A nadie debería sorprenderle la resistencia del Coronel Muamar el Gadafi para aceptar la lógica moral o práctica de su situación, refugiado en Trípoli y con más de la mitad de la población del país en su contra. Durante sus más de 40 años en el poder en Libia, nunca ha dado muestras ni de unos principios sólidos ni de un instinto práctico, excepto en el mantenimiento de su propio poder.

No obstante, […] la sorpresa a largo plazo como consecuencia de los eventos en Egipto, Túnez y ahora Libia tendrá lugar en un futuro lejano. Es la consecuencia para la Unión Europea de la ahora posible e incluso probable expansión de una revolución democrática a lo largo de un amplio territorio del Norte de África y Oriente Próximo. Debemos ser pacientes a la hora de evaluar hasta dónde llegará la revolución, al igual que lo fuimos durante los primeros meses tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Pero, al igual que entonces, convendrá planificar y pensar con antelación.

La evolución de la UE ha consistido en una serie de ideas que parecían improbables la primera vez que se proponían pero que posteriormente llegaron a ser inevitables. La siguiente idea de este tipo probablemente sea la ampliación de la UE de manera que englobe la costa sur del Mediterráneo. Ahora nadie apostaría por tal evolución, dado que Francia, Alemania y otros países de la UE ni siquiera aceptan la idea de la adhesión de Turquía, que ya es una democracia.

Una oportunidad histórica para Europa

Pero recordemos qué ocurrió a principios de los noventa: rápidamente quedó claro que Europa Occidental tenía un gran interés en fomentar la estabilidad, la cordialidad y el desarrollo económico de los antiguos satélites soviéticos colindantes, algo que se realizó en un proceso lento y largo y que culminó con la pertenencia total a la UE de diez de ellos más de una década después. No todos los antiguos satélites soviéticos se convirtieron en democracias y no todos han pasado a formar parte de la UE. Probablemente sucederá lo mismo en el Norte de África y en Oriente Próximo.

Pero pensemos en las analogías entre la caída de la Unión Soviética, en las zonas fronterizas orientales de la UE y la caída de las dictaduras árabes en la costa sur del Mediterráneo. Al igual que ocurrió después de 1989, el gran interés y la oportunidad histórica que brinda a Europa el despertar árabe actual quedarán cada vez más claros en los próximos meses y años, tanto para lo bueno como para lo malo.

Estados Unidos tiene asuntos militares delicados en la región y se le responsabilizará de lo que ocurra o no ocurra en Palestina. Europa, igual que después de 1989, principalmente ofrece vínculos económicos y culturales, que son más positivos. Los países europeos ya son los principales socios comerciales de la mayoría de Estados del Norte de África: Italia es el que mantiene los vínculos más estrechos con respecto al gas y al petróleo con Libia y Argelia, por ejemplo. La lógica de dichos vínculos, sumados a los temores de inestabilidad e inmigración masiva, sólo pueden apuntar hacia una dirección a largo plazo: la pertenencia de algún tipo a la UE en el caso de algunos países del Norte de África.

¿Una nueva forma de pertenencia a la UE?

Más que una pertenencia completa, tal y como la entendemos actualmente, se trataría de una nueva forma de unión en la que existirían varias formas de pertenencia. Es algo que ya ocurre actualmente, pues sólo algunos de los 27 miembros de la UE pertenecen al euro o al espacio sin pasaporte de Schengen. Así pues, habrá que encontrar una nueva fórmula para ofrecer a los países democráticos del Norte de África una integración económica, que incluya el consiguiente acceso al comercio y al mercado único, probablemente hasta casi la libre circulación de la mano de obra. Todo esto implicará que la Unión Europea tendrá que volver a cambiar de nombre: podría convertirse en la Unión Europea y Mediterránea.

Sin una propuesta así, sin una visión a largo plazo ¿qué podrá ofrecer Europa a las nuevas democracias del Norte de África a medida que surjan y cuando se hayan desarrollado? Algo de ayuda y algunas plazas universitarias: eso es todo. Pero, al igual que ocurrió tras la caída del Muro de Berlín, tenemos algo muy valioso que ofrecer como incentivo para las reformas democráticas: la oportunidad de unirse a nosotros.

Parece difícil, incluso sin ni siquiera mencionar la palabra Islam. Sin embargo, no olvidemos que este desarrollo también tendría sentido económico y político para Europa. Al fin y al cabo, el nombre Mediterráneo, significa el medio de la tierra, no una frontera o barrera al sur. Fue el centro de nuestro mundo durante siglos. Y es parte del vecindario de Europa.

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