El informe sobre la felicidad de la ONU se basa en una metodología compleja, empezando por la definición de felicidad, así como la definición de Estado. Pero las conclusiones de este informe merecen que nos detengamos a reflexionar sobre ellas. Presenta una serie de resultados evidentes: los países ricos son más felices y en los más afectados por la crisis, ha disminuido la percepción subjetiva de la felicidad. Sin embargo, esto no explica la visión de conjunto ni por qué Bulgaria ocupa el puesto número 144 de la clasificación.

Una posible explicación es que existen modelos culturales distintos para describir su condición. En los Balcanes y sobre todo en Bulgaria, está muy arraigada la cultura de la queja.

Resulta más difícil quejarse en las sociedades más desarrolladas. Si una persona se queja de que vive mal, de que no gana suficiente dinero o de que no lleva la vida privada que desearía, corre el riesgo de no encontrar trabajo. Por ello, las personas de estos países desarrollan un espíritu optimista, que puede incluso parecer forzado.

El segundo factor importante es que la felicidad no es un estado, sino un proceso. Nunca estaremos contentos si no evolucionamos. Es como montar en bicicleta: si no pedaleamos, nos caemos. Hay que seguir adelante, superar los obstáculos. Las sociedades felices son aquellas que tienen un objetivo, un plan.

Hace ya tiempo que nosotros no seguimos ningún rumbo. Quizás se deba al envejecimiento de la población. Pero es evidente que tampoco sabemos hacia dónde se dirige el país.

Una forma de pertenencia

Otro factor es la definición de la felicidad: se trata de un sentimiento de pertenencia a algo. Necesitamos sentir que formamos parte de una comunidad, sentirnos apreciados. Por este motivo, los países escandinavos, con sus Estados del bienestar tan desarrollados, se encuentran en los puestos más altos de la clasificación. El Estado del bienestar constituye precisamente una forma de pertenencia. Se creó en el siglo XIX y nos aporta la sensación de que tenemos derechos, de que nos asisten, de que nos educan y nos cuidan.

No sólo hemos dejado de continuar con este proyecto, sino que también hemos perdido lo poco que habíamos logrado

En Bulgaria, el Estado del bienestar se ha enterrado rápidamente. No sólo hemos dejado de continuar con este proyecto, sino que también hemos perdido lo poco que habíamos logrado. Los búlgaros tienen la sensación de ser totalmente inútiles.

Esta forma de capitalismo que se ha impuesto en países como el nuestro, evidentemente necesita a las personas. Su objetivo es obtener nuestras tierras, nuestras casas y construir algo. Y se supone que nosotros debemos buscar la felicidad en el extranjero.

La relación que existe entre la riqueza y la felicidad también es importante y mucho más en la percepción de la diferencia entre ricos y pobres. En los países escandinavos, la gran redistribución de las riquezas reduce las diferencias sociales. En Bulgaria, esa diferencia es una de las mayores del mundo. Sólo Letonia parece superarnos en este sentido. Y esta división social aumenta. En Bulgaria nos gusta rivalizar: el vecino siempre tiene más. Esta mentalidad fomenta el descontento y nos impulsa a plantearnos preguntas como ¿he triunfado realmente?, ¿quizás debería esforzarme más?

Aunque los búlgaros sean más ricos que los ciudadanos de un país africano, son infelices porque otros miembros de la sociedad son aún más ricos. Esta desigualdad debilita la percepción de la felicidad.

Felicidad y materialismo

La religión también puede desempeñar una función en este sentido. La mentalidad religiosa sugiere que estamos en el lugar que debemos estar, que todo está bien. Pero la religión no es sino una fachada. Ya no influye en la psicología popular. Tan sólo es una hipótesis sobre nuestro sentimiento de infelicidad.

Es muy fácil encontrarse en la parte inferior de la jerarquía materialista

El último factor es el vínculo que existe entre la felicidad y los valores que van más allá del materialismo. Dicho vínculo impone una jerarquización de las desigualdades. Es muy fácil encontrarse en la parte inferior de la jerarquía materialista. Los valores aportan sentido a nuestra vida, a lo que hacemos. Este orden hace que todos seamos importantes. Cuando hacemos algo por las demás personas que se encuentran a nuestro alrededor, nos sentimos realizados, como en el seno de una familia: hacer algo por nuestros allegados nos aporta un sentimiento de importancia, de valor.

En cambio, en el gran plan gubernamental y dentro de la economía nacional, nos sentimos insignificantes. Ya nada tiene sentido, ni siquiera los valores. Ya no sentimos que un sencillo acto puede tener consecuencias y dar sentido a la vida. Ya no sentimos que formamos parte de un conjunto importante. Eso es lo que nos sitúa en la parte inferior de la lista de la ONU.

Nos hemos convencido de que todo depende del dinero, de que todo es material, si bien el informe de Naciones Unidas demuestra que existe un vínculo directo entre las naciones que han sabido mantener sus valores tradicionales, como la generosidad.