"Mira, ya se prepara para llevar el burka", comenta mi marido mientras observa con una sonrisa a nuestra hija, de seis meses, que acaba de taparse con la manta hasta los ojos. A veces nos gusta bromear sobre la Europa del futuro que esperará a nuestros hijos y nos imaginamos cómo será. Cuando Internet sea ya parte de la historia, como llegó a serlo el telegrama o el fax, y recordemos nuestras hipótesis actuales sobre el futuro, nos partiremos de risa como con todas esas películas de ciencia ficción en la época del cine mudo. Pero no podemos evitar pensar en ello.

¡Prueben a hacerlo! Además, ¿no es cierto que se espera que todo europeo responsable se prepare para el futuro? No pertenece a un pueblo primitivo ni es uno de esos fatalistas que viven el día a día, aunque el hecho de no tener ni Internet, ni bici, ni cisterna en sus servicios no convierte a nadie en un ser inferior. Lo mismo ocurre sobre el uso del burka, lo que pasa es que en Europa no somos muy entusiastas de los musulmanes. Sin embargo, en Internet, se sienten como en casa, a veces mejor que en su Francia o Alemania natales.

¿Pertenece a las mujeres el futuro de Europa?

Actualmente, los debates sobre los musulmanes y Europa se encuentran en pleno auge. Incluso en mi país natal, la República Checa, donde no resulta fácil ver a un musulmán por nuestras ciudades. "Qué más da", afirman algunos de estos polemistas checos de derecha: "Que se vayan todos al infierno". En mi país, hasta ahora, a falta de un número suficiente de musulmanes, han atacado sobre todo a los gitanos, a los vietnamitas y a veces a las mujeres.

Incluso en las revistas más conformistas, llenas de imágenes preciosas, especializadas en el hogar y el jardín, se dice que el futuro de Europa está en las mujeres. Afirmar algo así no tiene nada de extravagante y la gente que se opone a esta idea son tan sólo los que tienen algo contra las mujeres o los que se imaginan a las europeas del futuro con burkas y piensan que vestidas así tendrán muchas dificultades para gobernar. Aunque en realidad, la cuestión fundamental sería más bien si aún quedará algo por gobernar.

La especie europea se está extinguiendo poco a poco, y según algunos la culpa sería de estas mismas mujeres emancipadas a las que debería pertenecer el futuro de Europa. Cuanto mayor es su nivel de formación, disponen de más libertad económica y tienen menos hijos. Algunas feministas sostienen que los culpables son los hombres. Porque son ellos los que inventaron la píldora anticonceptiva, para poder disfrutar plenamente de los placeres de la carne, sin el riesgo de la procreación. Pero ¿podría una vuelta colectiva al preservativo producir un cambio radical? Difícilmente.

Alérgicos a los sermones

Cuando observo a nuestra hija, de la que sólo veo dos ojitos azules y una cabecita calva de bebé bajo la manta, me imagino qué será de nosotras, las europeas, en 30 o 40 años. Para entonces ya habré entrado a formar parte del ejército de esas jubiladas irritantes. Invadiremos las calles en masa, con esa amargura que sienten aquellas para las que el pasado era mejor, como ocurre siempre cuando la vejez mira hacia atrás, hacia su propia juventud. Un tanto senil y desengañada, me haré, al igual que mis contemporáneas, con la cuarta generación de libros electrónicos, esos que se pueden plegar en el bolsillo como un billete, con mi móvil de duodécima generación siempre encendido, por si mis nietos quieren llamarme, mientras mi hija, de camino a una reunión, volará a 500 km/h por una autovía virtual. Con la ventanilla abierta, el burka ondeará elegantemente con el viento. La autovía estará repleta de mujeres idénticas.

Las europeas de la década de 2040 lucharán de nuevo (¡por si no lo hubieran hecho más veces!) por su emancipación. A condición, claro está, de que todo vaya bien, de que podamos soportarlo. En este caso no pienso en las euroregiones, ni en la moneda única, ni siquiera en la idea de Europa, sino más bien en las ciudades, en los patrimonios y las personas. Como en esas películas de catástrofes. Me imagino una desgracia ecológica, el hundimiento de Internet, el brote de una epidemia. Ante la posibilidad de que se produzcan catástrofes similares, la perspectiva de una extinción lenta de la especie europea o de que haya en Europa una mayoría de musulmanes parecen bastante soportables. En lo que respecta a las mujeres, aunque volvieran a encontrarse de nuevo en la casa, en el fondo no sería tan grave. De hecho, bastarían muy pocas cosas para liberarnos de esta visión oscura del futuro. Bastaría con que hubiera más nacimientos, que se viviera más modestamente y que fuéramos menos despilfarradores.

Observo a mi hija, estirada junto a mí y me doy cuenta de que en unos años, la que le hablará de estas hipótesis seré yo misma y ella me fulminará con la mirada. "¿Me estás diciendo lo que tengo que hacer?" La historia se repite. Los sermones sólo sirven para irritar. Nosotros mismos, en la República Checa, somos especialmente alérgicos a ellos, tras cuarenta años de experiencia comunista. Que nadie se atreva hoy a exponer hipótesis sobre lo que ocurrirá en el futuro. Excepto quizás en foros o durante seminarios donde se presenten exposiciones o se debata de forma inocente. Y punto. Además, ¿acaso no nos ha demostrado la historia que los acontecimientos siempre tienen un desenlace distinto al previsto? Es cierto. Ahí está el quid de la cuestión. Pero ¿alguien realmente lo cree así?