El grupo energético alemán RWE, un holding de empresas productoras de energía, es el propietario de la iglesia de Immerath. En realidad, es propietario de todo el pueblo, o de lo que queda de él. Hace siete años Immerath, no lejos de Aquisgrán, tenía 1.500 habitantes. Hoy solo permanecen en él alrededor de 30 almas.

A partir de 2017, probablemente todo el pueblo desaparecerá en el gigantesco hoyo que están creando las excavadoras en el paisaje circundante. Aquí se encuentra la mina a cielo abierto Garzweiler-II, con un perímetro de 45 kilómetros y una profundidad de 230 metros (750 pies). El propietario, RWE, tiene pensado extraer lignito hasta 2045. Para entonces, la gigantesca mina se habrá tragado doce pueblos.

Paradoja

Normalmente, el Gobierno alemán cuida de sus ciudadanos. Y es lo que hizo con los de Immerath. A unos kilómetros del pueblo antiguo, se ha erigido una nueva población, llamada “Neu-Immerath” [Nuevo Immerath], incluida una nueva y moderna iglesia. Pero sigue resultando extraño que un país alabado en todo el mundo por su política energética ecológica y progresista se base en el carbón como fuente de energía, cuando se trata, con diferencia, del combustible fósil más contaminante.

"Es una paradoja, sin duda", explica Christian Hey, secretario general del influyente Consejo Asesor Alemán sobre Medio Ambiente. Las inversiones en carbón son una preocupación constante para la junta. Debido al problema del lignito, Alemania podría no cumplir sus ambiciosos objetivos climáticos, que consisten en reducir las emisiones de carbono al menos un 40 por ciento para 2020.

Efectos secundarios

Cuando se produjo el desastre nuclear en Fukushima tras el tsunami y el terremoto de 2011, la canciller Angela Merkel decidió que Alemania dejaría de recurrir a la energía nuclear para 2022. Al mismo tiempo, el país tuvo que dar un gran salto hacia delante en el ámbito de la energía renovable. El objetivo es llegar a entre el 40 y el 45 por ciento de energía renovable para 2025. Y para 2035 esa cifra debe ser de al menos el 55 por ciento.

Pero uno de los efectos secundarios nefastos de esa decisión fue que volvió a popularizarse el uso del carbón. En 2013, el 45 por ciento de la producción eléctrica alemana se generó quemando este combustible tan contaminante, el nivel más alto desde 2007. Las emisiones de CO2, que se habían reducido un 27 por ciento entre 1990 y 2011, volvieron a aumentar.

¿Significa entonces que la famosa Energiewende, una política que situó a Alemania como líder mundial de energías renovables, no está produciendo los resultados previstos? Christian Hey lo niega y señala que "sigue siendo una decisión acertada. A largo plazo, aportará ventajas para el clima y la economía".

Es cierto que el sector de la energía renovable en Alemania ha progresado en gran medida. "Un tercio de toda la electricidad procede actualmente de fuentes sostenibles. Esto equivale a cuatro veces el porcentaje de hace quince años", explica Hey.

Participación ciudadana

Según Rainer Baake, subsecretario de Estado para la transición energética, este éxito también se debe a la implicación de los ciudadanos. Los alemanes no solo demostraron un gran interés por participar en esta iniciativa, sino que además se les invitó a que invirtieran en proyectos locales. Por ello la mitad de la producción de electricidad sostenible es propiedad de particulares y no de las empresas privadas.

También se incentivó a los ciudadanos con un generoso sistema de subvenciones. Se prometió a los productores locales de energía solar y eólica precios fijos y acceso prioritario a la red eléctrica. De este modo, la inversión prácticamente no presentaba riesgos.

"Cuanto más crecía la producción de energía sostenible, mayor era el flujo de subvenciones", comenta Hey. Pero las subvenciones se financiaban con el dinero de los contribuyentes y de las pymes. Ambos vieron cómo sus facturas energéticas se dispararon. El "Institut der deutschen Wirtschaft', el Instituto Nacional de Economía Alemana, un grupo de expertos financiado por empresas alemanas, estima que la política energética cuesta 28.200 millones de euros al año [20.300 millones de libras]. Esto significa que una familia media alemana paga 270 euros extra al año.

Mientras, las “inversiones ecológicas” se ralentizan. Para llegar al objetivo de 2025 del 45 por ciento de energía sostenible será necesario construir grandes parques eólicos. Muchos alemanes no están a favor de este panorama.

Y no es el único problema. La energía solar y la eólica no se pueden almacenar en baterías: deben distribuirse a través de la red cuando se producen. La red de distribución de electricidad alemana no está preparada para eso.

Pero al mismo tiempo, muchos alemanes no quieren que se instalen líneas eléctricas gigantes sobre sus cabezas y hogares. Angela Merkel expuso que esas líneas deberían ser subterráneas en los casos que sea posible. Pero eso tiene un coste: un extra de 3.000 a 8.000 millones de euros además de los ya calculados 32.000 millones de euros para renovar la red de distribución.

Problemas económicos

Cada vez más políticos se alejan de la Energiewende, desalentados por el gran coste que conlleva. El diario Frankfurter Allgemeine Zeitung calculó que desde 2011, ya se habían invertido 100.000 millones de euros y aún quedan por invertir 280.000 millones de euros.

No obstante, Christian Hey sigue creyendo en el éxito de la Energiewende. "Son problemas iniciales. Pero la ruta que debemos seguir está clara. Solo requiere valentía política para avanzar sin dudar", afirma.

En Immerath, Bruno Migge hace fotos de las casas abandonadas. Resopla cuando le mencionamos la Energiewende: "No puedo definir a un Gobierno como ecológico, cuando permite que pueblos enteros desaparezcan en pozos profundos…”.