Guerra en Siria: Londres rompe el frente contra Al Asad

Cameron: "Síganme". "No".
Cameron: "Síganme". "No".
30 agosto 2013 – The Times (Londres)

El Parlamento inglés rechazó iniciar un despliegue militar contra Bashar Al Asad y esto supone un duro revés para la política británica beligerante contra las dictaduras y también un verdadero desastre para el pueblo sirio. Ahora depende de Estados Unidos iniciar la intervención o poner en peligro su credibilidad y cuenta con Francia como único aliado europeo.

El Parlamento se permitió el lujo ayer de debatir ampliamente la calidad de las pruebas sobre el uso de armas químicas en Siria y la legalidad de contraatacar con una respuesta armada. Era mejor tener el debate que evitarlo, porque ninguna intervención militar debe iniciarse a la ligera.

El resultado de la votación, no obstante, fue un desastre. Fue un desastre para el primer ministro que malinterpretó a su partido. Fue un desastre para el país, que dio la espalda a su tradición de alzarse contra las tiranías. Fue un desastre para la alianza occidental, que deja de contar con los británicos como aliados. Y, lo más importante, fue un desastre para el pueblo de Siria, que ya sabe que tiene menos amigos cuando más los necesita.

El único atisbo de consuelo es que la votación no ha detenido la acción conjunta de Occidente

El único atisbo de consuelo es que la votación no ha detenido la acción conjunta de Occidente. La verdad es que pocos oradores se atreven a reconocer que ninguna votación de la Cámara de los Comunes determinará cuándo, o si, el régimen del presidente [Bashar] Al Asad caerá y se pondrá fin así al sufrimiento del pueblo sirio. El único Gobierno occidental que puede ser decisivo a la hora de decidir sobre esta crisis es el de los Estados Unidos.

Una cuestión de credibilidad

Cuando empezó la revuelta contra Asad, se podía aducir que los Estados Unidos no tenían ningún interés estratégico en cómo iba a desarrollarse. La situación varió cuando Obama fijó el uso de armas químicas como el punto de inflexión con el que cambiaría el enfoque estadounidense. Ese punto se ha rebasado una y otra vez.

La primera vez, Obama aludió a los fallos de los servicios secretos en Irak en 2003 en aras de conseguir más claridad y tiempo. Ahora ya sabe que no puede limitarse a repetir este argumento. Si Estados Unidos no responde de manera contundente ante la masacre que la semana pasada se cobró la vida de más de 1.000 civiles en Ghouta, su credibilidad como aliado de Israel, Turquía, Jordania y otros jugadores cruciales de la región se verá seriamente dañada, puede que incluso irremediablemente. Eso también afectaría a su capacidad para disuadir a otros regímenes renegados de emplear o adquirir armas químicas.

En Washington, como en Londres, a la oposición política le preocupa más reflejar la ansiedad de la opinión pública ante una intervención militar que presentar un único frente. John Boehner, el líder republicano de la Cámara de los Representantes, acusó a Obama de no haber realizado las consultas apropiadas y exigió que se detallase cualquier tipo de intervención.

Esta actitud resulta menos sorprendente en Estados Unidos que en Reino Unido, por el coste que ha supuesto para los primeros tanto en vidas, como en dinero y prestigio el haber luchado durante los últimos años en Asia Central y Oriente Medio. De hecho, sería raro que la mayoría de la población de cualquiera de ambos países apoyase la participación en un nuevo conflicto armado en esa región cuando apenas han sacado a sus ejércitos de Irak. Sin embargo, esto ni da por válidas las analogías con Irak, ni supone que la intervención en Siria es un error.

Un estrepitoso fracaso

Cuando Estados Unidos y sus aliados invadieron Irak ya hacía años que Saddam Hussein había empleado armas químicas y, además, no se llegó a probar la existencia de arsenales de las mismas. La comparación con el reciente empleo de gas nervioso en Siria resulta cruel. Las pruebas de que el régimen es responsable de los ataques en Ghouta son convincentes.

El secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, pidió a Obama que espere a que los inspectores terminen su trabajo antes de tomar una decisión sobre la intervención militar. Y no lo ha hecho porque crea que los inspectores vayan a conseguir nuevas pruebas que reorienten o minimicen la responsabilidad, sino para ganar tiempo para “dar una oportunidad a la paz”. Hay que dar una oportunidad a la paz, aunque hasta el momento la vía diplomática haya fracasado estrepitosamente.

Llevar a cabo ataques militares preventivos para disuadir al régimen de Asad de que vuelva a emplear armas químicas y para limitar su capacidad para producirlas no excluye que se sigan realizando esfuerzos diplomáticos. En el mejor de los casos puede que estos sirvan para forzarle a negociar. Se podrían plantear alternativas mucho peores, como que Irán tome represalias contra Israel, pero aún sería más crítico que en esta desalentadora situación Estados Unidos enviase claramente el mensaje de que sus advertencias no significan nada.

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