La obra acaba de terminar. Andrea Sedláčková está sentada en el café de un teatro de Praga, donde conversa con varios amigos del trabajo. Aún no es medianoche pero se va a dormir porque al día siguiente debe estar en la oficina de París a las 10 h.

Esta realizadora checa emigró en 1989 a Francia, donde trabaja como montadora de películas de calidad. Sus familiares, sus amigos y sus recuerdos están en Praga, y en esta ciudad es donde rueda sus filmes. “Son las dos partes de las que se compone mi vida. Si tuviera que escoger sólo una, yo sería sólo la mitad de mí misma”. Pero esta situación la obliga a tenerlo todo por duplicado: la cama, el teléfono, la cartera, etc.

Vivir en varias ciudades a la vez tiene un coste, tanto desde el punto de vista del tiempo y del dinero invertidos como de la energía gastada. Sin embargo, hoy en día, cada vez más europeos llevan este estilo de vida, ya que a pesar de todos los inconvenientes que conlleva también ofrece ciertas ventajas. Al ser el mundo una aldea global cada vez más pequeña, más y más personas deciden optar por este modo de vida.

Un fenómeno que va en aumento

El sociólogo Knut Petzold conoce bien el tema. Petzold vive en Leipzig y estudió en Chemnitz, mientras que su compañera vivía y estudiaba en Stuttgart, por lo que cada mes debía recorrer varios miles de kilómetros. Entre viaje y viaje, Petzold consiguió completar sus estudios de sociología e hizo de la vida “multilocal” su especialidad. Desde luego el fenómeno no es nuevo pero de unos años a esta parte ha ido generalizándose. “De hecho siempre ha existido. En invierno, por ejemplo, los agricultores iban a buscar trabajo a la ciudad. La diferencia, actualmente, es que existe un cierto paralelismo entre estas dos existencias”.

Aleš Chmelař es originario de Brno (República Checa). Sólo tiene 23 años, pero ya hace 10 años que experimenta algo parecido a la “multilocalidad”. Durante su adolescencia, su padre trabajaba en Katowice, Polonia, y no volvía a casa hasta que llegaba el fin de semana. “No estaba tan mal, en realidad, explica Aleš. El fin de semana éramos como una familia modelo y el resto de la semana el régimen era un poco más libre. Así, nunca había tensiones en casa, y los momentos que pasábamos juntos eran muy preciados”.

La rareza de esos momentos y la impaciencia por volver a experimentarlos son las ventajas de este estilo de vida familiar, a caballo entre dos lugares muy alejados, y es lo que se suele destacar. No ha tenido que pasar mucho tiempo para que Aleš Chmelař adoptara este modo de vida por su cuenta. Tras acabar el instituto, se fue a vivir a Dijon (Francia) durante dos años para estudiar ciencias políticas. Después, volvió a la República Checa para ver a su familia y a su novia. Más tarde, se separó y encontró una nueva compañera en Francia que procedía de Bulgaria. A continuación, se instaló en Viena durante el año escolar siguiente, mientras que ella se mudaba a Estocolmo. Este año, se han vuelto a encontrar y viven en Londres.

Situaciones distintas vividas de manera diferente

“La gente vive verdaderamente en varios sitios a la vez, ya que los desplazamientos se han vuelto más asequibles”, explica Knut Petzold. Al mismo tiempo, cada vez existen más “actividades que obligan a viajar”. En particular, esto se hace evidente entre los universitarios, los hombres de negocios o los empleados de las multinacionales, a los que se envía a trabajar en proyectos ubicados en diversas partes del mundo.

Este tipo de situaciones son muy diversas y según las personas implicadas son vividas de manera diferente. “Algunos las consideran un estilo de vida privilegiado, mientras que otros lo ven como un sufrimiento”, afirma Knut Petzold. El sociólogo ha llevado a cabo una investigación entre los alemanes de la vieja generación originarios de la antigua Alemania Oriental que iban a trabajar a la Occidental. “Ellos ven su vida como una excepción respecto a la norma, como un problema”. “Las jóvenes generaciones están mucho mejor preparadas para afrontar un estilo de vida semejante”, opina Petzold. Aún falta mucha información sobre este fenómeno, y es la razón por la que se recogen datos en Internet a través de un cuestionario.

A este respecto, se plantea otra cuestión. ¿Cuáles son las consecuencias de este fenómeno en la ciudad en que las personas sólo viven una parte de su tiempo? Si una persona no tiene un domicilio fijo, no está integrada en los cálculos presupuestarios, aun cuando utilice sus infraestructuras. Pero existe una consecuencia sin duda aún más importante, como argumenta Petzold: “Si un individuo no se identifica con un lugar determinado, no invertirá en él” y por tanto no será proclive, por ejemplo, a presentarse a una lista municipal, a participar en manifestaciones o a contribuir económicamente a la reparación de una iglesia.