¿Los atentados al “corazón de Europa” han sido un éxito, como muchos comentaristas influyentes (por ejemplo, Roger Cohen, columnista muy leído y acreditado del New York Times) insinuó después de los recientes ataques terroristas en Bruselas? ¿O deberíamos condenar y evitar este simbolismo tan apreciado por los terroristas?

Ese “corazón” que los terroristas eligen, al que apuntan, y sobre el que se abalanzan para atacarlo, corresponde a esos lugares en donde las cámaras de televisión son numerosas, omnipresentes, y con muchísimos corresponsales de prensa, siempre sedientos de una nota sensacionalista que les garantice altas audiencias durante algunos días. Son diez veces más las víctimas asesinadas en algún lugar entre los trópicos de Cáncer y Capricornio (lugares como Somalia, Yemen o Malí) que no tienen la posibilidad de amplia cobertura y publicidad que ofrecen los ataques de Nueva York, Madrid, Londres, París o Bruselas.

Es en estos últimos lugares en los que los susurros adquieren la fuerza de un trueno; por un minuto de tiempo invertido – un billete de avión, una Kaláshnikov, un rudimentario explosivo hecho en casa, y la vida de uno o varios forajidos – un conspirador en búsqueda de publicidad puede obtener horas y horas, días y hasta semanas de tiempo gratuito en la televisión; y, lo más importante, desencadenar una nueva serie de golpes, que son asestados por los gobernantes locales contra los valores democráticos a los que se supone que deben defender, y que los terroristas intentan destruir.

Esto ha sido el dogma más importante en la estrategia de los terroristas: dada la mediocridad y lo limitado de sus propios recursos, ellos cuentan con la movilización, comparativamente ilimitada, pero en los hechos muy vulnerable, y definitivamente no infinita, de los recursos de sus enemigos declarados. Los terroristas aprenden rápido – y de forma astuta – el arte de obtener publicidad importante y creciente, y los beneficios de la difusión del miedo a partir de medios modestos que disminuyen paulatinamente, capitalizando y después apostando al celo con el que su adversario elegirá o será obligado a darle asistencia, haciendo que sus planes y deseos se vuelvan realidad.

Los terroristas logran (¡con nuestra ayuda, desgraciadamente!) hacer que cualquiera que sea su ultraje, sus efectos reverberen a lo largo y ancho de la Unión Europea. Irónicamente, hoy se puede decir que los actos terroristas sucesivos son el factor más poderoso que une a los miembros de la Unión que en otros aspectos, se están separando. El miedo, el uso de los recursos siempre en aumento para construir muros, el mantener a una creciente armada de organismos de seguridad, y ordenando, comprando e instalando más y más costosísimos artefactos de espionaje con el vano deseo de prevenir el siguiente atentado: eso afecta no solo a los lugares que han sido atacados, sino igualmente a los lugares alejados de la Europa de “segunda clase”. Países a los que los terroristas, habiendo calculado racionalmente la relación de costo/ganancia probable, no tienen la intención de atacar.

Al contrario de la tristemente célebre declaración del primer ministro húngaro Viktor Orbán, “Todos los terroristas son inmigrantes”, casi todos los terroristas que operan en Europa están hechos en casa. Los más hábiles, astutos y malévolos conspiradores, que crean y ordenan o que solicitan sucesivamente los actos terroristas desde la seguridad de sus alejados centros de mando, podrían estar viviendo en países lejanos, pero sus soldados son reclutados de entre la juventud local, desfavorecida, discriminada, humillada, amargada, y con ganas de revancha que se enfrenta – de nuevo con nuestra directa o indirecta, deliberada o derivada negligencia – a un futuro sin perspectivas.

Mantener a la juventud en ese estado de pobreza, es la forma en la que los problemas sociales que exigen una solución a nivel social, son transformados en problemas de seguridad que exigen una respuesta militar. Esta es probablemente la manera principal en la que nuestras autoridades cooperan con los terroristas: siguiendo la ley del talión en lugar de tomar más altura moral combinada con una perspectiva radical a largo plazo, es como continuamos a hacer más amplia la zona de reclutamiento en las que los jefes terroristas están ávidos de desplegarse plenamente.

Incapaces de proveer a sus correligionarios vidas con sentido (y nosotros de nuestro lado, no queriendo o ignorando hacerlo), los fundamentalistas islámicos les ofrecen una segunda opción (aunque eso sí, putativa) para salvar su dañada dignidad humana y autoestima: una opción que tiene un sentido. Muchos de ellos (sin jamás olvidar, en reconocimiento a nuestros vecinos musulmanes, que esos “muchos” eran y siguen siendo una muy pequeña minoría de los musulmanes que nacieron y crecieron en Europa) cedieron a la tentación, después de haber intentado sin éxito otros caminos hacia la dignidad humana.

A menudo se encuentra en los titulares de la prensa, en los comentarios de expertos invitados a los estudios de televisión, y en los discursos de los políticos de alto rango, que estamos en estado de guerra contra el terrorismo. Pero “guerra contra el terrorismo” es (por muchas razones que no podemos discutir a profundidad en este espacio) simplemente un contrasentido. Si se aplica a la actual serie de ataques terroristas y a nuestras respectivas reacciones, la mayoría – o quizás la totalidad – de las metáforas que se refieren al compromiso militar son engañosas, y conducen la reflexión hacia una dirección equivocada; esconden la verdad de las condiciones del presente, en lugar de permitir su comprensión. Al final, recurrir a las metáforas de guerra con la intención de erradicar el terrorismo global es muy poco aconsejable.

La mayoría de las guerras separan a los combatientes entre ganadores y perdedores, triunfadores y derrotados. Específicamente por este motivo, nuestra guerra contra el terrorismo no puede ser clasificada en la categoría de las guerras. De esta batalla ninguna de las partes puede salir vencedora, con la posible excepción de los productores, compradores y traficantes de armas. El comercio mundial de armas (el cual tiene en práctica, si no es que también en la teoría, libertad total de maniobra, y es manejado por la ambición de los traficantes de armas en confabulación con los gobiernos avaros que desean subir las tasas del Producto Interno Bruto) ya han transformado el planeta en un campo minado, del cual sabemos que las explosiones sucederán al primer movimiento en falso, pero no sabemos decir ni dónde ni cuándo una explosión va a ocurrir.

Las armas listas para uso criminal estás disponibles en abundancia (y como Anton Chéjov enseñaba a los aspirantes a dramaturgos realistas, “si hay un rifle colgado en el muro en el primer acto de la obra, tiene que ser disparado en el tercer acto”). La selección de los blancos, después de todo, es determinada por el arma de la que se dispone. De acuerdo con la lógica de racionalidad instrumental invertida (“díganme que usos se le pueden dar a este aparato”; “eso es lo que esto puede hacer, entonces eso haré”), las nuevas posibilidades conducen a la reevaluación del atractivo relativo de los patrones comportamentales que tienen opciones, e indirectamente revolucionan las probabilidades en vez de las líneas de conducta que tienden a ser seleccionadas de entre las alternativas.

A la escala de nuestro planeta globalizado, quitar las minas de un campo (o para el caso, la idea de un castillo sobre el agua – construir muros deseando detener a los inmigrantes justo antes “de nuestros patios traseros”– ) podrá difícilmente convertirse en realidad en un futuro próximo. Como comparación, la intención de cortar los problemas de raíz – es decir, privar a los amantes del terror (y promotores del reclutamiento en un territorio cada vez más amplio) de personas forzadas o apresuradas a usar esas armas con fines perversos – y por más inverosímil que pueda parecer, suena mucho más realista.

La sola (pero grave) razón para tener miedo es la (ojalá pequeña) posibilidad de que Europa abandone los valores que representa y se arrodille ante la mentalidad y el código de comportamiento de los terroristas, cometiendo así, con toda la intención, un suicidio como hogar de la verdad, de la moral y de la belleza, así como también del lugar de nacimiento de las ideas de libertad, igualdad y fraternidad.