Los moldavos vivimos inmersos en nuestras obsesiones internas (la parada de los minibuses, los cismas de los comunistas y del expresidente Vladimir Voronin etc.), pero también en la guerra que ha desencadenado Rusia en Ucrania. Es lógico, ya que no podemos hacer caso omiso de lo que ocurre en nuestro país, ni fingir que no sabemos lo que sucede en los países vecinos.

Durante este tiempo, Europa ha elegido un nuevo Parlamento y se han librado intensas batallas para ocupar los puestos de los comisarios en el Ejecutivo europeo. En la nueva legislatura de Bruselas, esperamos disponer del máximo de defensores y abogados, como en el anterior Parlamento, gracias a lo cual se hizo realidad la firma del Acuerdo de Asociación.

Por desgracia, en su discurso de investidura, Jean-Claude Juncker, el nuevo presidente de la Comisión Europea, pronunció una frase cuanto menos desafortunada para los moldavos: "En los próximos cinco años no se producirán más ampliaciones […]. La UE debe detenerse en su proceso de ampliación para consolidar lo que ha creado en veintiocho años".

No es mi intención juzgar si la frase pronunciada por el nuevo presidente de la Comisión es o no acertada, ni determinar si ha pensado por un instante que con estas palabras acababa con las aspiraciones de millones de personas de Europa del Este que viven bajo la amenaza directa de Rusia. Y esta amenaza no solo se traduce en agresiones armadas, como en Ucrania, sino también en embargos económicos, en una ofensiva de propaganda virulenta y de carácter fascista, en operaciones secretas de sabotaje, en acciones de instigación de los separatismos locales, etc.: la variedad es enorme y parece inagotable.

Credibilidad en nombre de la idea europea

Con su declaración, el nuevo presidente de la Comisión puede hacer que se desmoronen las medidas de reforma de la República de Moldavia emprendidas por un Gobierno que ha puesto en juego su credibilidad en nombre de la idea europea y además puede alentar a las fuerzas prorrusas en nuestro país.

Al mismo tiempo, no me gustaría dramatizar con las declaraciones de Juncker. Está claro que se encuadran en un contexto solemne y protocolario y que con ellas hace un llamamiento a la conciliación dirigido a los populistas euroescépticos que han obtenido numerosos escaños en Bruselas. Por extraño que pueda parecer, la integración europea de la República de Moldavia depende en gran medida de nosotros. Porque, mediante las elecciones legislativas de noviembre de 2014, podremos aportar al Gobierno las fuerzas capaces de construir una nueva coalición pro-europea. Será nuestro argumento ante los euroescépticos internos y externos.

Nos protege Ucrania, donde literalmente se ha derramado sangre por la idea europea. Nos ayudará el grupo de países miembros de Europa Central, con su núcleo duro integrado por Polonia, los países Bálticos y Rumanía, que defenderán con firmeza la causa de la República de Moldavia. Sin olvidarnos de la contribución fundamental de Estados Unidos que, dejando a un lado los escándalos de espionaje, de la vigilancia de los "topos" rusos infiltrados en las cancillerías occidentales, también influyen en la política europea.

La evolución de los acontecimientos en Ucrania puede cambiar la actitud derrotista de Bruselas. Las previsiones de Juncker son inevitablemente provisionales y coyunturales en una Europa cuya agenda la redacta una Rusia que ha perdido el juicio.