Durante el último siglo, los regímenes húngaros dirigidos por los autócratas Miklós Horthy y Janos Kadar, tras haber estabilizado su poder con medios sangrientos, centraron toda su atención en mantener una causa nacional que les garantizara una base social. El primero basó el sentido de su obra en restablecer el honor de una nación humillada por el Tratado de Trianón y en revisar las fronteras, mientras que el segundo se centró en la lucha contra la pobreza y la desigualdad.

Ni Horthy ni Kadar estaban familiarizados con la idea de aprovechar el poder para sus actividades de ocio personales, debido a la educación del primero y al puritanismo natural y a la mentalidad comunista original del segundo. Al Regente de la Monarquía húngara le gustaba ir de caza. El secretario general del partido único de la Democracia popular húngara disfrutaba jugando al ajedrez. Las actividades de ocio de los dos autócratas no influían en su ejercicio del poder y se entregaban a ellas sin segundas intenciones.

Actualmente, podemos observar a diario cómo el régimen de Orbán intenta suprimir la libre competencia en todos los subsistemas de la sociedad: no sólo en los ámbitos fundamentales para el poder, sino también en las demandas de subvenciones de la UE, en las artes, la distribución de las concesiones del tabaco o las subvenciones agrícolas.

Modelo social en los estadios

Y sucede lo mismo en el fútbol. El número uno de este Estado mafioso postcomunista adora hasta tal punto el deporte, que no soporta la competición justa, es decir, el fair-play. Como los futbolistas, los dirigentes de los clubes y los aficionados que aún muestran interés por el fútbol le consideran el salvador y el benefactor de la disciplina, el modelo de la estructura social que desea Viktor Orbán se experimenta clínicamente en los estadios.

Este dirigente del Estado mafioso y amante del deporte ha transformado el mundo del fútbol húngaro a imagen de su modelo deseado. La estructura social de los estadios refleja una imagen parcial, pero auténtica, del mundo exterior. Desde el verano de 2010, las retransmisiones semanales de los partidos de fútbol en la cadena de televisión pública insisten en sus características principales. Es una imagen parcial, porque entre los espectadores apenas se encuentran los “ciudadanos subordinados” (que antes se llamaban ciudadanos u obreros). Ellos no tienen cabida en los palcos VIP, están hartos de los seguidores primitivos y ya no van a los partidos, porque además no tienen ningún interés. Por este motivo, el número de espectadores disminuye, a pesar de la campaña de propaganda nacional (el número de espectadores en 2012-2013 descendió hasta los 2.700, comparados con los 3.600 del año anterior).

Lo que se hace en los estadios no es una diversión para el régimen colectivista húngaro, sino un trabajo educativo

El bajo número de espectadores se explica también por el hecho de que no se considera que el fútbol del Estado mafioso forme parte de la industria del ocio, como ocurre en los países con economías de mercado. Lo que se hace en los estadios no es una diversión para el régimen colectivista húngaro, sino un trabajo educativo.

Los telespectadores aprenden que el centro de atención y el principal lugar del poder húngaro es el palco VIP, frecuentado sólo por los privilegiados del régimen. Tras estas difusiones televisadas, todo el mundo conoce la identidad de la persona más importante del universo: Viktor Orbán, que ocupa un lugar tan central en estas imágenes como el Jesús representado en “La última cena” de Leonardo da Vinci.

Los privilegios del palco

Cuando el primer ministro de Hungría se muestra relajado, en compañía del presidente de la República, del presidente de la Asamblea Nacional, del fiscal general, de los miembros del Gobierno, de los directores generales y los hombres de negocio más influyentes y ricos (Csanyi, Hernadi, Demjan), del juez del Tribunal Constitucional, del vicepresidente de la Oficina de Control Estatal de Hungría, del expresidente de la Academia Húngara de las Ciencias y otras personas igualmente importantes, pone de manifiesto, por un lado, que esos actores que carecen de un verdadero poder aceptan esta situación y por otro, que el conjunto del palco constituye una entidad que no se mezcla con las demás personas ni con los extranjeros.

Al jefe de la mafia no le parece inaceptable que los hinchas radicales estén firmemente arraigados en la extrema derecha

Al jefe de la mafia no le parece inaceptable que los hinchas radicales estén firmemente arraigados en la extrema derecha. El entusiasmo por los culpables de crímenes de guerra, las demostraciones racistas habituales, la incitación continua al odio contra los países vecinos y los actos violentos únicamente disgustan si acarrean una condena (efectiva o contemplada) por parte de una federación húngara o internacional.

El “futbolísticamente inteligente” Viktor Orbán nunca da su opinión sobre estos asuntos: cuando la FIFA condenó a Hungría a jugar a puerta cerrada un partido de calificación para el Mundial de 2014 contra Rumanía debido a los incidentes causados por los seguidores durante el partido contra Israel en Budapest, la reacción de Orbán fue lapidaria: “Mejor me reservo mi opinión”. Si tiene que expresar una ligera desaprobación, lo hace a través de algún dirigente de la Familia. Un ejemplo: Gabor Kubatov, director del partido FIDESZ y presidente del club de fútbol Ferencvaros que había formado parte de los hinchas radicales del equipo en los años noventa y que mantenían vínculos con grupos criminales, no dio su aprobación para instalar el cartel que hacía referencia a Laszlo Csatary [un criminal de guerra nazi húngaro] únicamente porque temía una sanción para el club.

Generosas subvenciones

El fútbol se ha convertido en una de las disciplinas deportivas mejor subvencionadas en la Hungría de Orbán. El éxito cosechado por el fútbol justificaría la superioridad del Sistema de Cooperación Nacional [la alianza entre el Fidesz de Viktor Orbán y el partido cristiano-demócrata KDNP, basada en el eslogan “trabajo, hogar, familia, salud y orden”] comparado con la democracia liberal occidental decadente.

La convicción de Orbán de que existe una relación mística entre el objeto de su pasión y los magiares, le ha ayudado a librarse de la opinión mayoritaria. Un ejemplo de ello son estas declaraciones: “El fútbol es una disciplina deportiva nacional, sólo podemos jugar del modo que caracteriza a los húngaros”; “La nación húngara es una nación futbolísticamente inteligente, el fútbol se nos da bien”. (Magyar Nemzet, 3 de septiembre de 2010).

Según Viktor Orbán, el genio de los magiares con inmensos y múltiples talentos se manifiesta en el terreno de juego. Explica el debilitamiento del fútbol húngaro de los últimos decenios por el sabotaje de la dirección comunista después de 1956. Cuando Hungría vuelva a estar dirigida por fuerzas dignas de ese nombre y que apoyen el fútbol, el orden del mundo, según el cual somos los principales reyes, evidentemente se restablecerá. Aunque la Gran Hungría ya no exista, Hungría gozará de su estatus de gran potencia mundial en el fútbol. “Volveremos a estar entre las naciones futbolísticas más grandes”, afirmó Orbán. Hungría es una nación mundial y merece la gloria. Para ello será necesario un efecto fata morgana.