Querido Julian:

El año que viene cumplirás 18 años y habrás acabado la educación secundaria, con entusiasmo y al mismo tiempo con preocupación. Al igual que a cualquier adolescente europeo, el futuro puede parecerte un panorama de aventura y desolación. Sin posibilidades de encontrar trabajo, con montañas de deudas, profecías de desplomes monetarios y la lejana posibilidad de emprender una carrera profesional segura, la visión del futuro se enturbia.

Hace 35 años, la generación que acababa sus estudios y a la que pertenecían tus padres, veían un futuro similar, también apasionante y al mismo tiempo sombrío. Cuando esta generación llegó a la mayoría de edad, bajo la sombra del holocausto nuclear y el terrorismo, tuvo que soportar una inflación de dos cifras y el desempleo. Y aún así, logró desatar una revolución sexual, practicó el comunismo y desterró el conformismo.

En la década de los setenta, esta generación también se echó a las calles, gritando consignas contra el gobierno, oponiéndose a las reformas educativas que consideraba retrógradas y elitistas. Exigía el acceso gratuito a la universidad en un continente que también se encontraba al borde del colapso político. Entonces cayó el Telón de Acero, Alemania hizo realidad su eterno sueño de la reunificación y Europa incluso superó la crisis energética.

A mediados de la década de los ochenta, las economías europeas comenzaron a crecer de nuevo y disfrutaron de lo que parecía ser un largo periodo de estabilidad. Pero todo resultó ser una enorme ilusión.

Casi todo el mundo, tanto políticos como banqueros, abusaron de la tímida recuperación que se produjo, se aprovecharon de la liberalización y de las actividades en el extranjero, recurrieron a empleados en otros países, mientras desmantelaban lo que quedaba del Estado del bienestar. En sólo una generación, las desigualdades salariales nos hicieron retroceder al periodo de entreguerras, allanando el camino para una nueva Gran Depresión, sólo que esta vez se producía en nuestro terreno.

¿Qué es lo que ha fallado? Nuestro deseo endémico de ser parte de una élite, de ser distintos, de ser ricos y poderosos, de crear imperios. Un fin que justifica todos los medios. Los europeos serán siempre los vástagos de Maquiavelo, atrapados en una montaña rusa histórica que nos trae una Revolución Francesa que derroca a la monarquía y unos años más tarde a Napoleón Bonaparte como emperador. Eternos prisioneros de nuestras contradicciones, rechazamos la igualdad aunque ensalcemos la democracia. Fracasamos, no evolucionamos. Y aún así, todavía queda esperanza.

La nueva generación de adolescentes es la primera que ha nacido dentro del crisol multicultural de la Europa unida, cuya población no está integrada sólo por europeos. El multiculturalismo bien podría ser nuestro salvador, sacándonos de la camisa de fuerza de nuestra historia, impulsando al viejo continente hacia un entorno en el que otras identidades étnicas, menos desarrolladas que las nuestras pero menos cínicas y más positivas, desempeñarán una función crucial en su futuro.

Al observar las recientes protestas estudiantiles en la Plaza del Parlamento de Londres, vi una nueva Gran Bretaña y una nueva Europa. Este país nunca ha visto este tipo de protestas, quizás sólo cuando Thatcher quería introducir el impuesto de capitación, pero la motivación en ese momento era el dinero, no la igualdad.

La nueva estirpe de hijos de inmigrantes dirige las protestas transnacionales y consolida la solidaridad entre los jóvenes de Europa. Estos adolescentes, precavidos ante el futuro, pero al mismo tiempo dispuestos a no dejar que se repita la historia, quieren una Europa diferente. Su solidaridad vuela con las alas de Internet, un ágora internacional que les conecta a WikiLeaks, Porto Alegre, y todas las iniciativas para transformar nuestro planeta.

Cómo me gustaría ser joven de nuevo para recorrer este camino junto a ti y compartir la experiencia de transformar un continente. Mi generación tuvo sueños parecidos pero no logró hacerlos realidad. A medida que crecíamos, nos agrupábamos en élites antiguas y nuevas. Y por este motivo hoy prolifera la corrupción, la desigualdad y los delitos, por ello nos gobierna una clase de incompetentes y una prensa del corazón nos satura con historias que no queremos leer ni escuchar. ¿Lograréis triunfar en aquello en lo que nosotros fracasamos?

Yo sí lo creo porque el paradigma socio-cultural de Europa por fin ha cambiado, y los que nos gobiernan hoy no representan ese cambio. A medida que tu generación llegue al poder, el paradigma político inevitablemente se transformará.

Los europeos ya no serán exploradores, no se aventurarán atravesando mares desconocidos para usurpar los tesoros de otros, no escalarán hasta las cumbres más altas para plantar banderas, ni mirarán a Oriente ni a Occidente para decidir qué pensar y cómo comportarse internacionalmente. Pero sabrán ahondar en el nuevo espíritu multicultural de un continente fortalecido para encontrar nuevas fórmulas económicas, sociales y políticas. Así es la Europa que sueño para ti y a la que me gustaría pertenecer.