Para entender por qué el Reino Unido ha decidido abandonar la Unión Europea, una buena manera es volver 8.500 años atrás, al momento en el que los hielos polares se derritieron e hicieron subir el nivel del mar, sumergiendo las zonas que unían a la Gran Bretaña con el resto del continente. Es de esa forma que el país comienza a distanciarse de Europa y es también cuando nace la desconfianza, a veces hostil, que va junto al distanciamiento. Desde el punto de vista de la historia, la aberrante interacción de la Gran Bretaña con el continente no es solo el resultado del referéndum del 23 de junio, sino el de los 44 años de ser miembro a medias tintas de la Unión Europea, etapa que ahora Gran Bretaña da por concluida.

Esta idea podría ser vista como la típica actitud reservada de los británicos, pero esta apuesta de mantener la distancia (reforzada por las profundas fosas que constituyen el mar de Norte y de la Mancha) son un punto importante de la historia británica, y además es la principal razón, no precisamente por proezas militares, por la que no ha sufrido invasiones en los últimos 950 años. Detrás de estas barreras marítimas, sus fuertes en la línea costera, y los imponentes acantilados, los británicos han desarrollado una mentalidad particular, frecuentemente burda, a veces belicosa, que en ocasiones raya en el cinismo, y que está marcada por un gusto por la ironía que les hace poco susceptibles de tomar en serio las ideologías incluyentes o los proyectos políticos de envergadura.

Por esta razón, incluso los más fervientes partidarios de la Unión Europea solo hablaron durante la campaña de las consecuencias que abandonar la UE tendrían en cuanto al nivel de vida, de trabajo, de las pensiones, y del precio de los bienes inmobiliarios; y no intentaron explicar una sola vez – con la novena sinfonía de Beethoven de fondo – el ideal de un Estado único europeo plenamente integrado.

Excluyendo a algunos medios influyentes en zonas urbanas (como la BBC, el diario The Guardian, etc.) esta fantasía eurófila no seduce a nadie, y la disparidad existente entre la famosa visión en la que a los británicos se les impone la política de la UE, y el simple acuerdo comercial que el Reino Unido firmó en 1972, ha sido uno de los argumentos que han hecho que los electores voten por salir de la Unión. Mucha gente quería que la Gran Bretaña retomara control de sí misma, y de esa manera restituir el Mar del Norte político que una vez les separó de los eurócratas y sus agendas.

Pero nada de todo esto hubiera ocurrido sin dos elementos cruciales: Primeramente, Gordon Brown, el entonces ministro de Finanzas laborista, que impidió que el Reino Unido entrara en la zona euro (un referéndum habría sido imposible con la moneda única), y posteriormente los problemas internos del Partido Conservador de David Cameron. El partido tenía – y tiene – todavía muchos eurófobos, y ha sido, desde hace aproximadamente un año, confrontado al éxito creciente del partido UKIP (Partido Independentista del Reino Unido) en las encuestas.

Para matar dos pájaros de un tiro, Cameron prometió un referéndum, y – con gran pompa y fanfarria – fue a negociar un nuevo acuerdo con la Unión Europea. Obtuvo una magra mejora y regresó al país como quien le prometió a su familia comprar comida para una semana y que regresó solamente con una bolsa de patatas fritas. Su grito de victoria fue recibido con carcajadas. Al electorado no le gusta que le tomen el pelo. El electorado tampoco apreció que ese mismo hombre le dijera que si se votaba por abandonar la UE, las catástrofes vendrían, y que incluso, podrían hacer que aumentara el riesgo de guerra.

Los bancos y las grandes empresas unieron sus voces a la de Cameron para advertir al electorado de las calamidades económicas y plagas bíblicas que les esperaban si votaban por abandonar la Unión. Esta no fue la buena estrategia. Desde el inicio de la crisis financiera en 2008, la mayoría de la gente aquí (y en todos lados, supongo), solo esperaba una cosa: ver castigados a los banqueros, financieros y dirigentes de grandes empresas, cuyos salarios son excesivos, quienes no pagan las consecuencias de su propia incompetencia y que se benefician de una economía de bajos salarios asistida por la inmigración. Las elecciones normales, que fueron disputadas entre dos partidos principales que no quisieron rebajarse a hacer una concesión a los electores, negaron esa oportunidad. Pero aquí es donde el referéndum se convirtió en una oportunidad de darle una lección a los peces gordos. Y la oportunidad no fue desperdiciada.

El voto por permanecer en la UE hubiera podido sobrevivir a todos los obstáculos antes mencionados; a todos, excepto a la inmigración. El país es conocido por haber acogido a millones de ciudadanos de la Commonwealth, así como a víctimas de persecuciones religiosas y políticas.

Sin embargo, las décadas recientes han visto llegar a un número demasiado grande de inmigrantes al suelo británico (oficialmente 5 millones desde 1997, pero esa cifra seguramente es mayor) en un lapso de tiempo muy corto como para que todo el mundo pueda integrarse rápidamente a la sociedad y para que los servicios públicos se adapten fácilmente. Las inquietudes que ha generado este fenómeno y las consecuencias acerca de la disponibilidad de los servicios de salud y alojamiento, así como la capacidad de las escuelas, no solo fueron ignoradas por muchos medios de comunicación, sino que también fueron descartadas de las discusiones bajo el pretexto de que incitaban al racismo. Puesto que los dos partidos políticos principales, hasta hace muy poco, se mostraban reticentes a la idea de abordar la cuestión, y todavía más tratar de resolver el problema, las elecciones no ofrecieron una salida a quienes no estaban contentos con esos cambios tan profundos.

El referéndum fue para ellos la ocasión de expresar su cólera. Millones de electores asociaron, con razón o sin ella, la Unión Europea a una inmigración no controlada y, teniendo en cuenta los proyectos de expansión de Bruselas, una inmigración sin un final a la vista. Por fin la gente tenía una manera de expresar sus sentimientos mediante una papeleta electoral. En las zonas con las tasas más altas de inmigración, 3 de cada 4 votaron por salir de la Unión.

Guste o no, esta ha sido una revuelta democrática de 17 millones de personas de las clases media y trabajadora contra una élite que no es representativa, que está sorda y desconectada, que durante demasiado tiempo desestimó las preocupaciones de los votantes con banal ignorancia, y que insistió en el hecho de que los gobernantes – y solo ellos – sabían mejor que nadie lo que era conveniente.