“No quiero seguir viviendo y le ruego que valore la posibilidad de ayudarme a ponerle fin a esto...”. El juez Rolf Vogel ha escuchado innumerables peticiones de condenados, pero nunca algo así. El señor B., un sociólogo de Michelsberg de 52 años, es un asesino. Ha matado a su mujer. Los expertos han confirmado que padece esquizofrenia. Durante la audiencia, totalmente consciente esta vez, le ha pedido al juez: “Quiero morir, ayúdeme”.

El ex senador hamburgués Roger Kusch habría concedido de buen grado este deseo. Incluso ha elaborado un aparato que, según él, “garantizará a todo el mundo una partida sin dolor y con dignidad; basta con apretar el botón”. Hasta hace poco, la cuestión de la eutanasia era un tema tabú en Alemania debido a la carga que supuso la matanza industrial practicada bajo el Tercer Reich.

Una muerte aceptada por la sociedad

En la actualidad, la Organización Médica Federal de Alemania(BÄK por sus siglas en alemán) pide abiertamente “más flexibilidad en las reglas” relativas a la muerte asistida médicamente. Hoy en día, uno de cada tres médicos alemanes está dispuesto a intervenir para reducir el sufrimiento de los enfermos en fase terminal que desean morir. El senador Kusch, que en 2006 pagó con su carrera política y su carnet de miembro del CDU la defensa de esta idea, podría por lo tanto hablar de una victoria indirecta. Ha creado una asociación de interés público llamada “Ayuda a morir”, y admite haber recurrido ya a su invento, arreglándoselas no obstante para abandonar la cabecera del enfermo en el momento decisivo para así evitar las consecuencias penales del acto. Los clientes de Kusch reciben así pues en solitario su dosis mortal de cloruro de potasio mediante inyección automática.

La cuestión de la asistencia médica para morir a los enfermos en fase terminal y a los ancianos, ya fue planteada hace algunos años por Karsten Vilmar, ex director de la BÄK, que prefería utilizar el término “muerte socialmente aceptable” en lugar del de “eutanasia”. Según el actual jefe de la BÄK, Jörg-Dietrich Hoppe, está claro que los médicos no pueden ser condenados ni acusados de conducta contraria a la ética por ayudar al suicidio.

Hoppe desestima la participación activa de los médicos en el acto de quitar la vida, pero hace un llamamiento para la legalización de su papel como consejeros de las personas cansadas de vivir y como prescriptores de los medios médicos apropiados. Según él, dicha asistencia apelaría “únicamente a la conciencia médica”. Su punto de vista lo comparten también el 74% de los alemanes, que desearían ayuda activa por parte de los profesionales de la salud en la eutanasia.

Para el director de Caritas Alemania, Peter Neher, no es aceptable la ayuda de los médicos para morir, aunque sea de forma pasiva. Los diplomados de las escuelas de medicina no prestan el juramento hipocrático para matar, argumenta Neher.

Además, los detractores de la eutanasia aseguran que la voluntad de morir es uno de los síntomas de depresiones pasajeras y que pueden tener cura, de modo que personas con grandes minusvalías recuperan las ganas de vivir con una asistencia adecuada.

El turismo del suicidio está en plena expansión

La liberalización de la legislación alemana relativa al suicidio asistido es cuestión de tiempo, vista la importancia de las opiniones a favor en el entorno médico y judicial. Más aún cuando el “turismo” europeo del suicidio está en plena expansión. Sir Edward Downes era el director de la orquesta de la BBC. Su esposa, Lady Joan Downes, 11 años menor que él, había sido en el pasado bailarina de ballet. A sus 85 años, él había perdido la vista y el oído. Ella había desarrollado un cáncer. Dado que en Gran Bretaña la eutanasia está prohibida, los Downes buscaron ayuda en la organización suiza Dignitas. Fueron los primeros clientes de Ludwig Minelli, abogado y fundador de la organización. Una villa en el pintoresco lago de Pfäffikon espera voluntarios para morir. Aunque el precio del servicio no es nada desdeñable (6.400 euros, cremación incluida), la demanda ha sobrepasado rápidamente las capacidades técnicas del “empresario”.

En Suiza la eutanasia es legal. En caso de control, aquellos que la facilitan deben no obstante demostrar mediante una grabación de vídeo que las personas implicadas pusieron fin a sus vidas ellas mismas. La mayoría de los ciudadanos suizos acepta la ayuda para morir, pero también hay quienes no quieren que el paisaje del país se transforme en un desfile continuo de caravanas fúnebres venidas de toda Europa.

Sin embargo, los últimos detractores han perdido la batalla con el comercio de la muerte. En vista del crecimiento constante de la demanda de este tipo de servicios, los legisladores y los responsables se ven cada vez más obligados a hacer concesiones.

Con su legislación en vigor desde hace ya diez años, los Países Bajos fueron los precursores de la eutanasia en Europa. Se calcula que el número de personas que mueren a petición propia en los países del Benelux está entre 3.000 y 4.000 al año. En Luxemburgo han modificado la constitución para legalizar la muerte asistida. Casi todos los demás países de Europa Occidental toleran la asistencia pasiva a la muerte.