No más de "dos meses". Este es el plazo que el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha dado a la Unión para controlar el flujo de refugiados sin lo cual, dijo el 19 de enero de la libre circulación de bienes y personas entre los veintidós Estados miembros y cuatro Estados asociados, el espacio Schengen, uno de los principales logros de la construcción europea, pronto será sólo un recuerdo.

Si ese fuera el caso, deberían restaurarse un sinnúmero de puestos fronterizos y proceder a una contratación masiva de aduaneros y agentes de policía, las conexiones de vuelos se harían mucho más difíciles, las colas de camiones provocarían embotellamientos por todas partes y los trabajadores transfronterizos podrían perder su empleo porque el paso de un país a otro sería demasiado aleatorio.

Si ese fuera el caso, sería un golpe muy duro a la unidad europea, pero, por temor a ataques o por el deseo de hacer retroceder a los refugiados, siete de los países de la zona Schengen [Austria, Francia, Suecia, Dinamarca, Alemania, Noruega y Malta] ya han restablecido controles fronterizos, teóricamente provisionales pero que los Gobiernos interesados son ahora ​​reacios a levantar mientras que continúen los resquemores sobre la seguridad.

Dos meses es quizás exagerado, pero, en el fondo, Donald Tusk tiene razón. Se ha entablado una carrera entre, por un lado, la desintegración de Schengen y, por otro, el fortalecimiento de las fronteras exteriores de la Unión y el mantenimiento de los refugiados sirios en Turquía, el país a través del cual entran en Grecia antes de dirigirse, soportando el frío, a las fronteras situadas más al norte.

Cada día contará, puesto que el despliegue permanente de los guardianes de fronteras de la UE a Grecia lleva tiempo y Turquía no acelera, a pesar de las promesas de ayuda de la UE, el control de sus costas.

La partida no está perdida pero está cerca de ello, y esto es aún más terrible pues la restauración de las fronteras nacionales no resolvería nada. Sería mucho más largo y costoso cerrarlas que asegurar las fronteras exteriores de la Unión. No impedirían que los refugiados llegaran a las costas de Europa y que luego se quedaran en Grecia o en Italia, que tendrían que asumir toda la carga, sin la solidaridad de otros Estados miembros. Ya no son las fronteras nacionales, sino la inteligencia y la cooperación policial la que evitará los ataques.

Las fronteras nacionales tranquilizan pero son en gran medida inútiles, y su restauración frenaría los intercambios europeos, golpeando al crecimiento económico de los 28 y rompiendo un poco más la dinámica unitaria, ya en estado frágil.

La Unión ha fallado. La Unión no es amada por sus ciudadanos. A lo largo de los próximos meses, la UE va a vivir al ritmo de las encuestas sobre el referéndum del Reino Unido. La Unión, a pesar de todo, se mantendrá, pero lo último que le hace falta es el fin del espacio Schengen porque, después de eso, resultará muy difícil remontar.