Todo el mundo lo repite, pero por desgracia es cierto: la cuestión de los gitanos tiene muchas posibilidades de convertirse en el centro de las próximas campañas electorales [municipales en Francia en marzo de 2014 y europeas en mayo de 2014]. Varios candidatos a las elecciones municipales ya se han adueñado del problema para intentar ganar el voto de las poblaciones locales. Según los cálculos del ministerio del Interior, los gitanos que permanecen en el territorio sólo ascenderían a unos 20.000. Pero no menos del 70% de las personas encuestadas se declaran “preocupadas por la presencia de los gitanos en Francia”.

La cuestión de los gitanos se hace presente en el debate público porque en cierto modo revela muchos de los problemas que afectan a nuestro país. El primero es el de la dificultad del Estado por hacer respetar la legalidad. Está claro que lo que se rechaza es la instalación descontrolada de los campamentos gitanos. Si bien el 86% de las personas encuestadas se declaran en contra de la instalación en las proximidades de un campamento previsto a tal fin, no más del 44% se oponen a un campamento de gitanos legal.

Pero la opinión pública también se exaspera por la lentitud con la que los poderes públicos desmantelan los campamentos ilegales, desconcertados tanto por la insistencia e incluso el ingenio de los gitanos, como por la ineficacia de estas medidas.

Espanto y desconfianza

De este modo, si los gitanos ponen de manifiesto hasta la caricatura las dificultades de Francia para integrar a sus poblaciones de origen inmigrante, también señalan crudamente los vínculos que tan a menudo se entablan entre inmigración y delincuencia. En este delicado aspecto, la negación ingenua convive con la amalgama más cínica.

En el caso de los gitanos, no hay duda de que parte de los que permanecen en Francia (y que no son en absoluto representativos de la comunidad gitana de los países del Este en su conjunto), se dedican a toda una serie de tráficos, desde la mendicidad organizada hasta la prostitución, pasando por distintos tipos de hurtos.

Estas realidades suscitan tanto o más espanto que la desconfianza hacia dos gitanos que se encuentra enraizada en la memoria popular. [La líder del Frente Nacional] Marine Le Pen se ha dado cuenta de que con el temor a los gitanos, a menudo instalados en zonas con un bajo nivel de inmigración y de delincuencia, su partido podría ampliar su público objetivo.

La cuestión de los gitanos también pone en tela de juicio a Europa

La cuestión de los gitanos también pone en tela de juicio a Europa. Sobre todo por un motivo. Si Rumanía, país del que procede la mayoría de los gitanos que llegan a Francia, no respeta los derechos de esta minoría y se producen discriminaciones en su entorno, no comprendemos qué hace en una Unión Europea cuyos valores entonces no estaría respetando. Pero si es así, no vemos ningún motivo para acoger en Francia a una población empobrecida que procede de otro país de la Unión.

Más allá de los tráficos basados en las idas y venidas, la presencia de muchos gitanos se inscribe sobre todo en una especie de inmigración económica básica. La pobreza en un país rico ofrece más oportunidades. En este caso también entran en juego las normas europeas.

La libertad de circulación y de establecimiento es uno de los grandes principios de la Unión. La desaparición en 2014 de las restricciones que hasta entonces han limitado los derechos de los ciudadanos rumanos y búlgaros, no estará exenta de riesgos en una Europa heterogénea económicamente.

El malo siempre es el otro

Por último, el triste destino de los gitanos pone de manifiesto el terrible contraste entre los grandes discursos que hacen apología de la diversidad y el rechazo al que es diferente y que en la sociedad se expresa cada vez con más violencia. A Romeurope, el colectivo nacional de los derechos humanos, aún le queda mucho más por hacer para luchar contra los prejuicios relativos a los gitanos que la distribución de un sencillo folleto.

El miedo al extranjero con un modo de vida tan distinto tan sólo se agrava en una sociedad angustiada por la crisis

El miedo al extranjero con un modo de vida tan distinto tan sólo se agrava en una sociedad angustiada por la crisis, que ya sufre pequeños actos delictivos y una mediocre integración de las poblaciones de origen inmigrante. Sin embargo, los responsables políticos deberían recordar todo lo que han soportado a lo largo de la historia los gitanos, que llegaron de la India a Europa desde la Edad Media.

Desde su persecución en Francia o Alemania en esa época tan lejana, pasando por la esclavitud en Rumanía y hasta el genocidio nazi, no se han librado de nada. Estas desgracias han hecho que los gitanos se replieguen sobre sí mismos, por emplear una expresión manida que en este caso tiene todo su sentido. Su singularidad cultural, mantenida por reacción, ha fomentado su aislamiento.

Por otro lado, cuanto más rechazado se sienta un colectivo, más riesgos corre de desarrollar comportamientos asociales. Pero está claro que los medios para resolver un problema tan doloroso y complejo sin duda no se encontrarán en los escenarios de una campaña electoral.