Este 24 de enero, esperan en Bruselas al dictador uzbeko Islam Karimov, donde participará en una serie de reuniones con el Consejo de la UE, con el presidente de la Comisión Europea José Manuel Barroso y con la OTAN. Es difícil imaginar un contraste mayor que el que existe entre el aprecio que se tiene a Karimov y el estatus de paria que se reserva a otros autócratas (y que no son "peores"), como el bielorruso Alexandr Lukashenko.

Los medios de comunicación apenas prestaron atención a ello, pero en marzo de 2007, Uzbekistán tuvo su propia versión de Mohamed Bouazizi, el joven parado tunecino que se inmoló en diciembre pasado. Hadisha Aripova, una viuda madre de dos hijos, tenía un pequeño puesto en el mercado de la ciudad de Djizak. Se inmoló quemándose a lo bonzo por desesperación, después de que la policía se apoderara de sus mercancías. Como Bouazizi, Aripova no sobrevivió. Tenía 38 años. El hecho de que el final atroz de Aripova no desencadenara protestas a gran escala como en Túnez, tenía una explicación: apenas dos semanas antes, en Andijan, otra ciudad de Uzbekistán, cientos de manifestantes fueron abatidos por las tropas de élite de Karimov. Esto tuvo cierto efecto disuasorio. Los agentes que habían detenido a Aripova fueron suspendidos. Pero las circunstancias sociales que contribuyeron al incidente siguen siendo actualidad en Uzbekistán.

Islam Karimov asumió en 1989 la dirección del Partido Comunista cuando aún era la época del Uzbekistán soviético. Desde su independencia a finales de 1991, dirige uno de los Estados policiales más siniestros de Eurasia. Los sectores clave de la economía, del algodón al gas natural, hasta los mercados locales, están en manos de la familia del presidente, de su entorno más próximo y de sus sátrapas locales, que utilizan los organismos estatales y de justicia para reforzar sus monopolios. "El Estado policial y los dirigentes de la era soviética siguen ahí", me confía un conocido en el terreno. "Las realizaciones del comunismo soviético han desaparecido". La mayoría de la población vive una realidad que no se muestra a los numerosos turistas que quedan extasiados ante la arquitectura histórica de Samarcanda, ni a las delegaciones dirigidas por diplomáticos extranjeros.

El beneficio de la duda para Karimov

Tras la masacre de Andijan, la UE impuso un embargo sobre las armas y se prohibió la entrada a Europa a los diferentes altos responsables de los servicios de seguridad. Pero esta medida prácticamente no se tomó en serio. Ahora es el jefe del país en persona el que se desplaza. El país rebosa de petróleo y gas natural. La importancia de sus reservas forma parte de esa cortina de humo de la que se rodea el régimen desde hace años para hacer creer al mundo exterior que éste necesita más a Uzbekistán y a su régimen que a la inversa. Uzbekistán también forma parte de los principales productores de algodón del mundo. Y además, el régimen se ha hecho indispensable en la guerra contra el terrorismo.

Como Ben Ali en Túnez, Karimov se beneficia discretamente del beneficio de la duda porque al menos mantiene a raya a "los islamistas". El grueso de los prisioneros políticos del país está constituido por verdaderos islamistas, pero también a menudo de supuestos islamistas y de musulmanes disidentes. Ya no es cierto que el islamismo en Uzbekistán es una pura invención del régimen, como algunos sugieren. Pero los grupos islamistas armados que se manifiestan de vez en cuando desde finales de los años noventa no tenían prácticamente apoyo entre la población. Los numerosos oponentes, objetivo de la "política antiterrorista" de Karimov, son musulmanes hartos de la situación social y de los abusos de poder, o fieles que estiman que el régimen se encuentra "demasiado presente". La lección de los acontecimientos de Túnez que podría aplicarse a Uzbekistán es que los musulmanes pueden tener a veces buenas razones para estar exasperados y frustrados sin que esto esconda un complot del islamismo mundial.

Uzbekistán constituye también un eslabón fundamental a lo largo de la ruta del abastecimiento destinado a las tropas de la OTAN que permanecen en el vecino Afganistán. Aunque la cooperación con el régimen uzbeko está lejos de ser sencilla, el régimen de Taskent explota al máximo su importancia estratégica, dado que los convoyes que transitan a través de Pakistán son cada vez más el objetivo de los talibanes.

Una molestia para la UE

La población y la opinión en Uzbekistán y en Eurasia cada vez se toman menos en serio el hecho de que la UE y Occidente en general puedan tener una influencia positiva sobre el régimen de Karimov gracias a una "cooperación constructiva". Aunque algunos medios de la UE expresen en privado un cierto malestar sobre la llegada de Karimov y aunque se produzcan ciertas fricciones sobre los derechos humanos, la realidad es que se le recibirá. Y su régimen aprovechará para presentar su visita como un homenaje y un signo de reconocimiento.

Algunos esperan que Karimov, de 73 años, abandone el poder por sí mismo dentro de poco y que mientras se mantenga en el mejor de los casos el contacto con Uzbekistán. Desde este punto de vista, la actitud actual ante Karimov aún puede defenderse. Todo depende de cómo se desarrolle la transición, que tarde o temprano llegará a Uzbekistán. Karimov aún puede durar unos años y se ha convertido en experto en embaucar a los interlocutores extranjeros, lo que dice mucho más sobre éstos últimos que sobre el mismo Karimov. ¿Puede la UE mantener la misma política realista si, a pesar de todo, las cosas no salen como espera?