Por primera vez en veinte años, la crisis política se ha evitado, no gracias a Berlusconi ni a pesar de él, sino ante la indiferencia absoluta de lo que haya hecho o haya dejado de hacer el Cavaliere, inmerso desde hace días en una espiral infernal que le ha obligado a cambiar de postura al menos una decena de veces. El hecho de que tras una jornada parlamentaria de lo más agitada, y en cierto modo histórica, el líder del centro-derecha, como petrificado, anunciara personalmente en el Senado y para sorpresa general que votaría a favor de la confianza del Gobierno (cuando había ordenado la dimisión de sus ministros el sábado y había pedido poco antes a sus senadores que votaran por la destitución), no influyó de ningún modo en el resultado de la compleja partida de póquer que se ha jugado en los últimos días.

La suerte ya estaba echada desde que los disidentes del PDL anunciaran, la noche del martes al miércoles, que no abandonarían al Gobierno, con lo que éste podía contar con el apoyo de un número suficiente de parlamentarios para asegurarse una nueva mayoría en el Palazzo Madama [la sede del Senado].

De esta forma, el que fuera el símbolo de la Segunda República [el marco institucional creado tras el maremoto de la investigación anticorrupción “Manos limpias” a comienzos de los años noventa], la pieza maestra de todos los capítulos políticos de los últimos veinte años, el líder que siempre lograba desempeñar una función determinante no sólo en su propio bando sino también en el bando contrario, de repente se volvió superfluo. Berlusconi ni siquiera lo habría soñado y le costó algunas horas darse cuenta de lo que había sucedido. Luego, cuando lo comprendió, se resignó a ser útil y a votar a favor del Gobierno, para no ser el testigo de la división de su partido. Su liderazgo carismático, con el que hasta el lunes por la tarde había logrado evitar cualquier forma de debate interno, de repente estalló en mil pedazos.

El surgimiento de un nuevo líder

Se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Maltratado, abatido por las injurias de los electores de centro-derecha en Internet desorientados por la incomprensible confusión con la que Berlusconi intentó derrocar al Gobierno.

Ahora, todo el mundo coincide en que la nueva mayoría, con una fuerza casi igual a la anterior, pero anclada en el acuerdo entre el primer ministro y la parte más responsable del centro-derecha, ha hecho que surja un nuevo líder en la persona del vicepresidente del Consejo.

Alfano, al que los suyos siempre le habían reprochado una cierta falta de valor, esta vez ha demostrado su fuerza.

Y no hay duda de que [el vicepresidente del Consejo y número dos del PDL] Angelino Alfano ha desempeñado una función clave en esta crisis, al negarse desde el principio a provocar la división del PDL, esforzándose hasta el último minuto para convencer al Cavaliere de que diera marcha atrás y logrando, no sólo gracias a su poder de convicción, sino también al consenso que consiguió mientras dentro de los grupos parlamentarios, ante senadores y diputados dispuestos por primera vez a desobedecer a Berlusconi. Alfano, al que los suyos siempre le habían reprochado una cierta falta de valor, esta vez ha demostrado su fuerza.

Un cambio de generación

Más allá de los rodeos y de la crisis de un liderazgo desgastado desde hace tiempo, a pesar de los éxitos electorales, de los "¡Silvio, Silvio!" y la reacción emotiva de los italianos ante sus disgustos personales, lo que ha sucedido en los últimos días hasta el punto culminante y espectacular de la jornada de ayer ya se inscribía en los inicios de la apertura política. No la pacificación, en la que Berlusconi veía erróneamente el fin de sus problemas y que ha contribuido a evitar con sus últimas maniobras. Sino más bien el nacimiento, con la bendición del presidente de la República, Giorgio Napolitano, de un "eje de urgencia" que ha resultado ser de acero entre Letta y Alfano, los Cástor y Pólux del Gobierno.

Es demasiado pronto para decir hasta dónde nos llevará un episodio de esta envergadura, que sólo fue aparentemente súbito y sorprendente. Entre otras cosas, vivimos el fin de un cambio de generación, con todas las consecuencias que lógicamente se pueden esperar. Puede que al final de la crisis económica y al final de una legislatura que de momento se ha ganado al menos un año de vida, asistamos a un nuevo pulso entre un centro-derecha y un centro-izquierda profundamente cambiados, más similares a los que se enfrentan en la mayoría de países de Europa. Pero es inútil ocultarlo: no podremos subestimar el peso de la tradición italiana y de los protagonistas de esta nueva fase. En otras palabras, es posible, quizás incluso más que probable (y algo que debemos temer, según ciertos puntos de vista) que la democracia cristiana no sobreviva al advenimiento de la Tercera República.