Sobre el papel, la Asociación Oriental sobrevivirá algún tiempo. Además, ya se ha fijado la próxima cumbre, cuya celebración tendrá lugar en Riga, Letonia, en el verano de 2015. Pero, sin la chispa y el patrocinio de los fundadores del proyecto, Carl Bildt y Radoslaw Sikorski (el primero fuera de escena tras la derrota del Gobierno conservador sueco en las elecciones legislativas del 14 de septiembre y el segundo, ausente tras su nombramiento para la presidencia de la Asamblea Nacional polaca) es bastante probable que el barco de la Asociación Oriental se mantenga a flote de forma caótica, sin brújula ni timón. No es ningún secreto: la UE está repleta de instituciones carentes de sentido, de proyectos sin valor, de miles de funcionarios mediocres.

Tras la guerra ruso-georgiana de agosto de 2008, que pilló desprevenido a Occidente, fue cuando Polonia y Suecia, a través de Sikorski y Bildt, plantearon una respuesta de soft power [“poder suave”] a la política rusa de consolidación de su influencia en el antiguo espacio soviético. La respuesta de la UE lleva el nombre de Asociación Oriental y el proyecto se presentó oficialmente durante la cumbre de Praga en mayo de 2009.

La Asociación evitó el abandono de seis exrepúblicas soviéticas, tres de las cuales se encuentran en Europa del Este (Bielorrusia, Ucrania y Moldavia) y tres en Transcaucasia (Georgia, Armenia y Azerbaiyán). Surgió en el momento idóneo, ofrecía una oportunidad a estos pueblos y cultivaba el deseo de acercarse a Occidente y de limitar la influencia rusa. Un salvavidas que sirvió de punto de anclaje a la oposición política, a la sociedad civil, a las nuevas generaciones, con el propósito de limitar los excesos de los autócratas de Minsk, Ereván o Bakú.

Instrumento de occidentalización

Bildt y Sikorski han dirigido el barco de la Asociación entre los arrecifes de la burocracia bruselense

La Asociación ha sido el instrumento de occidentalización del Este, para el que representa los valores del mundo civilizado y con la que se facilita la transferencia hacia países con una sólida tradición autoritaria; representa una justicia independiente, el control civil sobre las instituciones militarizadas y la independencia de los medios de comunicación. Bildt y Sikorski han dirigido el barco de la Asociación entre los arrecifes de la burocracia bruselense, han movilizado a los Gobiernos, han visitado las capitales de Europa del Este y han presionado cuando crecía demasiado el abismo entre las declaraciones públicas y las realidades políticas. Al final de este recorrido iniciado en la primavera de 2009, tan solo queda la mitad de los países a los que se dirigía esta asociación: la República de Moldavia, Georgia y Ucrania.

La Asociación no era una puerta de entrada a la UE, aunque algunos lo creyeran así. No obligaba a elegir entre el Este y el Oeste, entre la UE y Rusia. Al menos hasta la primavera de 2012, cuando Vladimir Putin volvió al Kremlin, al ganar su tercer mandato presidencial. Su Unión Euro-Asiática, que se inaugurará en enero de 2015, atribuyó a la Asociación Oriental una parte dramática que no tenía. La presión de Moscú fue lo que obligó a estas antiguas repúblicas soviéticas a elegir: o con Rusia, o con la Unión Europea.

Esa acumulación de tensión explotó en Ucrania en noviembre de 2013, cuando Kiev, tras las presiones de Moscú, se negó a firmar el Acuerdo de Asociación en Vilna, durante la última cumbre de la Asociación Oriental. La guerra en Ucrania estalló porque Rusia vio que corrían peligro sus planes geopolíticos.

Sin Bildt y Sikorski, y con la social-demócrata Federica Mogherini al timón de la política exterior del UE, me temo que se avecinan tiempos muy difíciles para la política oriental de Occidente.