¿Se puede pensar en un periodo más feliz que la primavera de 2015? Allá donde se mire, en el mundo económico, las buenas noticias suenan como las campanas de Pascua. Los Estados Unidos y Gran Bretaña, los primeros en la recuperación, vuelven al pleno empleo. La eurozona entra en la euforia de la flexibilidad cuantitativa del BCE y de las tasas de interés negativo. Las valoraciones bursátiles suben en todos los mercados. Las 300 primeras capitalizaciones europeas (Eurofirst 300) distribuirán casi 200.000 millones de euros en dividendos este año.

En este baño de liquidez y dinero fácil, las revisiones de las tasas de crecimiento económico se multiplican al alza en casi toda la geografía, incluidas la eurozona y Francia (1,3% y 0,9%, respectivamente). Capitales chinos y norteamericanos entrar para fluir en la UE: los reembolsos de empresas se aceleran siguiendo el ritmo del mercado mundial de fusiones y adquisiciones. Sería de locos no regocijarse ni aprovecharse de una fiesta económica tan bella.

Bella como un espejismo que se refleja sobre la realidad. Aquella cercana, como la de Grecia, para empezar. Hace falta pellizcarse para creer que, en tal abundancia, las fuerzas económicas occidentales, de Washington a Berlín y pasando por Bruselas, estén preparadas para dejar a este país de 11 millones de habitantes, vecino de Turquía y cercano a la esfera de influencia de Rusia, caer o dejarlo fuera del euro, lo que vendría a ser lo mismo.

La realidad hoy es la siguiente: para los bancos europeos, el riesgo griego, evaluado en 42.000 millones de euros, es controlable, sobre todo gracias a las operaciones del BCE

La realidad hoy es la siguiente: para los bancos europeos, el riesgo griego, evaluado en 42.000 millones de euros, es controlable, sobre todo gracias a las operaciones del BCE. No es ya el de 2008 ( de 175.000 millones de exposición). ¿El entusiasmo de la unión política europea se reduce a una derivación de la exposición de sus bancos al riesgo-país? No hay que ignorar la clara responsabilidad de Grecia en su actual caída: la corrupción y la falta de profesionalidad de una gran parte de su élite y administración; una cultura económica que privilegia la renta y la sobreprotección social, y que sofoca la iniciativa individual, la asunción de riesgos y el crecimiento.

Desconexión económica y política

“Hace falta hacer de Grecia un ejemplo, obligándola a rembolsar sus deudas, o si no todos los países del Sur pedirán la condonación de su deuda”, se dice estos días en Bruselas. Se quiere humillar a un pueblo que ha estado bajo dominación extranjera desde el siglo XV hasta el XIX, y pasado casi todo el XX en guerra o bajo dictaduras.

¿Existe, en la historia económica moderna de Occidente, un periodo comparable de desconexión entre la euforia económica y financiera actual, a corto plazo, y el profundo mal estado de los equilibrios sociales y políticos?¿Y dónde se siente esta desconexión sino en la actual Europa y sus periferias?

Hace falta algo más que un crecimiento dependiente de factores externos (BCE, petróleo) de varios trimestres, al 1,5%, para absorber los 18 millones de parados que hay en la eurozona, en particular los menores de 25 años. Hace falta una voluntad política de hacer algo; una ambición coordinada entre los países miembros, que programe grandes inversiones para mejorar las infraestructuras en mal estado de la UE -en particular las alemanas- y su capacidad de defensa.

Los desafíos existenciales, tanto en el interior de nuestras sociedades como en la más cercana periferia de Europa, se ven más claros cada ida: los movimientos de tanques rusos en Ucrania; la desestabilización de un creciente numero de países del este europeo y de África del Norte; el rearme de los guardacostas italianos para hacer frente a las amenazas explicitas del EI; el holocausto de cristianos en Oriente, desde Libia a Irak.

"No taxation without representation"

Antes tales desafíos, ¿está bien medida la realidad de la respuesta europea?Esto es, la humillación de uno de sus países miembros, y la acumulación de una riqueza que busca encontrar un nuevo empleo en el continente europeo. “No taxation without representation”, el eslogan de la Revolución norteamericana a mediados del siglo XVIII puede inspirar, al contrario, una revolución europea necesaria hoy.¿De qué sirven un Parlamento europeo y pletóricas instituciones europeas políticas, si no somos capaces de ponernos en común, acerca de un impuesto europeo que queda por definir, es decir, un mínimo de recursos para hacer frente a nuestros desafíos existenciales?

No hay unión política europea sin un impuesto europeo. La hora ha llegado, en este momento de sobreabundancia financiera y de fragmentación de Europa. Un impuesto eficaz, directo, que no se añadiría, sino que sustituiría a una parte de los impuestos nacionales existentes. A la vez permitiría: dar empleo y un proyecto a las nuevas generaciones; mantener nuestra unidad, Grecia incluida; proteger nuestra identidad y valores comunes, que no son los del islamismo; y ser capaces de responder, militarmente si hace falta, a los desafíos de nuestras fronteras.

Creer que solo la vuelta del crecimiento económico y la “mano invisible” del mercado son capaces de hacer todo esto revela una ingenuidad que confunde.