Los hosteleros y comerciales siguen soñando con las invasiones de estadounidenses y japoneses. Los más nostálgicos añoran a los alemanes y a los ingleses, mientras los más vanguardistas salen a la caza de los oligarcas rusos. Pero las cifras mundiales proyectan una realidad totalmente distinta y demuestran que la revolución ya ha comenzado. En 2011, el año chino del conejo, serán los turistas chinos los que fomentarán el crecimiento de los viajes de larga distancia y, en 2015, se habrán convertido en los campeones indiscutibles de los viajes organizados y de las compras de lujo en Europa.

El informe anual de la Academia China del Turismo prevé que en el presente año, 57 millones de chinos pasarán sus vacaciones en el extranjero y que gastarán algo menos de 50.000 millones de euros. En 2010, viajaron por todo el mundo 54 millones, por una cantidad global de 40.000 millones de euros. Hace cinco años fueron 34 millones y, según el Plan Turístico Nacional Chino, entre 100 y 130 millones de compatriotas viajarán al extranjero de aquí a 2015 y gastarán más de 110.000 millones de euros.

Este año aumentarán las llegadas

El impresionante crecimiento económico de China ha hecho surgir la clase media más numerosa del planeta, así como el mayor número de nuevos multimillonarios. Por primera vez en la historia, más de 400 millones de chinos, con unos ingresos medios de 15.000 euros al año, ahorran para ir a ver qué hay al otro lado de la Gran Muralla. En su primer viaje, siete de cada diez chinos eligen echar un ojo a otros países de Asia. Pero el 30%, e incluso el 42% según otras fuentes, optan de entrada por el Viejo Continente, con el que tanto han soñado. Pero cuando por fin llegan a su destino, descubren que no se ha previsto nada o poca cosa para acogerles.

Tras un aumento anual del turismo procedente de China del 10% entre 2005 y 2009 se producirá la explosión: del 15 al 20% entre 2010 y este año. Además, la política de apertura de Pekín, que ofrece a sus ejecutivos la posibilidad de viajar al extranjero a cambio de su apoyo a la estabilidad interna del poder, garantiza que la invasión de los grupos de turistas chinos a Europa no será un impulso efímero. Para el turismo en Occidente, esto cambia todo.

En los próximos años, los que visitarán Europa serán en su mayoría chinos de entre 30 y 45 años, ricos y con titulaciones universitarias, procedentes de metrópolis y acostumbrados a niveles de vida elevados. Para su primera experiencia lejos de Asia, eligen viajes organizados, pero no obstante, solicitan prestaciones personalizadas. "El problema", comenta Li Meng, director de la Agencia Estatal China para el Turismo en el Extranjero, "es que en Europa todo es complicado y, a diferencia de Japón, Corea, Tailandia y Singapur, la oferta aún no responde a las expectativas de los chinos".

Son necesarias varias semanas para obtener un visado, hay muy pocos vuelos y resultan muy caros; el idioma sigue siendo un obstáculo insalvable, los hoteles, las tiendas, los restaurantes y los museos ignoran todo sobre su futura principal fuente de ingresos; los precios resultan prohibitivos y el recibimiento está lejos de la cortesía meticulosa de Oriente.

Un turista tolerado e ignorado

Para Pekín, Italia es un caso aparte. Hace diez años era el destino preferido de los pioneros de los viajes a Europa. Actualmente, la promoción turística de Italia en China es inferior a la de Países Bajos y los chinos en Italia siguen siendo turistas que se soportan, pero a los que no se presta atención.

En los aeropuertos, las guías y los menús, no existe la menor indicación en mandarín. Todo se organiza para el viajero de gustos y costumbres occidentales. Francia y Alemania, que se adaptaron rápidamente, se han convertido en los destinos preferidos de los nuevos representantes del turismo mundial y los únicos países en Europa que figuran entre los diez destinos preferidos de los chinos. A ellos les siguen Gran Bretaña, penalizada por no pertenecer al espacio Schengen, y Suiza y tras ellos, Italia, España y Grecia.

"El primer escollo", afirma Dai Bin, director de la Academia China del Turismo, "es que no se tiene en cuenta la personalidad del turista chino, ni lo que busca". Al ser un viajero principiante, que ha salido de pobreza hace poco, va a lo más sencillo, sigue sueños estereotipados y quiere coleccionar en su haber el máximo de lugares en el menor tiempo posible.

Las estadísticas revelan que destina más de un tercio de su presupuesto a las compras, que adquiere productos de lujo que, si bien son made in China, en toda Asia cuestan el triple y que quiere visitar ciudades y las tiendas que se han convertido en los iconos internacionales de la moda. Ahorra en los hoteles y rara vez come en restaurantes que considera hostiles o indiferentes a las exigencias orientales.

El viaje típico del asalariado chino

Sin embargo, si puede añadir a sus vacaciones jornadas de lujo, no repara en gastos. En diez días, que es lo que duran las vacaciones de los trabajadores chinos, el turista medio llega a Francfort y se lanza a realizar un recorrido típico: la casa de Beethoven en Bonn, la de Marx en Tréveris, el establecimiento al por mayor de Hugo Boss en Metzingen, la chocolatería Pelicaen en Bruselas y finalmente el cercano palacio gran ducal de Luxemburgo, símbolo de riqueza. Luego están los grandes almacenes y la Torre Eiffel de París, las bodegas de Burdeos, los casinos de la Costa Azul, los campos de lavanda de Provenza (contexto de la serie televisiva más popular en China).

Después realizan una incursión rápida por Suiza, para arramblar con todos los relojes que puedan y fotografiar la cima del monte Titlis, donde en 1996 Buda apareció ante Donghua Li, medalla de oro chino en los Juegos Olímpicos de Atlanta. Y a continuación, Italia: empiezan por Verona, donde los chinos quieren ver la casa de Julieta, luego el Gran Canal de Venecia, la torre de Pisa (icono de un famoso anuncio de la televisión), las boutiques de Florencia y de Milán, el Coliseo de Roma y las ruinas de Pompeya. Sólo los más ricos añaden Londres, pues se necesita otro visado, mientras los demás acaban su recorrido echando un vistazo al Partenón de Atenas.

Lo peor es que Europa, que ignora al turista chino medio actual, tampoco parece preocuparse por las exigencias de los más ricos, ni por los que llegarán en los próximos años. Todo un ejército de nuevos multimillonarios procedentes de China y del Sudeste Asiático, unos 12 millones en 2011, se preparan para visitar Europa e Italia.

Viajan solos, quieren un chófer, un mayordomo y guías privados, exigen recorridos personalizados, relacionados con el golf, el vino, la joyería, la alta costura, los cruceros, las villas históricas (para comprarlas) y los hoteles de lujo en lugares exclusivos. Además, exigen que se les muestren las "perlas ocultas", es decir, maravillas occidentales, descubrimientos de los que puedan presumir ante sus amigos. Todo esto puede parecer frívolo e incluso vulgar. Pero así es el turismo de este siglo y, como todo lo que produce dinero, a partir de hora habla en chino.