Como muchas otras personas, estos días me paso numerosas horas delante de la televisión. Conectado a Al Yazira, donde podía hasta ahora seguir los acontecimientos en directo, veo como se va escribiendo la historia ante mis ojos. Después de la revolución democrática de Túnez, asistimos al segundo acto con el levantamiento de los egipcios durante esta asombrosa “primavera árabe”: “1989 árabe”.

Lo que está ocurriendo es cautivador y, a la vez, excitante: nadie había anticipado una revolución popular en los grandes países árabes. Se nos había presentado a estos pueblos como ciudadanos frustrados y apáticos o simplemente fáciles de manipular por los autócratas y los islamistas. Y, de repente, descubrimos que los jóvenes de estas ciudades no son tan diferentes de los estudiantes occidentales. Aspiran a las mismas cosas y, gracias a Internet, están en sintonía con el resto del mundo.

Quizás Internet y las redes sociales jugaron un papel más determinante de lo que podamos pensar en la conciencia colectiva. Incluso los supuestos expertos están perplejos: definitivamente ocurrieron demasiadas cosas durante los últimos dos años. El saber de los especialistas se basa generalmente en largos periodos, pero los conocimientos históricos han sido totalmente sobrepasados por las últimas herramientas de la sociedad moderna, algo de lo que no se habían percatado.

¡Esto nunca funcionará en el mundo árabe¡

Sin embargo, lo que más me asombra, lo que me exaspera en el fondo y lo que me puede enervar sobre este tema es esa voz que se escucha aquí y allá y que dice: ¡señor, qué peligrosa es esta inestabilidad! ¡Esto nunca funcionará en el mundo árabe! ¡Van a terminar por crear una dictadura de mulahs! ¡Los autócratas laicos eran a pesar de todo prácticos!

Moralmente, es como si le hubiésemos dicho en 1989 a Vaclav Havel, Jens Reich (defensor de los derechos civiles en la insegura RDA) y a todos los ciudadanos que estaban hartos de su régimen corrompido, que sería mejor continuar obedeciendo un poco a Honecker, Husak y a los otros tristes tiranos con mala cara, ya que no se sabía lo que podría salir de la situación y que, quizás, podría llegar a desembocar en una Alemania reunificada y belicosa.

El papel de los islamistas no es tan importante

Esta actitud no es solamente el signo de una decadencia moral sino también de un total desinterés por la realidad. Ya que cualquier persona que se interese incluso de lejos por este movimiento popular árabe, entiende rápidamente que los “islamistas” juegan un papel menos importante de lo que creíamos.

Estos pueblos reclaman la democracia y la libertad, no los mulahs. Algunos dirán incluso que la influencia de los islamistas está en decadencia, como es el caso de los Hermanos musulmanes en Egipto.

La historia está en marcha y se trata de una ocasión inédita. Los hombres cambian una vez que han disfrutado de la libertad. Es muy simple: nadie sabe lo que va a ocurrir. Hoy en día asistimos a un derrocamiento de los tiranos gracias a una clase media urbana. Es posible que las elecciones libres sean, más tarde, fuente de desilusión. Después de todo, ¿quién sabrá como van a reaccionar los simples campesinos del delta del Nilo? Pero como ya he dicho, nadie lo sabe. Es una oportunidad histórica.

Por supuesto, se puede fracasar. Pero, ¿la simple posibilidad del fracaso es una razón suficiente para mantenernos en la estabilidad, que es justamente el argumento por el cual los dictadores se mantienen en su lugar? Claro que no.

Apostar por la democracia también tiene riesgo

Lo que nos falta, a los aguafiestas y a los escépticos como nosotros, es la imaginación política y el sentido de lo posible. Esto no se explica solamente por nuestra falta de imaginación, sino por motivos vilmente racistas: la democracia y los árabes, no funcionarán jamás. Prefieren los tiranos. ¡Qué razonamiento torcido!

Cada vez que una sociedad, que unos ciudadanos libres deciden tomar en sus manos su suerte, forzosamente dan un paso a lo desconocido. Lo desconocido acarrea riesgos. Siempre ha sido así, sin riesgos no hay progreso y la democracia no habría visto nunca la luz del día.

Que la democracia constituya un riesgo es una objeción tan antigua como la aspiración a la libertad. Siempre ha sido formulada por los partidarios de la estabilidad. Si nuestros ancestros los hubiesen escuchado, aún seguiríamos viviendo en servidumbre bajo el mando del clero y el látigo del príncipe.