Tras una docena de juicios, muchos de los cuales han transcurrido por los tres niveles distintos de la justicia italiana (juicio, apelación, recurso de apelación), después de confeccionar leyes a medida para despenalizar sus delitos, o usar tácticas dilatorias para hacer que los juicios se desestimasen porque los supuestos delitos habían prescrito, o asumiendo los veredictos de culpabilidad en un nivel y los de absolución en otro, Berlusconi al final ha recibido una sentencia definitiva e inapelable por fraude fiscal.

Condenado a cuatro años de prisión, se ha beneficiado de una reducción de condena acogiéndose a un perdón cuyo fin era vaciar las cárceles del país. Su sentencia se ha quedado en un año, a pesar de que, al tener más de setenta años, podrá cumplir su condena en arresto domiciliario en una de sus lujosas mansiones. Sin embargo, como miembro electo del Senado goza de inmunidad, así que no pueden detenerlo ni confinarlo hasta que el Senado apruebe por voto su expulsión. Una decisión que se someterá a la cámara en septiembre. Ahora bien, Berlusconi ya ha dejado claro que si la votación se vuelve en su contra, todo el sistema se vendrá abajo con él.

Es evidente que Berlusconi puede causar estragos. Dirige, y en cierto modo posee, uno de los dos partidos mayoritarios de la coalición en el poder, que a su vez está tratando de introducir importantes reformas debido al profundo declive de la economía italiana y para generar por fin algo de confianza entre los inversores extranjeros. Si Berlusconi retira su partido de la coalición de Gobierno, tal y como ha amenazado, no parece posible que se forme otro en el actual parlamento sin mayoría.

Miedo a volver dos años atras

El miedo es que ese resultado paralice el país y que Italia vuelva directamente al punto en al que se encontraba hace dos años, cuando la presión de los mercados financieros parecía estar a un paso de forzar que se pidiese el rescate de la UE o de que se plantease su salida inminente del euro. Actualmente alrededor del 40% de los jóvenes está en paro, mientras la producción industrial está un 26% por debajo del nivel de 2007.

Si Nixon se hubiese a negado a aceptar el proceso de destitución o impeachment y hubiese tratado de alguna manera de aferrarse al poder, se le hubiese apartado sin concesiones. Lo mismo se aplicaría a cualquier líder de las democracias más importantes de Europa. Muchos dejarían su cargo ante el primer signo de ser acusados de un delito penal, pues serían conscientes de que sus partidos no apoyarían a nadie que pudiese dañar su causa.

El factor que realmente resulta perturbador en Italia no es tanto el descaro de Berlusconi, sino que su chantaje es posible y creíble

El factor que realmente resulta perturbador en Italia no es tanto el descaro de Berlusconi, sino que su chantaje es posible y creíble.

Aunque parezca sorprendente para aquellos que no están familiarizados con el país, incluso los periódicos serios y los comentaristas respetables se muestran reacios a insistir en la aplicación de la ley. No suelen mencionar los detalles de sus delitos y ahora dan credibilidad al argumento de que desterrar a Berlusconi de la escena política sería como privar del derecho a voto a millones de votantes que lo apoyaron en las anteriores elecciones, como si no hubiese ningún partido autónomo para representar sus puntos de vista, como si no fuesen libres para escoger otro líder antes de las próximas elecciones.

Predisposición cultural

¿Y cómo sucede eso? La personalidad del propio Berlusconi es una de las razones. El hombre es encantador, carismático, persuasivo e inflexible. El imperio mediático que domina actúa como megáfono de esas cualidad, permitiéndole modular constantemente el debate nacional. Sus rivales se reflejan en el distorsionado espejo de los medios que él mismo controla: si esos oponentes tratan de atacarlo, los retratan como obsesionados con Berlusconi; y si denuncian sus fechorías, se les acusa de tratar de derrotarlo en los tribunales en lugar de en las urnas, lo que manifiestamente sería una señal de debilidad.

Aunque ninguna de estas razones se tomen por separado o en conjunto, serían suficientes para permitir que Berlusconi mantenga esclavizada a una nación durante tanto tiempo si en la cultura italiana no hubiese algo que predispusiese a la gente a ello. A ser encantados, hechizados, persuadidos y, sobre todo, intimidados, en síntesis, a estar dispuestos a creer las promesas de Berlusconi o aceptar su presencia como inevitable.

El éxito de Berlusconi no es algo pasajero o una anomalía, sino que reside en el corazón de la cultura italiana y revela el extendido recelo de Italia en que la política nunca podrá reformarse o hacerse remotamente justa. Así que la insistencia de Berlusconi en que los delitos penales que se le imputan son meras invenciones de sus enemigos cae en un campo bien abonado.

Mucha gente está más bien cómoda con esta situación. porque justifican de este modo sus propios pequeñas faltas y la evasión de impuestos. Por consiguiente, si se impone la judicatura y se excluye a Berlusconi de la vida política, millones de italianos no verán en ello la confirmación del estado de Derecho (algo que quizá haría que la vida fuese más estimulante para todo el mundo), sino simplemente como una batalla que en este caso la ha ganado el otro bando.

Supeditados a la cuestión de ganar o perder

En breve, los polos bueno/malo, moral/inmoral, o incluso efectivo/inefectivo que se supone que son los que sirven para evaluar y juzgar a los políticos, en Italia queda siempre supeditados a la cuestión de ganar o perder, que es, en definitiva, lo único que importa. Y Berlusconi siempre se ha presentado a sí mismo, sobre todo, como un ganador.

Observando las costumbres italianas en 1826, el poeta Giacomo Leopardi apreció que nunca se admiró o condenó sinceramente a ningún político italiano, aunque siempre contaron con simpatizantes y detractores, incluso después de muertos. Esto es desde luego verdad para los héroes y los villanos de la historia italiana, de Mazzini, Garibaldi y Cavour, pasando por Mussolini, hasta Craxi, Andreotti y Berlusconi.

La percepción de Leopardi era que los italianos tenían dificultades para imaginarse a un líder como más que el líder de una facción o de un grupo de interés concreto, y, por lo tanto, no cambiarán su opinión sobre él cualesquiera que sean las consecuencias de su liderazgo. Puesto que parte de sus electores cree que él lidera la lucha contra un viejo enemigo, sus delitos y fracasos son por tanto irrelevantes.

Cuando algunos de los sabios columnistas de los periódicos más reputados del país sugieren que sería conveniente salvar a Berlusconi y rescatar al Gobierno, lo que hacen es aceptar la inmemorial impresión de que los políticos siempre serán corruptos

Así que cuando algunos de los sabios columnistas de los periódicos más reputados del país sugieren que sería conveniente salvar a Berlusconi y rescatar al Gobierno, lo que hacen es aceptar la inmemorial impresión de que los políticos siempre serán corruptos. Si se libra a Berlusconi del encarcelamiento, incluso del arresto domiciliario, y se permite que siga activo en política, se verá totalmente confirmada la percepción de que el líder político es más un señor feudal que un ciudadano de a pie, y ya no cabrá ninguna posibilidad de que las actitudes italianas cambien en mucho mucho tiempo.