Hace poco, Bruselas se ha puesto a estudiar sobre los servicios y urinarios de los europeos y más en concreto, sobre la cantidad de agua óptima para limpiarlos.

“¡La UE quiere regular nuestros urinarios!”, se apresuraron a alertar a la opinión pública los medios de comunicación británicos, desde que comenzaran a escucharse los primeros rumores sobre los proyectos de la Comisión Europea en los pasillos bruselenses. Aunque la información no fuera exacta, ya que la intención de Bruselas nunca fue imponer algo, sino sencillamente definir las normas para crear una etiqueta de “servicios ecológicos”, no bastó para calmar los ánimos. “Es ridículo. ¿Acaso la UE no tiene nada más urgente que hacer?”, protestó el eurodiputado británico Martin Callanan.

Dicho esto, cabe señalar que antes de concluir que un depósito de agua “ecológico” no debía contener más de cinco litros de agua (un litro en un urinario), se gastaron más de 89.000 euros en estudios exhaustivos sobre este asunto. Se analizaron sobre todo las disparidades geográficas en la UE en lo relativo al uso de los urinarios. El informe sobre las cisternas de agua es una auténtica mina de datos para los antropólogos. De ese modo, sabemos que Alemania, el país más poblado de la Unión, ocupa únicamente el tercer lugar (después de los británicos y los italianos) en lo que respecta al consumo de agua para limpiar los inodoros. En cambio, en Polonia consumimos tres veces menos que en España, que si bien es un país más poblado, tampoco hay tanta diferencia.

Regreso del euroescepticismo

Aunque los análisis de Bruselas puedan parecer irrisorios, el comisario europeo de Medio Ambiente, Janez Potocnik, advirtió que tampoco había que apresurarse a juzgar la acción de la UE, y expuso que si sólo el 10% de los hogares europeos utilizara urinarios ecológicos, los ahorros registrados serían del orden de los 390 millones de euros.

Desde comienzos de los años noventa, la UE aboga por la introducción de etiquetas de calidad medioambiental para muchos productos y sobre todo para los electrodomésticos, que deben consumir cada vez menos energía. Los europeos por lo general la acogen favorablemente esta acción. Pero las cisternas de agua no han tenido tanta suerte, porque se han topado de frente con el regreso con fuerza del euroescepticismo.

Está claro que no se puede negar que Bruselas a veces tiende a extralimitarse en sus acciones

Está claro que no se puede negar que Bruselas a veces tiende a extralimitarse en sus acciones. Ya en 2009, la UE renunció a aplicar parte de las normas comerciales relativas a las frutas y verduras que, por citar tan sólo uno de los ejemplos más significativos, introducía una clasificación de los pepinos en función de su curvatura. Del mismo modo, el pasado mes de mayo la Comisión abandonó el proyecto tan criticado de prohibir que se sirviera en los restaurantes el aceite de oliva en recipientes reutilizables, de modo que sólo pudiera hacerse en los envases originales, para evitar la falsificación. Aunque los países productores de aceite defendían la propuesta, el comisario europeo de Agricultura Dacian Ciolos fue quien sufrió todas las críticas.

“No todos los problemas deben solucionarse a nivel europeo. Europa debe concentrarse en los ámbitos en los que pueda aportar un verdadero valor añadido máximo. La Unión Europea debe estar presente en los grandes desafíos y su presencia debe ser más discreta en las cuestiones de menor importancia; quizás sea algo a lo que no hemos prestado mucha atención en el pasado”, reconoció el presidente de la Comisión Europea José Manuel Barroso en septiembre, durante su discurso sobre el Estado de la Unión (los conservadores británicos no se han privado de recordarle sus palabras durante el episodio de las cisternas).

Una “coalición del aligeramiento”

Desde hace más de un mes, la Comisión Europea revisa la legislación europea para “aligerarla”, suprimiendo proyectos considerados superfluos o que no tuvieran posibilidad de ser aprobados y simplificando algunas normativas.

El “aligeramiento” de la legislación europea se ha convertido incluso en la prioridad del Gobierno de David Cameron. El primer ministro británico ha prometido organizar de aquí a 2017 un referéndum sobre la salida de su país de la UE. Pero puesto que el propio Cameron está convencido de que es mejor seguir siendo parte de la Unión, intenta por todos los medios convencer de ello a sus compatriotas. La idea original de Cameron era flexibilizar las condiciones de la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea durante la futura reforma de los tratados de la UE, anunciada en alguna ocasión por Berlín. Pero una reforma así no está en el orden del día y la única batalla que pueden emprender actualmente los británicos es la de abogar por lo que denominan regulatory fitness, o “adecuación y ajuste de la normativa”.

El asunto no es nada desdeñable y lo que está en juego supera con creces la cuestión de los pepinos

Durante la última cumbre europea, el primer ministro polaco Donald Tusk participó en una reunión más restringida, organizada por David Cameron con el fin de formar una “coalición del aligeramiento”. El asunto no es nada desdeñable y lo que está en juego supera con creces la cuestión de los pepinos. Entre las 30 recomendaciones de la patronal británica, refrendadas por el Gobierno, se encuentra sobre todo el rechazo a la nueva normativa de la UE sobre la extracción del gas de esquisto. Polonia la ve con malos ojos, ya que teme que las exigencias medioambientales y burocráticas reduzcan la rentabilidad de la industria del gas de esquisto.

¿Escuchará Bruselas a los defensores del “régimen de adelgazamiento”? La Comisión Europea sigue estando muy dividida sobre el asunto. En cuanto a su opinión sobre el gas de esquisto, probablemente la dé a conocer en diciembre.