De la ciudad alemana de Marbourg, al norte de Hesse, hasta la lujosa estación balnearia de Cancún, hay en línea recta unos 8.600 kilómetros. Doce horas de avión y varios mundos separan a estas dos localidades. Sin embargo, estos días tienen algo en común: las dos se plantean la pregunta de dar libertad u obligar para garantizar la supervivencia del planeta. ¿Nos amenaza la ecodictadura?

En Marbourg, la pregunta se plantea por motivos estratégicos. El equipo municipal rojo-verde [integrado por el SPD-Los Verdes] obliga a los propietarios a instalar paneles solares al reparar sus tejados. Esta medida posee legitimidad democrática, va acompañada de subvenciones y se basa en una decisión de justicia. Sin embargo, la oposición de derecha, plantea una "ecodictadura", por la que los propietarios estarían obligados a velar por su bienestar económico y por nuestro futuro ecológico.

En cambio, en Cancún, la pregunta no se ha planteado por motivos estratégicos. Durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el clima, los pocos Estados que pretenden proteger el clima (y su cartera) intentan hacer avanzar con dificultad la democracia de las Naciones Unidas. Los científicos y los expertos, que ven más allá de las próximas elecciones, plantean confidencialmente la posibilidad de que se hagan realidad las ecodictaduras.

La democracia, amenazada

El debate sobre la restricción autoritaria de los derechos humanos con el fin de garantizar la supervivencia del planeta se basa en una duda: ¿las democracias parlamentarias son capaces de dar una respuesta a la cuestión de la supervivencia ecológica?

Sin embargo, la democracia y la protección medioambiental parecen formar un tándem ideal. El movimiento ecologista surgió durante el auge democrático de los años sesenta y las democracias se muestran claramente más innovadoras en materia de tecnologías y avances sociales. Pero desde que las protestas ciudadanas cuentan con el reconocimiento general, las fábricas se han desplazado a los países más pobres y con menos protección. Son pocos los políticos que se atreven a enfrentarse a los consumidores y a los electores con verdades que les incomoden.

En realidad, desde hace tiempo se han impuesto las bases de una ecodictadura. El capitalismo ha tomado como rehén a la democracia. Porque, en el pensamiento occidental, la libertad política actualmente no se puede separar de la libertad económica. Aún no hemos probado la democracia tal y como la conocemos sin el capitalismo y su ansia por los recursos naturales. ¿Cómo puede planificar una democracia un futuro digno de ser vivido cuando su hermana gemela, la economía frenética, es también su ruina?

De momento, no existe ninguna respuesta satisfactoria a esta pregunta. La ecodictadura tampoco ofrecerá una solución. En primer lugar, es impopular. En segundo lugar, no funciona: lo que se necesita no es un control desde la cumbre, sino innovaciones sociales y económicas que partan de la base. En tercer lugar, existe una alternativa a la ecodictadura: la ecocracia.

La ecocracia como modelo seductor

No es algo tan terrible como pueda parecer. La ecocracia consiste simplemente en la continuidad de nuestra democracia con medios ecológicos. Políticamente, la ecocracia puede desarrollarse. La Unión Europea podría elaborar un tratado denominado "Maastricht II", que establecería los criterios de estabilidad ecológica e instauraría un "Banco Europeo para el Futuro" (BEF). Los Estados miembros cederían una parte de su soberanía nacional al BEF en materia de protección del clima y las especies. El Banco vigilaría las políticas europeas en la industria, los transportes y la agricultura. Podría bloquear la concesión de subvenciones. Aquel Estado que infringiera continuamente los criterios se vería privado de subvenciones europeas o bien vería cómo el BEF toma las riendas en ciertos sectores.

¿Una utopía? En absoluto. Ya disponemos de un dispositivo similar en el ámbito de la política presupuestaria. En este momento, los casos de Grecia e Irlanda demuestran la presión que puede sufrir un país europeo cuando no cumple ciertos criterios. Se trata de una línea dura que se justifica por el hecho de que una catástrofe financiera afectaría a los demás, un argumento igualmente válido en el caso del medio ambiente.

Estas cuestiones no se han debatido de forma abierta en Cancún. Porque la comunidad internacional observa atentamente para saber quién posee el mejor modelo con el que garantizar la prosperidad, la estabilidad y la libertad: ¿el capitalismo desenfrenado de Estados Unidos, el social-capitalismo del Estado chino, la gestión autoritaria de las materias primas al estilo ruso? Europa podría elaborar en este caso un modelo político-económico susceptible de seducir a las democracias en pleno desarrollo, como India, Sudáfrica o Brasil.