David Cameron, el primer ministro de Reino Unido, se asusta y por eso recurre al alarmismo. Estamos ante un panorama muy poco edificante.

Lo que le asusta es el Partido por la Independencia de Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés, un partido anti-inmigración, un partido euroescéptico que parece que obtendrá Buenos resultados en las elecciones para el Parlamento Europeo del próximo mayo. Su alarmismo se centra en la inmigración, concretamente, en la inmigración de ciudadanos de otros Estados miembros de la UE a Reino Unido.

El primer ministro anunció la semana pasada que se introducirán requisitos que harán que en Reino Unido sea más difícil que los inmigrantes procedentes de cualquier otra parte de la UE perciban subsidios. Reivindicó que este tipo de restricciones se podían comparar con las que se aplican en otros lugares de la UE y que respetan la legislación comunitaria.

Si dichos requisitos obtienen el visto bueno de la Comisión Europea, me parece bien. Eso sí, la retórica y la desinformación con la que Cameron ha aderezado este anuncio no consiguen aprobar un examen de sentido común o de buen gusto.

Una peligrosa retórica

En un artículo de Financial Times, un periódico que históricamente se caracteriza por aportar matices, Cameron señaló que a partir del 1 de enero los ciudadanos de Rumanía y Bulgaria “tendrán los mismos derechos para trabajar en Reino Unido que el resto de los ciudadanos de la UE”. Y prosiguió diciendo: “Sé que mucha gente está muy preocupada por el impacto que esto puede tener sobre nuestro país. Yo también comparto esa preocupación”.

En el pasado, cuando los primeros ministros eran menos proclives a alentar el populismo emocional, o tenían más valentía moral, hubiesen abordado dichas preocupaciones, e incluso se hubiesen enfrentado a ellas, pero Cameron se limita a compartirlas.

En primer lugar, malinterpreta las preocupaciones. Obstinadamente confunde la preocupación de que rumanos y búlgaros soliciten subsidios del Estado de bienestar con su derecho a trabajar. Y esa es una distinción que es importante tener clara, a la luz de la peligrosa retórica del ‘turismo de subsidios'. Las cifras de que se disponen sugieren (y el Gobierno británico ha sido muy lento a la hora de aportar pruebas que lo desmientan) que los inmigrantes de otras partes de la UE son contribuyentes netos del sistema impositivo de Reino Unido y del sistema de subsidios.

Las objeciones que Cameron plantea ante los trabajadores inmigrantes están peligrosamente cerca del ‘British jobs for British workers'

Dejando a un lado las insinuaciones sobre solicitudes de subsidios, las objeciones que Cameron plantea ante los trabajadores inmigrantes están peligrosamente cerca del ‘British jobs for British workers' [Trabajos británicos para trabajadores británicos], un grito de guerra que tiene más de chovinismo que de rigor económico.

La cruda realidad es que Reino Unido necesita a la inmigración. Sin inmigración, la economía se resentirá, especialmente, tal y como el propio Cameron reconoce, si la mano de obra autóctona carece de las habilidades necesarias. Aducir, como él mismo ha hecho, que el Gobierno está invirtiendo con retraso en formación no le otorga carta blanca para condenar a los inmigrantes actuales.

Argumento sin peso intelectual

Quizá como una forma de reconocer que su argumento carece de un gran peso intelectual, Cameron aboga por una revisión de las normas de la UE con relación a la libertad de movimiento, puesto que en su opinión se han convertido en “un detonante para amplios movimientos de población”.

Resulta difícil imaginar un contraste más claro frente al reciente discurso de Herman Van Rompuy, presidente del Consejo Europeo, en el que instó a la gente a tener presente las dimensiones reales manteniendo una proporción, pues señaló que por cada polaco trabajando en Londres hay dos británicos en las costas de España. Van Rompuy defendió la libertad de movimiento de las personas e instó a los líderes a luchar contra los prejuicios “con hechos, con entendimiento, con convicción”. Honrando esto, Laszlo Andor, el comisario europeo de Empleo y Asuntos Sociales, trata de llevarlo a la práctica. Y más comisarios deberían seguir su ejemplo.

Desafortunadamente, Cameron está haciendo gala de otros atributos bien distintos. En lugar de los que promueve Van Rompuy, el primer ministro británico se ha embarcado en una pelea que no puede ganar, porque su alarmismo no puede superar al del UKIP y ni al de la acérrima extrema derecha, ni siquiera al de algunos medios de comunicación británicos.

Si Cameron quiere hablar de verdad sobre reformar la UE, debería abandonar esta táctica de atemorizar. El partido político que encabeza fue un defensor de las libertades en la UE en su día y aún en la actualidad merece la pena defender dichas libertades.