El 29 de septiembre, Austria elegirá su Parlamento. Cualquiera que desee comprender la política austriaca, debe conocer dos aspectos fundamentales.

El primero es que un cuarto de los austriacos viven en Viena. Viena domina sobre el resto del país como ninguna otra ciudad en Europa, aparte de Londres. En Alemania, los berlineses pueden mirar hacia Hamburgo o Múnich, que son dos ciudades dignas de interés, mientras que las capitales regionales austriacas son Graz, Linz o Salzburgo y cuentan con entre 100.000 y 250.000 habitantes, algunas incluso menos. A modo de comparación, Viena incluye 23 distritos, entre los cuales se encuentra el llamado Favoriten [los favoritos], donde viven cerca de 180.000 vieneses.

El segundo aspecto es que Viena se limita a la ciudad intramuros, al menos políticamente hablando. En los tres kilómetros cuadrados del primer distrito de la ciudad se concentran la mayoría de ministerios, el Hofburg [la residencia presidencial] y el Parlamento. Funcionarios, diputados y ministros almuerzan juntos, o incluso con periodistas, por lo que todo el mundo se tutea y todos los partidos se mezclan. El observador debe estar al tanto de esta peculiaridad austriaca, de esta intimidad, de este ambiente intrínseco: la gente conoce a otras personas que no les gustan, "de vista" está claro, pero las conocen. Aquí, todo el mundo se conoce. En estos tres kilómetros cuadrados es donde se desarrolla la Austria política.

Por lo tanto, no resulta sorprendente que estos partidos apenas se distingan unos de otros en una gran cantidad de cuestiones fundamentales. Aunque sus figuras principales sí sean claramente reconocibles.

Desde 2007 ocupa la cancillería federal un miembro del SPÖ [el Partido Socialdemócrata]. Werner Faymann es uno de los personajes más nebulosos que jamás hayan dirigido el SPÖ. Se encuentra entre un banquero y un director de colegio y se considera cercano al pueblo, aunque sigue siendo anodino. Es un enigma que nadie se ha propuesto resolver.

Una oposición amena

Su actual oponente, Michael Spindelegger [del ÖVP, el Partido Popular Austriaco, conservador], con el que Werner Faymann forma una gran coalición desde hace cinco años, apenas es más emocionante. Al igual que todos los jefes del ÖVP, es un católico puro y duro, seguro de sí mismo, que sale de casa a las siete de la mañana y regresa a eso de las diez y media de la noche. Un funcionario del poder, pero un hombre que no hay que subestimar: en cualquier caso parece estar a la altura de la lucha en ciernes que tiene lugar dentro del ÖVP entre los Länder [regiones] y el Estado federal, velando por la distribución entre los dos, realizando nombramientos estratégicos y multiplicando las consultas con los conservadores más influyentes, como el arzobispo de Viena, el cardenal Christoph Schönborn.

Desde el punto de vista político, Austria es casi tan católica como el Vaticano

Porque Austria es también así: cuando hace unos años Werner Faymann terminó un discurso a la nación, primero dio la mano al presidente y luego al cardenal, y sólo después a sus ministros. Desde el punto de vista político, Austria es casi tan católica como el Vaticano.

La política austriaca se vuelve mucho más amena cuando observamos los escaños de la oposición. Sobre todo destacan dos personajes. En primer lugar, el jefe de fila de la oposición, Heinz-Christian Strache, del FPÖ, el Partido Liberal Austriaco, populista y xenófobo, y luego el francotirador Frank Stronach, multimillonario austriaco-canadiense y fundador de Magna International. Ha sabido encontrar los argumentos para quitarle diputados a otros partidos, a los que ha sumado algunos espíritus aventureros, y reunirlos a todos en una nueva lista.

Pena de muerte

Al observador que busque personajes que no pasen desapercibidos no le decepcionarán Heinz-Christian Strache y Frank Stronach. Strache, protésico dental de formación, se relacionó en su juventud con grupos situados muy a la derecha. Desde hace años critica con dureza a los extranjeros, lleva una gran cruz durante sus discursos contra el proyecto de una mezquita y ahora se muestra, dentro del contexto de su "campaña positiva", en carteles con el eslogan "¡Ama a tu prójimo!", junto a una señora mayor que le acaricia el mentón con ternura.

Pocos personajes austriacos suscitan tanto odio, en cierto modo justificado, porque sus posturas políticas son más que problemáticas y las actitudes de algunos miembros del partido podrían constituir casos para la fiscalía o incluso para un psicólogo. Curiosamente, parece casi amable fuera de cámara, aunque Pim Fortuyn, [líder de la lista populista homónima en Países Bajos, asesinado en 2008] también lo era.

A sus 85 años, Frank Stronach es el heredero espiritual [del magnate inmobiliario] Richard Lugner. Cada año, Lugner invita a una persona famosa en todo el mundo, a cambio de una gran suma de dinero, a su palco para asistir al baile de la ópera, se pasea en compañía de jóvenes "amigas" cincuenta años menores que él y le gusta llamar la atención a la mínima ocasión. En 1998, quiso convertirse en presidente y consiguió un 10% de los votos. Que es más o menos el resultado que se prevé que obtendrá Stronach. Está a favor de la pena de muerte "para los asesinos profesionales", no tiene nada en contra del espionaje de la NSA y no duda en seducir a una periodista. Sus apariciones en los platós de televisión se han convertido en leyenda: monopoliza los debates, tutea a los presentadores e injuria al público. Verle es todo un placer.

Sí, la verdad es que estar en Austria en este momento resulta divertido. Y tendremos de nuevo lo que nos merecemos: el statu quo. La visión política a corto plazo. El aburrimiento. La gran coalición. [Desde 1945, el país ha estado gobernado durante 40 años por una gran coalición].