La víspera de las elecciones generales, cualquier persona que visite Berlín podría esperar encontrarse con una ciudad inmersa en unos debates apasionados sobre Europa. Pero los alemanes se muestran extrañamente ajenos a la cuestión. La campaña de las elecciones del 22 de septiembre se ha basado fundamentalmente en las revelaciones sobre el espionaje estadounidense (el asunto Snowden), la subida del precio de la energía y los servicios a la infancia. Eso es todo. Alemania, pieza clave para resolver la crisis del euro, parece evitar cuidadosamente cualquier discusión sobre las alternativas, pues cada una presenta alguna desventaja.

Desde el estallido de la crisis del euro, han caído muchos Gobiernos europeos. Pero en lo que respecta a la canciller alemana Angela Merkel, parece que sucede lo contrario. Los alemanes la adoran, sobre todo porque les exige poco. Pero también porque practica un nuevo tipo de política del poder en Europa: el merkiavelismo: una combinación de Maquiavelo y de Merkel. "¿Es mejor ser amado que ser temido?", se preguntaba Maquiavelo en El príncipe. Su respuesta es que "nada mejor que ser ambas cosas a la vez, pero puesto que es difícil lograrlo, es más seguro ser temido que amado, si hay que elegir entre alguna de las dos opciones".

Merkiavela aplica este principio de un modo innovador. En el extranjero debemos temerla, en Alemania quiere hacerse querer, quizás porque ha enseñado a ciertos países extranjeros a temerla. Un neoliberalismo brutal fuera de las fronteras y un consenso mezclado de social-democracia en la propia Alemania: esta es la fórmula mágica que ha permitido a Merkiavela reforzar de forma permanente su posición y la de Alemania.

Un extraño consenso

Por otro lado, existe una sorprendente divergencia entre las posturas de las élites dirigentes y las de los partidos políticos. En todos los países europeos encontramos poderosos movimientos euroescépticos o antieuropeos que reflejan el creciente descontento de los ciudadanos. En su opinión, las políticas de austeridad que les han impuesto sus Gobiernos son unas injusticias aberrantes. Les hacen perder su último rayo de esperanza y de confianza en los sistemas políticos nacionales y europeos.

En este sentido, Alemania también es diferente: en el país impera un extraño consenso. Los dos partidos de la oposición, los social-demócratas y los Verdes, sin duda han criticado algunos puntos de los programas de austeridad de Merkel, pero siempre han votado a su favor en el Parlamento. Por otro lado, dos de los partidos que integran el Gobierno de Merkel, la CSU bávara (de derecha) y el FDP liberal, se encuentran notablemente alejados de las posturas de su propio Gobierno y se muestran mucho menos entusiastas sobre la participación europea en el rescate de Grecia. Pero el resultado es que el debate alemán sobre la crisis del euro no ha suscitado ninguna oposición en el Parlamento.

Sin embargo, la crisis del euro está llegando a una fase crítica y Alemania debe tomar hoy una decisión histórica

Sin embargo, la crisis del euro está llegando a una fase crítica y Alemania debe tomar hoy una decisión histórica. Debe elegir entre revitalizar en la imaginación de los pueblos el sueño y la poesía de una Europa política, o bien mantener una política confusa y recurrir a la duda como medio de presión, hasta que el euro finalmente nos separe. Alemania se ha vuelto demasiado poderosa como para poder permitirse el lujo de la indecisión y la inactividad. Pero Alemania sigue su camino como un sonámbulo. O, como dice Jürgen Habermas: "Alemania no baila sobre un volcán, sino que dormita sobre él".

Giro silencioso

La última paradoja es que aunque Alemania no dormite sobre un volcán, aunque no haya ninguna discusión sobre el momento de la decisión, el contexto que resulte de las elecciones probablemente favorecerá el paso hacia la siguiente etapa en el camino de una unión política europea. Efectivamente, es más que probable que Angela Merkel permanezca en la cancillería durante un tercer mandato. Preveo que asistiremos a un giro silencioso hacia una política más europea. Porque, pensándolo bien, los cambios de postura son el elemento clave de la política de Merkiavela. Y salvar el euro y a Europa será para ella un buen punto en los libros de historia.

En la hipótesis poco probable de que Merkel no fuera reelegida, un Gobierno rojo-verde tomaría la iniciativa, junto a Francia, Italia, España, Polonia, etc., de corregir el error de concepción que ha caracterizado a la Unión Monetaria Europea y de superar la etapa siguiente para rematar la unión política: entonces nos encontraríamos en una situación en la que Merkel, en la oposición, constituiría la parte informal de una "Gran coalición".

Analicemos ahora las elecciones alemanas vistas desde el extranjero. En los distintos Gobiernos, en las calles europeas y en los pasillos de Bruselas, todo el mundo espera ver qué dirección emprenderá Berlín.

A partir del 23 de septiembre, al día siguiente de las elecciones, sea cual sea la constelación política resultante, la cuestión de saber qué Europa queremos y cómo llegar a ella será el núcleo de la política alemana y europea. Esperemos que sea "ein anderes Europa" ("otra Europa"), cosmopolita, capaz de defender su posición en un mundo rodeado de peligros, y no "eine Deutsche Bundesrepublik Europa", "una República Federal Alemana de Europa".