2015 termina en unos pocos días. Afortunadamente, ya que sin duda no ha sido el mejor año que hemos conocido.

Un año de tormentas, de todo tipo: tormentas climáticas, terroristas, migratorias, económicas – y finalmente políticas.

De hecho, cada una de estas tormentas era predecible. Y para cada una, hay soluciones potenciales que los políticos en el mundo y en Europa no han sido capaces de establecer. Tomemos dos ejemplos.

Desde el comienzo de la era industrial, el calentamiento global ha sido de 0,8 °C. No mucho, aparentemente. Pero según Naciones Unidas, el 90% de los desastres naturales están ahora relacionados con el clima. Desde 1995, han matado a 606.000 personas y afectado a otras 4.1 millones. Durante los primeros seis meses de este año, unas 16.000 personas perdieron la vida y el costo de los desastres climáticos se estimó en cerca de 40.000 millones de euros.

El COP21 fue un éxito porque el acuerdo alcanzado en París reducirá el calentamiento global en 1.5 ° C para finales de siglo. Sin embargo, ahora queda pendiente su desarrollo. El texto debe ser ratificado por los signatarios, y determinadas medidas restrictivas siguen pendientes y la ayuda a los países más pobres no llegará (tal vez) hasta 2020. Y no hay duda de la necesidad de la descarbonización.

En Europa, la estrategia energética ha puesto en el centro de la política la protección del medio ambiente, y esto es una gran victoria. Sin embargo, deja a cada país la posibilidad de determinar su matriz energética, y así continuar con el uso del carbón.

Pero si el impacto de un calentamiento de 0,8 ° C ya es dramático, ¿que pasará si se dobla, algo previsto en el acuerdo de París?

El otro gran tema que ha ocupado 2015, el el terrorismo islamista tampoco es nuevo: desde hace más de 20 años sucede en todo el mundo, desde Oriente Medio, África del Norte y subsahariana.

Desde el comienzo del año se han producido más de 30 ataques islamistas, entre ellos 9 en Europa. Han provocado 152 víctimas en Europa y 1087 en otros lugares. Sin embargo, desde los ataques del 11 de septiembre de 2001, y a pesar de las guerras en Afganistán, Irak y Libia – y sus resultados cuestionables – poco se ha hecho para abordar seriamente el problema. Las estrategias integrales y los instrumentos de cooperación eficaces faltan.

En Europa, tenemos varias medidas de cooperación, como el SIS, Interpol, Europol, Eurojust, etc. . Pero son insuficientes porque los países miembros se niegan a cooperar eficazmente de manera solidaria. El responsable europeo de la lucha contra el terrorismo, Gilles de Kerchove lo señala amargamente: tenemos análisis pertinentes y profundos, pero la voluntad de cooperar y la aplicación todavía se hace esperar: el 95% de las responsabilidades se mantienen a nivel nacional.

Y lo mismo se podría decir de la gestión de la migración, a pesar de las situaciones dramáticas, el número de personas que murieron tratando de llegar a Europa y el impacto de estos nuevos flujos en las poblaciones europeas.

Así que ante la aparente incapacidad de los políticos europeos para actuar concretamente contra el poder de las finanzas mundiales, para las cuales el bien público no es la máxima prioridad, no es sorprendente que el primer partido político es el de la abstención, y la angustia y la ira entre los que votan se reflejan en el creciente éxito de los partidos soberanistas, antieuropeos y xenófobos.

No debemos olvidar que todas las dictaduras nacen en crisis y que han ganado el poder a través de las urnas. Un cambio en la política de los partidos democráticos es esencial para que nuestras frágiles democracias no están amenazadas por estas tormentas. Para ello, los europeos tienen que mostrar una mayor solidaridad y cooperación.