Casi todos los años se agota una Alemania y, tal y como expone Thilo Sarrazin, surge otra diferente. La vida continúa, cambiando cada día, para disgusto de algunos y para deleite de otros. En mi barrio de adopción en Berlín, Prenzlauer Berg, he vivido todo tipo de cambios en los últimos 20 años.

Cuando me trasladé aquí, esta área residencial estaba asediada por la denominada polilla rusa: artistas y actores autónomos que se pegaban a las mesas de los bares como polillas a los castaños. Los bohemios de Occidente sustituían a los apesadumbrados pensionistas de Alemania del Este en sus pisos calentados con estufas y cuartos de baño compartidos.

Luego llegaron los dueños de bares sin afeitar de Alemania del Norte, seguidos de los emprendedores suabios y los hijos mayores de Internet. Ahora, nuestro barrio está mezclado y ya no es distinto. Pero sorprende que la mayoría de las personas de aquí no tengan trabajos decentes: se unen, se ayudan entre sí y así es como se las arreglan.

Una política de doble compasión

La capacidad de cambiar es lo que diferencia a una sociedad abierta de una totalitaria. El presidente alemán afirmó una vez que la democracia depende de que todos los ciudadanos comprendan sus normas. En realidad, una dictadura depende de que todo el mundo conozca sus reglas. Lo que caracteriza a una democracia es que nadie comprende sus reglas y por supuesto nadie las sabe de memoria. No, en realidad estas normas se reinventan continuamente en el proceso democrático.

El gran arte de la política consiste en tener en cuenta a los diferentes grupos, a las innumerables minorías y acomodarlos a todos. Un Estado decente debe demostrar solidaridad: únicamente tiene razón de ser si todos sus ciudadanos cuentan por igual, independientemente de cuánto dinero aporten a las arcas estatales.

Por desgracia, Alemania cada vez practica más una política de doble compasión. “Si queremos tener compasión por los que no cumplen las expectativas de rendimiento, también debemos tenerla por los que las superan”, afirma la canciller, que es una forma de dividir a la sociedad. En la misma línea, una persona que superaba los objetivos en la junta ejecutiva del Banco Federal intentó dividir a las personas en dos categorías: los buenos y los tontos. Sólo los “productivos” merecen respeto, decía su mensaje.

Hacer el trabajo que los alemanes no quieren

Pero la “productividad” no es una cualidad humana, sino que es un término del sector de la fabricación. El hombre es más que un factor de producción: avanza cuando hace algo con pasión, no bajo presión para producir o rendir. Pero los que ven la vida como una ecuación de coste-beneficio se desconciertan ante la idea de la “pasión”. Su sueño es una sociedad que se ha deshecho de las personas inútiles, de todos esos tipos improductivos que no producen ningún valor añadido respetable, se visten raros y por si fuera poco, hablan un alemán deficiente.

Como las personas que llegaron a Alemania para hacer el trabajo que los alemanes no querían hacer. Se suponía que tenían que sacar carbón de las profundidades de las minas y luego desaparecer, desvanecerse en el aire o convertirse ellos mismos en carbón. No sé cómo los alemanes se imaginaron que los mineros volverían, en cualquier caso nadie pensó que se quedarían, que se traerían a sus esposas y engendrarían hijos que ahora se dedican a cantar rap.

Desde el punto de vista de un contable, sería conveniente deshacerse de estas personas. Entonces Alemania sería la tierra de los fuertes y de los inteligentes: siempre podemos traer a otros bobos del extranjero para que hagan el trabajo sucio y cuando llegue el momento oportuno, hostigarles de nuevo tras una serie de pruebas genéticas.

Los fuertes necesitan de los débiles

Se ha intentado separar a los débiles de los fuertes, a los correctos de los incorrectos, una y otra vez, no sólo en Alemania. Pero todos esos intentos han sido fallidos. Los fuertes siempre acaban estirando la pata junto a los débiles. Todo un enigma.

Al parecer, los fuertes y los débiles dependen mortalmente unos de los otros. Simplemente no pueden sobrevivir el uno sin el otro. Tan pronto como los débiles desaparecen, los primeros fuertes empiezan a debilitarse y acaban fuera de juego. Nadie en el planeta consigue su propio rescate privado, ni siquiera el director del Banco Federal. O todos o ninguno.

Los débiles y los fuertes estarán encadenados entre sí para siempre. En los días buenos, apreciarán el valor de estar juntos. En los malos, los agitadores sembrarán disputas e ira entre ellos. Y al ver que es mucho más sencillo pelearse entre sí que ayudarse, los agitadores y los falsos consejeros a menudo se saldrán con la suya. Esto debería llevarles al octavo círculo del infierno de Dante, junto al resto de asesores fraudulentos. O quizás al noveno, con los traidores. Al parecer ahí abajo hace frío y es deprimente, se congelan con el hielo y nadie ayuda al prójimo.