Un alto diplomático, con reputación de eurófilo, ironiza: “¿El Servicio Europeo de Acción Exterior ya está en funcionamiento? Ah, pero, ¿y cuál es la acción?” En Bruselas, cada vez son más los que se muestran cáusticos, burlones o tristes cuando hablan de la diplomacia europea y de este “servicio” (el SEAE) que se encuentra bajo tutela de un alto representante, cuando el proyecto constitucional previo al Tratado de Lisboa ambicionaba la creación de un “ministro de Asuntos Exteriores de la Unión”. Todo un símbolo. O más bien una regresión simbólica hacia las tesis del Reino Unido, cuyo ex primer ministro, el laborista Gordon Brown, proclamaba: “Entre el mundo y los Estados no hay nada”.

Catherine Ashton, miembro de la misma formación política que Gordon Brown, catapultada por azar al cargo de alta representante, tiene graves problemas para estar a la altura del desafío. “Otros en su lugar habrían dimitido”, insiste uno de sus colaboradores. “Pero ella ha aceptado el reto y además es un hueso duro de roer”. Sus consejeros llegan incluso a reivindicar el “balance positivo” de sus últimas iniciativas para buscar una solución al problema de Gaza o para la defensa de los cristianos coptos en Oriente Medio. También se le atribuyen algunos éxitos en los Balcanes, con el reinicio del diálogo entre los dirigentes serbios y kosovares. En Irán, trata de de tomar el relevo de su predecesor Javier Solana al gestionar las negociaciones sobre la no proliferación nuclear. Pero la alta representante no puede borrar de su memoria lo que escuchó con ocasión de la toma del cargo: “¡Bienvenida! Esperamos que sepas que te harán picadillo en el momento en que abras la boca”.

El "nuevo comienzo" se hace esperar

Los inicios de la baronesa han sido ciertamente difíciles, marcados por errores y titubeos injustificados, que deben ponerse en la cuenta de su falta de experiencia diplomática. También debe enfrentarse a las críticas por su unilingüismo y por sus prolongados fines de semana familiares en Londres. Sus ausencias en ocasión del terremoto de Haití o su escaso interés por las cuestiones de seguridad y defensa han suscitado polémica rápidamente.

Lady Ashton proclamó en diciembre de 2010, contra viento y marea, que se acercaba un “nuevo comienzo” para la política extranjera y de seguridad. Al término de una auténtica batalla entre el Consejo, el Parlamento y la Comisión para definir los poderes y las modalidades de control del nuevo órgano, éste entró oficialmente en funciones desde el uno de enero.

Sus 3.650 funcionarios proceden esencialmente de la ex dirección general de relaciones exteriores de la Comisión, pero también de la dirección general de asuntos exteriores del Consejo y de las delegaciones de los Veintisiete en el mundo. Es preciso crear además otros 120 puestos suplementarios, por lo que otros diplomáticos de los países miembros de la UE se unirán al SEAE. ¿Se trata realmente de un paso hacia la voz única europea?

La realidad es más terca. Después de Bielorrusia, Costa de Marfil y Túnez, las crisis se suceden y se acumulan para Ashton. Con un retraso sistemático que impacienta a una parte de la prensa que se reúne todos los mediodías en una sala de la Comisión, su portavoz ilustra magníficamente la fórmula del diplomático francés Maxime Lefebvre : “Las declaraciones comunes —de la UE— sólo sirven para enmascarar las divergencias entre los Estados miembros”.

Para muchos, la impresión es que un año después de su nombramiento la alta representante para asuntos exteriores sigue como ausente. Esta falta de visibilidad comienza a causar exasperación en ciertas capitales europeas. Un alto responsable europeo se muestra categórico, y feroz: “Todo el mundo ha pasado página, Ashton es nula y la puesta en funcionamiento del servicio ha sido tan caótica que ya nadie cree en él”. En su opinión, la “pasividad” de Ashton desanima cualquier puesta en común de esfuerzos diplomáticos y compromete el intercambio de informaciones delicadas.

El malestar ha ido en aumento a medida que se ha ido concretando el organigrama del SEAE. No son sólo los nuevos miembros los que se consideran mal representados, sino también algunos de los países fundadores, como Alemania o Italia. También Francia está descontenta, a pesar de llevar largo tiempo presionando para el refuerzo de la diplomacia europea. Aparte de la nominación de Pierre Vimont para el cargo de secretario general ejecutivo, ningún diplomático del Quai d’Orsay ha caído en gracia de Lady Ashton. La administración del servicio estará bajo la tutela del irlandés David O’Sullivan, y el británico Robert Cooper desempeñará la función, harto vaga, de consejero especial de la baronesa. En contacto directo con ella. Recursos humanos, infraestructuras y embajadas estarán bajo la tutela de otros tantos compatriotas de Lady Ashton, lo que levanta algunas ampollas.

¿Dónde está la visión estratégica?

Con todo, la frustración de algunos va mucho más allá de las cuestiones de reclutamiento, y suscita iniciativas diplomáticas en aparente contradicción con el objetivo perseguido por ciertas capitales. Así, mientras Ashton parece poco interesada por la defensa, o en todo caso poco inclinada a contrariar a la OTAN, París privilegia la vía bilateral con el Reino Unido para ampliar la cooperación militar. Para gran perjuicio de Italia, Alemania y otros.

En una decisión reveladora, Francia apenas ha recurrido a la Unión Europea para gestionar la crisis marfileña, uno de los países de su antigua zona de influencia africana. Algunos, como el eurodiputado Guy Verhofstadt, jefe del grupo de los liberales y demócratas en el Parlamento europeo, siguen creyendo en ella. “Si queremos evitar una pérdida de poder en el mundo multipolar, nos hace falta una estrategia diplomática global para la defensa, para los retos climáticos, financieros o de seguridad”, defiende.

¿Será capaz Ashton de desarrollar esta estrategia, vista su tendencia a adoptar, en el mejor de los casos, la posición más aceptable para los Estados, olvidando las prerrogativas y el margen de acción que le ofrece el tratado de Lisboa? La baronesa parece poco motivada para ser algo más que una “facilitadora” entre los Estados miembros. El 12 de enero, ante los eurodiputados socialistas, utilizó incluso el término “facilitadora” para definir la posible acción de la UE en la escena mundial.

Por el momento, Europa se contentará pues de conservar el “poder narrativo” descrito por el geopolitólogo Zaki Laïdi. Capaz de hablar del mundo, de enunciar valores, pero no (¿aún?) de imponerse como verdadera potencia.