Dicho así parece exagerado, pero es exactamente como si nos preparásemos para una guerra. Para Italia —que ya libró una— es algo así como una segunda guerra de Libia [la primera tuvo lugar durante la época en que Abisinia-la antigua Libia- era colonia italiana].

En una suerte de burla histórica, los C-130 trabajan febrilmente en dos evacuaciones paralelas: por un lado evacúan a los tunecinos de Lampedusa, y por otro a los italianos de Trípoli, pues a partir de ahora en este rincón del Mediterráneo todos los que pueden huyen, tanto de un lado como de otro, para no regresar jamás. Los barcos de guerra navegan hacia el canal de Sicilia para unirse a la pequeña flota que ya se encuentra allí. La alerta ha pasado al nivel superior en todas las bases aéreas. En resumen, todo el mundo se prepara.

La paciencia de los insulares puesta a prueba

Mientras tanto, todos escrutan el mar en espera del enemigo. Pero el enemigo no puede ser esta flota de pateras llenas de clandestinos: hay algo que no encaja en esta guerra. En la noche del martes al miércoles, con un mar de fuerza 5, otros 250 refugiados desembarcaron en Lampedusa: habían recorrido 60 millas náuticas desde la localidad de Sfax, en Túnez, la mitad de la distancia que les separa de la costa siciliana. El día antes, a pesar de la tormenta y de la flota en alerta roja, algunos lograron tocar tierra: se secaron la ropa, se volvieron a poner los zapatos y se dirigieron al primer bar para comer alguna cosa caliente.

El centro de acogida de clandestinos —que se había vaciado poco antes— volvió a exceder su cuota de 1000 personas: la mitad que la semana pasada, 2500. Los clandestinos llegan y se van otra vez en masa, y resulta evidente que la situación no puede continuar así. “Sobre todo si el mar se calma”, murmura Cono Callipò, el director del centro, “pues si el mar se calma y Gadafi se rinde, lo que hemos vivido hasta ahora no será nada comparado con lo que va a ocurrir”.

En realidad, han ocurrido ya muchas cosas en Lampedusa. La arteria principal y las callejuelas del centro están permanentemente atestadas de tunecinos que se agolpan en los bares, los supermercados y sobre todo las tiendas donde se pueden recargar los teléfonos móviles. La postura adoptada (esto es, no encerrar a los inmigrantes en el centro) se ha revelado hasta el momento como la mejor: al cabo de una semana, sin embargo, la estrategia comienza a poner a prueba la paciencia de los insulares. En muchos bares, el café se sirve ya en vasitos de cartón “porque”, según nos explica el viejo Don Pino en el Bar de la Amistad, “los clientes de aquí se niegan a beber en tazas en las que hayan bebido ellos”.

Las puertas están cerradas con doble cerrojo

Los niños prácticamente no salen ya de su casa: todas las puertas están cerradas con doble cerrojo y las niñas son sistemáticamente escoltadas por un adulto, aunque sea para hacer 100 metros. La paciencia de los habitantes está al límite, y no dejan de pensar en las cifras que oyen repetir todo el día. Unas veces desde Roma, otras desde Bruselas. Decenas de miles. 100.000. Tal vez 300.000. Las cifras fluctúan, pero incluso las más optimistas son sinónimo de catástrofe.

Dino De Rubeis, el gigantesco alcalde de Lampedusa, comenta: “Ya lo han visto, estamos aquí y no nos echamos atrás. Los hemos alojado por todas partes, hemos pasado noches enteras en el muelle, les hemos ofrecido cigarrillos… Pero Lampedusa no puede hacer frente a esta situación sola. Necesitamos ayuda”.

Dino De Rubeis se lamenta cuando lee los despachos de las agencias, llenos de noticias que le parecen malas: el Alto Comisario de las Naciones Unidas para los refugiados hace un llamamiento para que “no se rechace a los inmigrantes”; la Unión Europea pide a Italia que abandone la idea de repartir a los magrebíes por el continente, unos cuantos aquí, unos cuantos allá; el Gobierno italiano, no sabiendo ya cómo afrontar la situación, prevé instalar gigantescos pueblos de tiendas en Sicilia. Los hombres escrutan el horizonte, invocando el mal tiempo.

A la espera de la anunciada invasión magrebí

Las súplicas de un mar embravecido y ráfagas de 40 nudos han sido escuchadas, y Lampedusa se parecía ayer desde el mar a Normandía, con borrascas del noroeste, ráfagas de lluvia fría y un viento helado que invitaba a quedarse en casa. Es bueno para la guerra, aunque malo para la isla: dos días durante los cuales el barco que trae las provisiones desde Porto Empedocle no ha podido hacerse a la mar.

Los aviones no lo tienen mucho mejor: ayer, dos vuelos que debían trasladar a un grupo de inmigrantes fueron cancelados a causa del mal tiempo. Así están las cosas en el puesto avanzado de Italia y de Europa, en espera de la anunciada invasión magrebí. En los bares y en los mesones donde la gente se ha refugiado de la lluvia y del viento, se mezclan las historias y las anécdotas contadas con acentos fantásticos.

Se recuerda lo que ocurrió a mediados de la década de 1980, cuando Gadafi lanzó dos misiles sobre la base LORAN [Long Range Navigation, sistema de radionavegación a partir de emisores terrestres] de Lampedusa, que erraron el blanco por varios kilómetros. Y se comentan los despropósitos de esta guerra, que se confunde con otra que dura ya desde hace tiempo, entre los pescadores de Mazara del Vallo y las lanchas motoras de las costas libias o tunecinas. La trainera que rescató a 40 magrebíes a la deriva la noche del martes es el “Claro de Luna”. Hace exactamente un año, esta misma “Claro de Luna” fue abordada y capturada por las lanchas de Gadafi por intrusión en las aguas territoriales libias… La guerra, en resumen, no es nueva.