Durante la década pasada, la Europa democrática construyó una imagen de Rusia que correspondía a la de un país inmerso en un tan intenso como irreversible proceso de modernización político, económico y social. El desarrollo económico, se auguraba, crearía una sociedad de clases medias donde, como en tantos otros lugares de la Europa de la posguerra fría, los individuos aspirarían a realizarse como personas en un marco de libertad, derechos y prosperidad compartida. Muchos soñaron incluso, si no con la adhesión de Rusia a la Unión Europea, con el establecimiento de un marco tan estrecho de relaciones en el que cupiera “todo menos las instituciones”.

Ese espejo ruso se rompió en septiembre de 2009 cuando Vladímir Putin, que ya había completado dos mandatos como presidente, anunció su intención de presentarse como candidato a la presidencia en las elecciones que se celebrarían en 2012.

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