Solo faltaba un golpe de Estado a la agobiante mala racha turca que se inició hace un año, desde que el partido de Recep Tayyip Erdoğan, el hombre fuerte de Turquía, perdió su mayoría absoluta en las elecciones legislativas del 7 de junio de 2015. Las elecciones tuvieron que repetirse bajo un nocivo clima de violencia para darle de nuevo en noviembre pasado la mayoría al partido en el poder, el AKP (Justicia y Desarrollo). Es de creer que ni siquiera esta victoria en noviembre de 2015 logró ser suficiente para estabilizar a Turquía. Una Turquía quebrantada por su propia guerra contra los kurdos, las consecuencias de la guerra civil siria, una relación ambigua con el Islam radical (incluido el Daesh), un espectacular aislamiento en la región y en el mundo, relaciones cada vez más tensas con los aliados de Occidente, una economía al borde del colapso, y un régimen todavía más autoritario del presidente Erdoğan.

Recordemos que: la primera bomba explota en Suruç (34 muertos, más de 100 heridos), seguida de la estación de trenes de Ankara (109 muertos, más de 500 heridos), el histórico barrio Sultanahmet de Estambul (13 turistas muertos, 14 heridos), el distrito militar de Ankara (29 muertos, 61 heridos), el Güvenpark de Ankara (36 muertos, 125 heridos), la avenida İstiklâl de Estambul (4 turistas muertos, 36 heridos), Antep (3 muertos, 23 heridos), el barrio universitario Vezneciler de Estambul (12 muertos, 36 heridos), el Aeropuerto Atatürk de Estambul (36 muertos en su mayoría turistas, 147 heridos) y ahora el golpe de Estado, probablemente de los militares gülenistas [partidarios del predicador Fethullah Gülen, bestia negra Erdoğan y presunto inspirador del golpe] y kemalistas [partidarios de la república laica fundada por Mustafa Kemal Atatürk].

La manera en la que este enésimo golpe de Estado desde 1960 – logrado o fallido – fue ejecutado, no corresponde en mucho a la enorme experiencia del ejército turco en la materia. Se pareció más a los golpes de Estado africanos impulsados por algunos bandos de los ejércitos. Primero una violencia sorprendente, no es que los golpes de Estado sean “pacíficos”, pero este fue marcado por una brutalidad casi gratuita como lo atestiguan sus ejecuciones sumarias, el tanque de los golpistas que barría con todo lo que se le ponía enfrente. Doscientas sesenta y cinco personas de todo tipo de afiliaciones encontraron la muerte, y además habría alrededor de 1.500 heridos.

Fue también (afortunadamente) muy inexperto, evitando tener como objetivo a los principales dirigentes, bombardeando la Asamblea Nacional con sus cazas, pero dejando libertad a los medios de comunicación partidarios de Erdoğan para continuar sus emisiones y que de esa manera pudieran hacer un llamamiento a la resistencia. Pero no hay que equivocarse. No es el llamamiento a la resistencia de los responsables políticos o de la Dirección General de Asuntos Religiosos (entiéndase, los sunitas) convocando a los imames a que llamaran al pueblo a oponerse al golpe de Estado, ni a la violencia revanchista de las milicias del AKP que lograron que el golpe fuera abortado. Viendo de cerca, las fuerzas militares en su conjunto no dieron seguimiento al golpe, y lo servicios de la policía y de inteligencia fueron eficaces frustrándolo.

Turquía, contrariamente a la España post-franquista, no “desmilitarizó” su sistema político para poner la institución militar al servicio del Estado. A inicios de su reinado, el AKP ha utilizado hábilmente las precondiciones de la Unión Europea para limitar substancialmente el peso político de los militares. El AKP ha “civilizado” a las instancias militares como el Consejo Nacional de Seguridad, una precondición europea. E incluso, tomó por su cuenta el sistema de promoción y afectación. Pero nunca ha tocado a la autonomía jurídica y financiera del ejército. Los militares han conservado su propio sistema judicial interno, y han recibido normalmente su cheque en blanco al inicio de año fiscal, por el que no deben rendir cuentas. De esta manera, el régimen ha convertido al ejército en su vasallo, y por su parte, el ejército está contento de conservar sus derechos y le jura lealtad al régimen. Además, tras 14 años en el poder, el AKP ha logrado poner en marcha un complejo militar-industrial donde los hombres de negocios favorables al AKP y los militares trabajan mano a mano. Y por último (pero no por orden de importancia), el poder ha ampliamente “islamizado” a los suboficiales a su propia manera, y ha purgado a los alevíes lo más posible. Quedarían los gülenistas y los kemalistas, que ahora están en la mira.

En efecto, desde que retomó la mano, el Gobierno ha comenzado a purgar el cuerpo militar, evidentemente teniendo como objetivo a los golpistas, pero igualmente al cuerpo judicial. Hasta hoy, más de 50.000 funcionarios de los ministerios de Justicia, del Interior, de Educación, del Medio Ambiente, de Asuntos Sociales, y de Defensa, han sido destituidos de sus funciones. El poder también ha prometido restablecer la pena de muerte, y ha dejado que las milicias usen métodos dignos del Daesh no solo contra los golpistas (hecho rarísimo en Turquía: un general de cuatro estrellas ha recibido una paliza), sino también contra cualquier ligereza de la oposición contra el régimen. Desde hace algunos días, un número incalculable de sitios de información en internet han sido prohibidos, bajo la acusación de apoyar a los gülenistas. El régimen tiene pinta de estar decidido a erradicar el gülenismo en donde quiera que se encuentre. Los otros opositores, serán con toda probabilidad los siguientes.

Después del fallido golpe de Estado militar, Turquía no será más democrática, contrariamente a lo que burdamente dan a entender las declaraciones del interior y del extranjero. La balanza política turca hace mucho tiempo que dejó de oscilar entre la democracia y la dictadura, ahora lo hace entre dos formas dictatoriales de gobernar. De hecho, en este momento el régimen se siente suficientemente reforzado para imponer constitucionalmente un sistema presidencial fuerte como el de Putin, sin frenos ni contrapoderes.

Con ello, los militares golpistas, cualquiera que sea su pertenencia, sus motivaciones iniciales o sus intenciones finales, han ofrecido a Erdoğan el régimen presidencial que él soñaba desde 2010 en bandeja de plata. Para el “héroe de la democracia”, desde ahora se trata de lanzar el proceso de “presidencialización” por referéndum (o por elecciones anticipadas) que está seguro de ganar. Habiendo patentemente declarado el 15 de julio como el Día de la Democracia, el poder ha coronado su nueva legitimidad para dar por sentado su poder total.