“Hablar de ello” se dice “prataomdet” en sueco. Es la palabra del momento. Está por todas partes, ha invadido la micromensajería de Twitter, los blogs, las columnas de los periódicos y las emisiones de radio y de televisión. Resume el debate que se ha apoderado de la sociedad sueca durante estas últimas semanas sobre los límites de esta “zona gris” sexual cuyos recodos se pierden entre dos personas en el misterio de un dormitorio.

Johanna Koljonenes la persona que ha propiciado todo esto. El 14 de diciembre de 2010, esta periodista independiente habitual de las páginas y las emisiones culturales en Suecia, habla en Twitter del caso Julian Assange. El fundador de WikiLeaks ocupa por aquel entonces los grandes titulares de la prensa mundial: dos mujeres suecas lo han denunciado y lo acusan de violación, de agresión sexual y de coerción.

Las reglas del juego cambian por sorpresa

Un interlocutor de Johanna Koljonen le responde que, visto desde Gran Bretaña, el asunto Assange está considerado un error judicial cometido a expensas del australiano. A las 18.07 horas, Johanna Koljonen le envía un mensaje un poco más personal: “El hecho es que yo me encontré en una situación similar, pero era demasiado ingenua para comprender que por lo menos habría podido imponer un límite…”. Continúa la conversación y, media hora después, Johanna vuelve a hablar del tema, pero esta vez de una forma muy explícita. “De hecho estoy un poco sorprendida al ver que hasta ahora no me había dado cuenta que yo misma he vivido una experiencia de ‘sexo por sorpresa’”.

Y a partir de ahí cuenta su experiencia en tramos de 140 caracteres de texto: una noche se acostó con un hombre, voluntariamente, pero al día siguiente por la mañana él se aprovecha de que está medio dormida para penetrarla “cambiando las reglas del juego”, es decir, sin ponerse preservativo. Cuando ella se da cuenta no se atreve a interrumpirle. Exactamente la misma situación en la que se vio una de las dos mujeres suecas que han denunciado a Julian Assange. Pero Johanna explica que ella no denunció. “Porque no había entendido que tenía derecho a límites absolutos […], a un límite con un hombre con el que ya me había acostado”.

¿Agresión o mala experiencia sexual?

A partir de ahí, se precipita el debate. Johanna Koljonen recibe rápidamente mensajes amistosos que la felicitan por atreverse a contarlo. La máquina se ha puesto en marcha y testimonios similares invaden Twitter. En la hora siguiente se empieza a esbozar una estrategia entre el grupo, en el que se encuentran muchos periodistas. Los doce primeros voluntarios van a presionar en sus redacciones para que publiquen al lunes siguiente un testimonio personal sobre este descenso a la zona gris. Efecto bola de nieve garantizado.

Y desde entonces no ha parado. ¿Agresión o no? ¿Existe una “zona gris” en la que es difícil identificar si se trata de una agresión o sencillamente de una mala experiencia sexual?

El debate ha tenido un gran alcance en Suecia, ya que tiene lugar tras un suceso que conmovió al país en 2009: un alumno de secundaria fue condenado por haber violado a una compañera en base al testimonio de esta última, pero los ciudadanos de su ciudad se movilizaron a su favor, hasta que violó a otra niña. Al igual que en el caso Assange, la sospecha recae sobre la víctima, mientras que el autor del supuesto delito, un hombre popular en ambos casos, se beneficia de un apoyo ciego.

Es necesario poner en este contexto el debate actual, que no tiene nada de jurídico. “Un ‘no’ es un ‘no’ en cualquier parte, pero lo interesante son las situaciones en las que habríamos querido decir ‘no’ pero nos hemos dejado hacer porque estamos enamoradas, porque somos tímidas, porque estamos agradecidas, borrachas o demasiado cansadas para discutir”, explica Johanna Koljonen a Le Monde.

Göran Rudling, un escritor de blogs muy activo, milita por la instauración de una ley sobre el consentimiento, según la cual las parejas deberán expresar claramente sus intenciones. “Un hombre no es capaz de entender un ‘no’ que no se dice. Para mí no existe ninguna zona gris. El “no” hay que expresarlo con palabras o con gestos. Hoy en día la ley sueca se aplica si hay violación, violencia o amenazas. Exagerándolo un poco, la ley dice que las mujeres quieren hacer el amor todo el rato, hasta que dicen que no, lo cual es absurdo, ya que tienen que demostrar que han dicho que no”.

Suecia, la Arabia Saudí del feminismo

Esto explica, según él, que a pesar de las apariencias, a los tribunales suecos a menudo les cuesta juzgar las violaciones. Para Göran Rudling el problema es que la gente desconoce la diferencia entre el querer y el consentir. “Podemos consentir algo que no queremos”, dice para justificar su militancia. “Sea cual sea la razón, si una mujer no pone resistencia o no dice que no, entonces es que consiente. En la actualidad los hombres se esfuerzan por no escuchar un no. Con una ley sobre el consentimiento deberán esforzarse por escuchar un sí”.

De entrada, Johanna Koljonen ha metido el dedo en la llaga. En este país tan igualitario que es Suecia, donde el feminismo está tan extendido, donde las mujeres han ganado a base de pelear el derecho al respeto más que en ningún otro país, ¿cómo puede haber tantos malentendidos? Su respuesta: “Hay que hablar de ello”.

En el asunto Assange, dos jóvenes le reprochan al fundador de WikiLeaks el haber tenido relaciones sexuales con ellas sin preservativo. Julian Assange niega cualquier tipo de agresión en ambos casos, alegando que la relación fue consentida al principio. En base a este malentendido, y porque a las dos mujeres suecas las han dejado a la altura del betún, sobre todo en Internet (bajo el supuesto de que “han tenido lo que se merecían”), el debate se ha encendido en Suecia. El propio Julian Assange ha echado más leña al fuego acusando a Suecia de ser “la Arabia Saudí del feminismo”.

¿Acaso los suecos son víctimas de un mito sueco? En Un verano con Mónica (1953), Ingmar Bergman grabó a la joven Harriet Andersson, una joven muy desinhibida, bañándose desnuda: la escena había confirmado la idea de un “pecado sueco”, que mostraría que una mujer libre es una mujer fácil. De todas formas conviene volver a ver Un verano con Mónica y reinterpretar la larga mirada a la cámara de Harriet Andersson mientras se prepara para volver a acostarse con un hombre que acaba de abandonar. Esta mirada había sido calificada por Jean-Luc Godard como “el plano más triste de la historia del cine”.