Después de la votación de la expulsión de Berlusconi del Senado existe la gran tentación de cerrar el doble decenio berlusconiano [pues ha sido cuatro veces presidente del Consejo desde 1994], poniéndolo entre paréntesis. Es una tentación que conocemos bien: una vez que la anomalía se neutraliza, volvemos a la normalidad. Como si la anomalía, una digresión momentánea, no nos hubiera afectado jamás.

En 1944, no fue un italiano, sino un periodista estadounidense, Herbert Matthews, quien declaró en las columnas de la revista literaria Mercurio de Alba de Céspedes: "¡No lo han matado! Lejos de estar muerto, el fascismo ha seguido viviendo en la mente de los italianos. Está claro que no en los términos de ayer, sino en la forma de pensar, de actuar".

La infección, nuestro "mal del siglo", ha perdurado durante mucho tiempo. Y sucede lo mismo con la supuesta caída de Berlusconi. Resulta un alivio saber que ya no será determinante en el Parlamento ni en el Gobierno. Pero el berlusconismo sigue ahí. Y no será sencillo desengancharse de esta droga que ha fascinado no sólo a los políticos y a los partidos, sino también a toda la sociedad.

Examen de conciencia

Digo "la supuesta caída" porque, después de la decadencia, el berlusconismo perdurará. Esto significa que la batalla continúa también para los que aspiran a reconstruir la democracia y no sólo a estabilizarla. Es necesario evaluar por fin los veinte años de berlusconismo: ¿cómo surgió el berlusconismo, cómo ha podido arraigarse?

Una vez depuesto y una vez que se le han asignado trabajos de utilidad social, el líder de Forza Italia seguirá disponiendo de dos armas temibles: un aparato mediático intacto y enormes medios financieros. Unos medios que resultan mucho más poderosos en tiempos de vacas flacas. Al no estar presente en el Senado, se comunicará con los italianos mediante mensajes de vídeo interpuestos.

Para empezar, los conflictos de interés y las relaciones incestuosas entre política y mercantilismo

Pero lo que perdurará sobre todo es la herencia cultural y política: sus maneras de pensar, de actuar, el "mal del siglo". Sin un profundo examen de conciencia, esta herencia no dejará de intoxicar a Italia. Para empezar, los conflictos de interés y las relaciones incestuosas entre política y mercantilismo: estos dos aspectos persisten como modus vivendi en el mundo político. La exclusión de Berlusconi no los hace en ningún caso ilegítimos.

Otra herencia es el hecho de que la política se encuentre totalmente separada de la moral, incluso opuesta a ella. Es algo que se ha convertido en una costumbre, en un credo epidémico. [El poeta Giacomo] Leopardi, ya calificaba a los italianos de cínicos porque eran más astutos, más negligentes y menos románticos que los pueblos del Norte. No ha cambiado nada. Seguimos recurriendo a Maquiavelo, que distinguía entre política y moral. Nos basamos en él para pretender que el fin justifica los medios. Pero esta desmesura da forma a nuestro vicios más profundos: los medios se convierten en el fin (el poder por el poder) y lo alteran.

Decenios inmorales

El mito de la sociedad civil es otra herencia de estos dos últimos decenios. La idea de que el pueblo es mejor que su líder y que sus veredictos también dominan los tribunales. Por si fuera poco, a la sociedad civil "a menudo no sólo se la considera como algo distinto al Estado, sino también como su adversaria, casi como si el Estado (encarnado por los Gobiernos temporales) fuera por naturaleza el enemigo del bien común", como afirmaba Salvatore Settis [historiador del arte e intelectual italiano].

La recuperación oligárquica de la sociedad civil (o de los "técnicos") hace que la política se desacredite cada vez más

Esta fórmula tan desfigurada ha encontrado a una serie de imitadores. La recuperación oligárquica de la sociedad civil (o de los "técnicos") hace que la política se desacredite cada vez más y se tenga más en cuenta la cultura de la amoralidad y de la desigualdad. La mala educación se convierte en una característica de la élite, que lo único que pretende es utilizar la política como un elemento para impulsarse, incluso contra las normas. Y esta élite acaba creando excepciones permanentes, coincidencias perfectas entre la necesidad, la ausencia de alternativa y la estabilidad.

Sucede lo mismo con la laicidad. En estos últimos veinte años, ya no se ha mantenido a raya, sino que se ha aborrecido. El pontificado del papa Francisco no cambia nada, ya que la Iglesia se beneficia más que nunca de un prejuicio favorable, incluso sobre cuestiones como la reforma de la Iglesia prometida por el nuevo papa. Las batallas laicas difícilmente ocuparán un lugar en una Italia política que se enorgullece de su dependencia con respecto al Vaticano.

Y luego está Europa. El relato de su caída en 2011 es un concentrado de astucia: acusa a la Unión Europea, a Alemania, a Francia. De nuevo, con proezas demagógicas, señala el mayor defecto de los italianos: "la Italia esclava" denunciada por Dante [Purgatorio, canto VI].

No, no hemos acabado con el berlusconismo, porque la sociedad está inmersa en la corrupción. Únicamente saldremos de estos veinte años de amoralidad, de inmoralidad y de desigualdad si nos miramos en el espejo y vemos nuestra propia imagen detrás del monstruo. La guerra civil y la política de emergencia dirigida por Berlusconi ha bloqueado el crecimiento civil y económico de nuestro país. Se ha sacrificado a una generación entera sobre el altar de la falsa estabilidad.