sisi y los Hermanos Musulmanes. La radicalización y la polarización extrema de los dos bandos han hecho que Egipto se suma en un caos imprevisible, en el corazón de una región, Oriente Próximo, cuyos problemas no dejan de agravarse.

¿Qué se puede hacer? Las condenas internacionales se han sucedido. ¿Pero basta con las palabras? A pesar del desaire que acaba de hacerle los militares egipcios, se puede comprender que Estados Unidos dude si debe suspender o no su ayuda a Egipto (1.300 millones de euros al año): ésta sustenta desde hace más de treinta años los acuerdos de paz con Israel. Obama, que no oculta sus ganas de liberarse de los problemas del mundo árabe-musulmán, ha optado por dosificar su reacción: ha anulado las maniobras militares conjuntas estadounidenses-egipcias, sin cancelar la llegada de los fondos.

Marginalización de los occidentales

Europa cuenta con mayor margen de maniobra. La matanza de El Cairo requiere una reacción fuerte, que sea coherente con el apoyo mostrado desde 2011 a la esperanza de democratización en el mundo árabe. En el pasado, la Unión Europea ha sancionado otras masacres, otras desviaciones autoritarias, tanto en Sri Lanka, como en Zimbabue, en Birmania o en Bielorrusia.

Es de esperar que los Veintiocho saquen conclusiones de la matanza de El Cairo y actúen. En concreto, que suspendan los 5.000 millones de ayuda prometidos a Egipto. Dicha sanción deberá mantenerse mientras no se restablezca un proceso de negociaciones ni se restituyan unos mecanismos democráticos dignos de tal nombre. Hacer menos sería escabullirse.

Es cierto que el peso de los actores exteriores ante el desorden de Egipto es relativo y que no faltan argumentos para demostrar la marginalización de los occidentales. En Egipto, sin duda la culpa de lo acontecido es de ambos bandos: la era Morsi no ha estado ni mucho menos exenta de problemas, y la movilización de la multitud que precedió al derrocamiento el 3 de julio del primer presidente del país elegido democráticamente era consecuencia de todas las desviaciones, incluidas las represivas, de los Hermanos Musulmanes llegados al poder.

Pero la opción del bando de Al Sisi de masacrar a los manifestantes y de actuar con violencia contra los civiles constituye un cambio inadmisible que requiere una sanción. Europa debe suspender su ayuda. Es una cuestión de principios.