Todo el mundo sabe los sentimientos que tengo hacia mi pueblo de Jorwerd, aunque la palabra tiene un matiz distinto en prácticamente cada idioma, desde el delicado “Home” y “Lieu” rebosante de orgullo, al “Heimat” cargado de sentido. Pero nos estamos refiriendo a lo mismo: el entorno donde nos sentimos en casa. En cambio, el “espacio” representa el dinamismo, las posibilidades, pero también los riesgos y el desorden que son inevitables cuando salimos de lo que conocemos.  

“Lugar y espacio” constituían unos de los temas más tratados por el filósofo francés Michel de Certeau y más tarde profundizó en ellos el pensador y presidente del Consejo Europeo Herman Van Rompuy. Europa era y es el espacio por excelencia, con su aspiración a la libre circulación de mercancías, capitales, personas y servicios, con la supresión de las fronteras, la creación de nuevas oportunidades y con la agitación y los riesgos que implica todo ello.

Debilidad sangrienta e infernal

En Europa, la tensión entre ‘lugar’ y ‘espacio’ existe desde hace siglos, pues se puede atravesar en una sola jornada al menos cuatro regiones lingüísticas y culturales distintas. Esta enorme diversidad ha sido nuestra fuerza desde siempre y, al mismo tiempo, esta variedad y esa rivalidad constituyen nuestra debilidad sangrante e infernal.

Todos conocemos la historia: para escapar a este destino, se puso en marcha una experiencia histórica de administración supranacional, con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Efectivamente, durante al menos cinco decenios el proyecto europeo ha estado coronado de éxito. Y lo sigue estando en muchos sentidos, no hay que olvidarlo: basta con hablar con los polacos, los estonios u otros habitantes de la antigua Europa del Este. Pero en otros lugares las tormentas y los fuegos de turba causan estragos desde 2010, aún no vemos el final y si la Unión sale algún día de esta crisis, será una Unión dañada.

Nuestra imbricación europea es tan profunda que los Estados miembros están obligados a inmiscuirse de mil formas distintas en la política interior y en la actitudes de unos y otros

Nuestra imbricación europea es tan profunda que los Estados miembros están obligados a inmiscuirse de mil formas distintas en la política interior y en la actitudes de unos y otros. Hoy es sobre todo la debilidad interna de algunos Estados miembros lo que hace que la Unión se sitúe en repetidas ocasiones al borde del abismo. Pero ¿cómo podemos influir en “el lugar” desde “el espacio”?

Clientelismo y padrinazgo

Por ejemplo, ¿se puede hacer desaparecer como por arte de magia la relación totalmente perturbada entre lo público y lo privado en los antiguos países del Este? ¿Y qué decir de las tradiciones profundamente ancladas del clientelismo y del padrinazgo en la mayoría de países de Europa del Sur? En otras palabras, esa mezcla europea de advertencias, de subvenciones, de deducciones y de sanciones que rara vez se aplica, ¿realmente tiene algún control sobre el fenómeno de “lugar”? Parece que entonces es cuando, como en el ejemplo de Grecia, pensamos que podemos modernizar una economía principalmente mediante medidas de austeridad, de modo que las víctimas vuelven a depender del padrinazgo de los amigos y la familia.

¿Y qué hacer con la ética relativa al endeudamiento que se extiende por todos lados, la ética de las sanciones y de las reducciones de gastos que ha marcado el tono en los últimos años del pensamiento público alemán y neerlandés, la ética que nuestros partidos políticos siguen adoptando por estupidez complaciente, pero que se observa con estupefacción en el resto del mundo, incluido el FMI, porque ralentiza, cuando no bloquea, cualquier reactivación de la eurozona?

El precio a pagar por todo ello es elevado, sobre todo para el sur del Europa. Los sabemos de sobra, incluso aquí en el norte, aunque rara vez escuchemos a los políticos neerlandeses hablar sobre el asunto. Y no digo nada sobre el enorme coste moral, en una nueva generación cuya confianza ha quedado destruida

Integración, al menos en Bruselas

¿Qué repercusiones tendrá todo esto en “el espacio” europeo? ¿Y en la relación entre “espacio” y “lugar” dentro de esta Europa siniestrada, en la relación entre Jorwerd y Bruselas?

En los últimos cinco años nos hemos enfrentado a dos crisis de confianza: una crisis bancaria en 2008 y 2009, y posteriormente, a partir de principios de 2010, una crisis monetaria que se ha calmado un poco desde el año pasado pero que aún no ha remitido.

Las instituciones de la Unión han resistido increíblemente bien a estas calamidades

Cuando observamos las consecuencias en Bruselas, las instituciones de la Unión han resistido increíblemente bien a estas calamidades. Se han adoptado una serie de medidas y se han creado estructuras que hasta hace poco parecían inconcebibles. Es cierto que la piedra angular más vital en este momento, la unión bancaria europea, aún no se ha puesto en marcha. Pero pensándolo bien, la crisis ha generado un grado de integración mucho más importante. Al menos, allí en Bruselas.

Fuera de la capital europea la situación es distinta: se ha desencadenado un proceso inverso, un proceso de desintegración. Tomemos como ejemplo la economía de la eurozona: un empresario italiano paga actualmente de media dos veces más en intereses que un empresario alemán. Ante nuestros ojos se crea una Europa de dos, tres velocidades o incluso más.

Desequilibrio en la relación de fuerzas

La desintegración también es claramente visible en el debate político europeo: las divergencias de opinión sobre el enfoque ante la crisis ponen de manifiesto la esencia de las distintas culturas políticas y económicas. De este modo, los franceses y los italianos, que siempre han hecho que sus deudas se evaporen con la devaluación, no comprenden nada el terror a la inflación de los alemanes.

Todo esto desequilibra también las relaciones de fuerza europeas: el motor de la unificación europea, el eje París-Berlín, cada vez sufre más fracasos. Después de España e Italia, Francia corre el riesgo de convertirse en el siguiente caso problemático. Alemania debe dirigir, pero lo puede ni se atreve, porque el pasado sigue pesando demasiado.

Tradiciones profundamente ancladas

Mientras, la confianza de los ciudadanos en la experiencia europea sufre una rápida regresión. El resultado de las próximas elecciones europeas reflejará esta desconfianza: los sondeos apuntan a que la extrema derecha contará cada vez con más representación en el Parlamento Europeo, cuyo funcionamiento ya es laborioso.

En resumen, nos enfrentamos a un choque fundamental, no sólo entre orientaciones políticas, sino entre tradiciones europeas profundamente ancladas. Rara vez el desequilibrio entre “espacio” y “lugar”, en todas sus variaciones europeas, ha estado tan desequilibrado como hoy. ¿La vuelta al sistema del siglo XIX de Estados-naciones podrá restablecer este equilibrio?